Por Anastasia Agüero
360 Live Show es una experiencia escénica inmersiva que cruza danza, música y performance desde una lógica circular que diluye la frontalidad tradicional. Bajo la dirección de Gaby Pavez, el proyecto nace desde el espacio formativo 360 Dance Training y se transforma en un espectáculo abierto al público que propone una vivencia sensorial, colectiva y activa.
En conversación con Culturizarte, la directora reflexiona sobre el origen del proyecto, sus referentes estéticos, los desafíos de la autogestión y la necesidad de generar nuevos espacios para la danza-espectáculo en Chile.
¿Cómo nace 360 Live Show y en qué momento decides que este proceso formativo debía transformarse en una experiencia escénica inmersiva y abierta al público?
360 Live Show sale muy de la nada, en verdad, porque yo tengo 360 Dance Training, que partí haciéndolo como un programa de un mes, luego de dos meses. Estaba el año antepasado, es decir, el 2024, con el de dos meses del primer semestre y empezando el segundo, y ahí dije: «Ok, el proyecto final del primero había sido un video, un dance video, pero en el segundo tengo ganas de algo más en vivo», pero no sabía exactamente qué. Entonces siempre puse que el resultado final, que el proyecto final, iba a ser sorpresa. Y ahí fue como: ¿qué podemos hacer? Siempre me ha pasado que cuando he tenido que hacer shows, antes en academia y cosas así, no me gustaba hacer una canción de acá y otra de allá. Siempre me gustaba trabajar por artista, por ejemplo, Don Omar, Wisin y Yandel o Britney Spears; como que lo hacía por artista. Siempre me ha gustado eso como para ahondar un poquito más en el concepto.
Entonces dije: «Podría ser de un disco». Ahí nace Grasa, el disco de Nathy Peluso. Un día lo estaba escuchando y dije: «Este disco es, este disco lo tiene todo, tiene un montón de estilos diferentes, hagamos esto». Le dije a Ron, que es mi amigo y el director creativo del show, y me dijo: «Apaño, démosle». Siempre tuve la idea de hacer algo con cantantes también, de unir el mundo de la danza con el mundo del canto y otras disciplinas. Me gustaba que en una parte del show, en este caso Soulfía, que es una cantante a la que yo coreografié, cantara y que se pudieran sumar otras chicas. Ahí fue agarrando forma.
Fuimos a ver el lugar y nos preguntamos cómo hacerlo, cuál iba a ser el fondo, y después dijimos: ¿Por qué va a haber un fondo? Y ahí dije: ¿Y si lo hacemos 360? El training se llama 360, hagamos 360. Entonces fue como: «wow, el desafío va a ser gigante si es 360». Nunca había hecho un show en 360, así que dijimos: démosle. Todo empezó a tomar sentido: el concepto, el álbum, el vinilo, que es redondo. Todo se fue conceptualizando. Y así fue agarrando vuelo. Después dijimos: «Pongamos más gente, teloneros, dress code, y todo eso se armó en un mes y una semana. Fue una locura». Así salió el primero, ahí salió Grasa, y sentí que había que darle un poco más de experiencia a los eventos de danza. No solo que uno vaya a ver algo como muy teatral y ya, sino que sea un evento social, porque hacen falta encuentros para que los bailarines nos veamos fuera de clase, y ojalá que no sean solo bailarines, sino gente del medio artístico en general. Así fue como nació y, para este show, La sobremesa, sí o sí quería cambiar de lugar, hacerlo en un espacio cerrado. En el anterior tuvimos dos funciones en Jungla y en Havana Salsa, pero ahora quería subir el nivel estético del lugar. Aunque fuera más caro, no importaba. Quería hacerlo, y fuimos con todo con este show.
Este proyecto surge desde 360 Dance Training. ¿Qué aprendizajes del proceso formativo se trasladan directamente a la escena y cuáles se transforman al enfrentarse a un público más amplio?
Yo creo que un montón. Primero, resolver. En la primera función, de hecho, a los chicos se les rompió el broche de la mesa a la tercera canción. Nuestra mesa se une y se saca, se divide en dos, otro desafío más de este show. Y se rompió ese broche a la tercera canción. Entonces siento que resolver es algo que yo siempre les he dicho a los chicos: las coreografías, cuando uno se sube al escenario, tienen que estar. Tienen que estar tan bien sabidas que tienes que estar con todos los ojos abiertos. Si estás con un artista y al artista le pasa algo, si se le cae algo, si hay agua, cualquier cosa que pueda pasar en el escenario, incluso si tiran algo los fans, tienes que estar muy alerta. Eso pasó acá y se resolvió con mucha intensidad. Y además, interpretar mucho hacia todos los lugares.
