Por Álvaro Guerrero
(Puede contener algún espoiler)
Steven Spielberg era ya parte de los “baby boomers” del nuevo Hollywood, el grupo de autores más jóvenes de la nueva ola del cine norteamericano, junto a Scorsese, Coppola, Lucas, y De Palma, cuando decidió llevar adelante una historia basada en tópicos del cine B que nunca antes habían sido tomados en serio por un gran estudio. El joven director, que había aprendido a filmar en los set de televisión, venía de estrenar The sugarland express (1974), continuando el ambiente de persecución automovilística por las carreteras iniciado en Duel (1973). Pero Tiburón ya obedecía a algo completamente nuevo para el blockbuster, ya que el rol protagónico, al menos en teoría, estaba destinado a alguien no humano: un monstruo de las profundidades marinas, tan real como desconocido en sus dimensiones.
El cineasta californiano, crecido no precisamente como el chico más popular y fuerte del curso, va a mostrar su pasión por los mismos contenidos culturales asociados directamente a lo “nerd” que llevarían a su compañero de generación, George Lucas, a La guerra de las galaxias dos años más tarde: los comics, pulps, la ciencia ficción y la fantasía, sumado a la naturaleza dinámica de un cineasta nacido para la acción por encima de la reflexión cinematográfica.
Pero Tiburón debe entenderse dentro del movimiento del “nuevo Hollywood”, es decir, del ansia de estos directores estadounidenses por convertirse en autores. Si Spielberg va a decantarse rápidamente por el blockbuster, lo hará sentando las bases históricas de lo que esto signifique desde su inicio mismo, pero también va a desarrollar tanto un comentario irónico sobre la cultura de masas y la falta de raciocinio colectivo cuando una desgracia de la naturaleza golpea las mínimas seguridades que mantienen la costumbre y los hábitos, tanto como un muestrario de masculinidades formadas por un trío de hombres que evaden el estereotipo, revelándose espontáneamente distintos, muy lejos del cliché acartonado de la tripulación de una nave cualquiera, espacial, naval, submarina, en la que cada integrante parece un personaje demasiado diverso y pegado a la fuerza, como banda de pop de laboratorio. El cineasta mezcla tonos y géneros, utilizando a hombres que parecen de carne y hueso, y que más que ir arrastrándose tras el relato son parte activa de él, y las más de las veces se sienten en su delantera, llevando un carro que corre a la par de ellos (suena contradictorio en el papel, pero no en la dinámica de la narración).
Durante la primera parte, poco más de la mitad del metraje, la comunidad de Amity, un balneario que vive de la temporada estival, se muestra convulsionada y torpe, cuando no canalla, a la hora de enfrentar el miedo y tratar de esconderlo para no ahuyentar a los turistas. Tanto Brody (Roy Scheider), un policía de Nueva York encargado de la seguridad en el pueblo, como Hooper (Richard Dreyfuss), investigador marino enviado oficialmente, un hombre más joven que llega a bordo de su sofisticado barco personal, son presentados profusamente y llevan sobre sus hombros el contrapunto al suspenso creciente que representan las calculadas, medidas apariciones del tiburón. En todo este tramo la película se puede entender dentro de las reglas del cine de terror, mezclado con la ironía social, y el desarrollo de una tan necesaria como natural amistad masculina en ciernes.
Para la segunda mitad el filme se reserva la aparición más directa de dos monstruos salvajes, ajenos ya a ese mundo de 1975: la máquina de asesinar que es el gigantesco escualo, acompañado de la legendaria y profética frase que suelta Brody al verlo asomar en el borde de la precaria embarcación destartalada: “vamos a necesitar un barco más grande”, y Quint (Robert Shaw), un viejo cazador de tiburones que se ha proclamado como el único capaz de matar a la bestia, y ahora comanda la pandilla de tres hombres perdidos en alta mar. Es el mayor del grupo, desprecia la supuesta debilidad de los hombres de la época en la que vive, y es capaz de reírse de quien sea, incluyendo la esposa de Brody de quien le advierte a su esposo sobre el carácter de las mujeres, o de los modales y artefactos de niño rico que Hooper ha llevado a bordo. Representa al personaje que, de estar situado en una película bélica, sería capaz de proferir insultos racistas y al mismo tiempo pelear codo a codo junto con alguien de otra raza, si así lo amerita la acción. En toda la palabra y con mayúsculas, es lo políticamente incorrecto. Y como todo viejo “vaquero” solitario, guarda una impresionante historia que contar, materia misma de lo monstruosa, primigenia, que puede llegar a ser la experiencia humana en determinada circunstancia límite con la naturaleza.
Tiburón en su segunda mitad, durante la cacería, tiene mucho de aventura, tensión, pero también de western, y en la conclusión ya no queda espacio en el mundo moderno para un ser como Quint, que resulta a ratos desagradable, a ratos aún más serio y concentrado que sus compañeros, en otros un completo e impredecible peligro, y finalmente un camarada en el infierno. No será a estas alturas una sorpresa decir que del mar profundo allá lejos, solo puede retornar a la civilización lo inteligente y planificado de Brody, y aún el riesgo juvenil de un muchacho rico pero estudioso como Hooper. Ya no hay lugar para lo salvaje.
Ficha Técnica
Título original: Jaws
Dirección: Steven Spielberg
Guion: Peter Benchley, Carl Gottlieb (adaptado de la novela homónima de Peter Benchley)
Reparto: Roy Scheider, Richard Dreyfuss, Robert Shaw, Lorraine Gary, Murray Hamilton
Fotografía: Bill Butler
Música: John Williams
Duración: 105 minutos
Género: thriller, acción, terror
País: Estados Unidos
Restreno: 28 de agosto
50 años de su estreno
Versión remasterizada en 4K y presencia en formatos especiales como IMAX, 4DX y D-BOX.
Distribuidora: Andes Films