También yo le puse 360 porque usar el cuerpo en 360 es algo a lo que a veces no estamos acostumbrados. En la sala de clases solemos ver sólo la frontalidad y nos olvidamos de todo lo que proyecta la espalda. Hay que estar usando el cuerpo completo. Eso también es un desafío para les chiques, porque de todos lados te están viendo. No hay un protagonista, no hay un «voy adelante» o un «me pusieron atrás». Acá no hay dónde esconderse: todo el rato te están viendo desde todos los ángulos. Eso pone al intérprete en una posición de darlo todo todo el rato, porque te están viendo.
En el training, además, tuvieron interpretación teatral, training vocal, clases de performance, lip sync. Entonces siento que eran como elementos full que se ocupaban, que iban dirigidos a esas clases para que las ocuparan dentro del show. Mis clases, en general, eran más coreográficas, pero también trabajábamos la limpieza, las pausas, el detener el cuerpo, el saber contar bien, que son cosas como que tienes que estar muy atento al momento de un montaje coreográfico.
La escena circular rompe esta idea de la frontalidad, que todo se vea un poco más plano. ¿Qué te interesa provocar cuando el público deja de observar pasivamente en este formato de frontalidad y comienza a habitar la obra?
Me encanta que la gente sea parte. Una de las obras que más me inspiró es Sleep No More, que tuve la oportunidad de ir a ver dos veces a Nueva York. Es una experiencia totalmente inmersiva, porque es el público el que se mueve y los actores también, y tú vas siguiendo a la gente. Entonces es demasiado entretenido y, cuando te haces parte, siento que tienes los sentidos prendidos de otra forma. No estás en un lugar pasivo, sino que estás en un lugar más activo, y todo el rato estás como con una energía distinta: se te puede acercar un bailarín, un actor, te pueden sacar, te pueden dar fruta. No estás en modo chill o en un espacio donde estés mirando el celular; estás más atento a lo que va a pasar. Eso me gusta mucho y siento que lo involucramos un poquito más en este show, a diferencia de Grasa, que fue el primero. Ahí sí, obviamente, estabas viendo todo en 360; la gente que estaba parada quizás también se podía mover, pero siento que este, lo que busca —y yo creo que es lo que busco cada vez más con el proyecto— es hacerlo más inmersivo para la gente.
El proyecto busca tender puentes entre la danza, la música industrial y otras disciplinas. ¿Por qué es necesario generar este cruce hoy en Chile y qué posibilidades se abre para las artes vivas?
Me parece muy necesario porque ya llevo casi quince años trabajando en la industria de la música, también como bailarina. Siempre pasa que no hay un lugar donde los cantantes puedan ir a ver bailarines o el trabajo de coreógrafos y decir como: eso me gustó, o me preguntan: «Ese cuadro me gustó, me gustó ese lenguaje, ¿quién lo hizo?» Como que siempre pasa por contactos. He conocido muchos casos que dicen: «Yo elegí a mi coreógrafo porque lo conocí en un carrete y me dijo: oye, yo soy coreógrafa». Cosas así, que es como «Un amigo de un amigo te recomendó» y que es válido también, pero a veces juega en contra. A veces se confía nomás y después los cantantes se dan cuenta de que no era lo que buscaban. Entonces también está esta visibilidad de poder decir: «Me gustó esto». Además, invito a otros coreógrafos a que hagan sus cuadros. La idea es que haya distintos lenguajes dentro del show, que sea una vitrina, eso es súper lindo también, no solo mi espacio, sino un espacio compartido.
También sirve para que alguien que esté buscando bailarines para un videoclip, por ejemplo, vea a alguien del elenco y diga: «Me gustó esta persona». Que exista ese acceso. También unir. El año pasado trabajamos con The Line gracias al Showcase y siempre están con este tipo de shows. Lo que hicimos con The Line fue súper innovador: nosotros presentamos toda la nueva línea a través del baile, en formato 360. Más que fotos o modelos, lo hicimos bailado, y fue una experiencia muy distinta.
En la propuesta conviven referentes como C. Tangana y el cine de Peter Greenaway. ¿Cómo dialogan estas influencias en la construcción visual y corporal de la obra?
Yo creo que son esas dos influencias y hay más. C. Tangana está muy presente desde lo musical. Yo lo estudié mucho: vi entrevistas, videoclips, análisis. Me interesa mucho su estética y la música. Pero, por ejemplo, esta película llegó porque yo le contaba a Rodrigo que tenía una idea de una cena, como un restaurante, y él me dijo: «Tengo la película perfecta, vela». La estética, el trabajo de vestuario de Jean Paul Gaultier, todo es muy teatral. Es una película súper bizarra igual, no es para cualquiera. Yo hice que todos mis alumnos la vieran y algunos no pudieron continuar viéndola, y yo les pedí que tenían que terminarla. A mí me encantó, porque me encantan esas cosas de ese estilo.
La película está grabada casi toda en un set, entonces es muy teatral; no cambia tanto de escenas o lugares. Mezclaba mucho con lo que me imaginaba acá. Entonces dije: «Tenemos que seguir una estética de vestuario muy cuidada, todo debe estar muy cuidado: el vestuario, los objetos, no podemos poner cualquier cosa». La película es del 89, tiene cosas más barrocas, más antiguas, y eso se mezcla con lo español, lo flamenco, lo de C. Tangana y todo eso. Como que había que ir uniendo esos dos mundos. Por eso también quisimos incluirlo en el dress code que le pedimos al público.
Corporalmente también hay influencias de muchos lados. Hay guiños incluso a Lady Gaga. Yo fui a Gaga Cabana este año y hay pequeños guiños, hay gestos hermosos de Abracadabra, detalles, referencias que están ahí para quienes las cachan. Me gusta eso, que el que cacha, cacha. O en el lenguaje, hay cosas más repetitivas, como expresiones faciales. Por ejemplo, hay un momento en la mesa en que yo estaba viendo un video de Stranger Things y todos miran para arriba, y yo dije: «Eso lo voy a poner». Me fui inspirando de muchas cositas que veía y que ponía en los guiños y que mezclaba. Para mí es inspirarse, no copiar directamente, sino darle una vuelta, fusionar y hacerlo propio.
Liderar un proyecto autogestionado con un equipo creativo y un staff de 40 artistas implica una complejidad importante. ¿Cómo entiendes tu rol como directora dentro de este engranaje colectivo?
Es súper difícil por el peso de la responsabilidad, pero siempre he estado ligada a puestos de liderazgo, como coreógrafa. A los 24 años me tocó hacer el Festival de Viña como coreógrafa. Fui la más joven de la historia del festival. Toda esa experiencia, después trabajar en televisión coreografiando programas, lidiar con mucha presión, trabajar con gente adulta que lleva años en esto, ser muy productora —sobre todo en Viña, donde tienes que organizar ensayos, vestuarios, todo—. Yo nunca estuve sentada viendo el festival; siempre estaba ayudando a que todo saliera bien, incluso ayudando a las chicas a cambiarse de ropa. Fue un gran training para mí.
Eso me enseñó a trabajar con líderes adultos en equipo y a liderar a 25 bailarines, con todas las cosas que pasan. He tenido ese entrenamiento, pero igual es un agotamiento grande, sobre todo en la autogestión. Por más que tenía equipo, yo tenía que dar el sí o el no de todo. Teníamos muchos grupos de WhatsApp: gráficas, contenido, coreografía, arte, producción. Era demasiado. Por eso intenté concentrarme lo más posible en el training, pero yo no dejo mi vida de bailarina. Tengo 31 años, sigo bailando activamente, trabajando con Princesa Alba y con Soulfía.
Justo en esa temporada tuvimos show, tuve un viaje a Perú para perfeccionarme en tacones, y varias chicas del training también fueron. Esa semana estuve fuera y estaba desesperada por estar acá. Mi control freak ya no daba más, pero hacerlo a fin de año es súper intenso para todos: todos tuvimos que jugarnos toda nuestra energía porque estábamos con muchas cosas. Como el proyecto es autogestionado, no puedo dejar de trabajar en otras cosas, porque tampoco tengo las lucas para enfocarme 100 % en esto. Mientras no sea así, es muy difícil.
El trabajo sensorial y la interacción con el público son centrales en la obra. ¿Qué lugar ocupa lo sensorial en tu manera de pensar la escena y en el vínculo con la audiencia?
Está muy presente, en el sentido de que, por ejemplo, yo vi el show anterior y la gente estaba todo el rato «wow», porque era un show coreográficamente con mucho estímulo hacia fuera, pero este show no era tan coreográfico como el primero, entonces yo estaba muy asustada. Pensaba si esto iba a generar cosas. Siento que, cuando ya los intérpretes entran en el mood que uno les pide, eso ocurre. Hicimos pruebas con amigos y yo les preguntaba qué sentían. Me decían distintas cosas, y eso para mí era muy importante, porque como coreógrafa es muy difícil hacerlo: ya lo he visto tantas veces que es como una máquina que no me provoca nada, hasta que lo vi ahí, con luces, con todo. Porque estás en un piloto automático, del cual es muy difícil ponerse objetivamente como espectador, como si nunca lo hubieras visto, como que no te sorprende. Y la atmósfera da mucho de eso.
Entonces yo pensé que había momentos en los que quería que a la gente le pasaran cosas, que aquí griten. Dije: «Estos son los momentos», como dicen los Power Peralta, los «wow moments». ¿Cómo tengo que definir esto a través de la obra? En este momento a la gente le tiene que pasar esto. Y les decía a los chicos: si no hacen ciertos detalles, la emoción no llega. Son detalles pequeños, pero ahí está la diferencia. Los chicos lo lograron muy bien. Hay cosas que a algunos les cuestan más en sala, y eso recién aparece cuando está la luz y el público.
¿Cuáles han sido los principales desafíos y también las mayores fortalezas de esta propuesta?
El desafío es tener tantos intérpretes en escena y hacer un show en 360. Levantar esta propuesta es un desafío desde todos los frentes: económico, coreográfico, organizacional. Es todo un desafío. Pero nuestra fortaleza es justamente eso, que no hay nada como esto. Es una propuesta nueva, fresca, y que se mueve en la danza-espectáculo.
Uno está más acostumbrado a ir a ver shows de teatro o de danza contemporánea a las salas, no tanto del espectáculo, y siento que este show es danza-espectáculo, y no hay tantos shows de danza-espectáculo. A mí me pasa que uno ya tiene un ojo más artístico y, cuando voy a ver cierto tipo de obras, uno agradece ciertas cosas, pero al ojo de la persona normal hay cosas que son muy complejas de entender. Esa era un poco mi crítica: acerquemos a la gente a ver danza, pero si es tan complejo, la gente, el ser humano que no tiene ese ojo artístico, no va a entenderlo. Y tampoco es la idea hacérselo mega fácil, pero tiene que haber instancias para que sea más cercano a la gente.
Esta es una historia muy narrativa, viene del teatro, de entender algo que no es tan complejo: una infidelidad. Cada intérprete tiene su mundo, sus historias paralelas, pero es algo que se entiende, no tan abstracto. Eso acerca a las personas y a la emoción, porque si tú pones algo demasiado abstracto vas a caer en la duda. La gente a veces no entiende ni su vida y va a entender lo que estamos haciendo nosotros, y si queremos contar una historia, eso tiene que ser más amigable.
En Grasa no lo hicimos tan narrativo, fue como apareciendo sola una narrativa entremedio, a la mitad del show, pero era más como el mundo de cada canción, no más. Siento que es importante que la gente se sienta parte, que saque sus propias conclusiones, que entienda, que se quede con los personajes, porque si tú te pones a observar lo que hacen los personajes, hacen muchas cosas en paralelo todos. Pasan muchas cosas al mismo tiempo. Puedes ir más de una vez y ver cosas distintas. Hay personajes que hacen acciones debajo de la mesa mientras ocurren otras escenas alrededor. Eso hace que el público quiera volver, y también es positivo comercialmente.
Después de esta experiencia en Teatro Súbela, ¿cómo imaginas el futuro de 360 Live Show y qué otros espacios o cruces te gustaría seguir explorando desde esta plataforma?
Me imagino seguir creciendo; la idea es que cada vez lo puedan ver más personas. Me encantó hacerlo en el Teatro Súbela, pero no alberga tanta gente y quedó público fuera. Me gustaría habitar espacios más grandes, ojalá fuera del país también en el futuro. Para eso necesitamos redes y apoyo. La autogestión es muy difícil, pero de a poco estamos teniendo conversaciones con gente; de a poquito me gustaría que fueran saliendo más cosas. Obviamente me gustaría tener una temporada, estar en lugares como Teatro a Mil el próximo año, GAM o FOMO, y posicionarnos como un show cultural fuerte a nivel país. También nos han pedido mucho en regiones, así que descentralizarlo y llevarlo a otros lugares sería muy bonito.
Después de ver al público formar parte de este ritual escénico, ¿qué te gustaría que cada persona se lleve al salir de la función?
Me encanta cuando la gente reflexiona. Recibí muchos mensajes de personas del público a quienes les removió mucho la obra: gente que lloró, que se rió, que pasó por muchas emociones, y siento que eso es lo más rico para mí, que el arte provoque algo, que no sea solo «qué lindo», sino que inspire, que te haga pensar que puedes hacer más, que no hay límites para crear. O el tema desde la emoción: hubo una chica que me escribió: «No es que haya pasado lo mismo que la protagonista, pero igual su historia me llegó». Esas son pequeñas cosas que cada uno puede llevarse. Cada persona se lleva algo distinto.
También para el staff: la mitad del staff de bailarines son parte de la comunidad LGBTIQ+, y era un espacio para eso, para liberarse. Esto se transforma en un espacio escénico donde puedes ser tú y nadie te puede decir nada porque estás dentro de la obra y te dicen lo que tienes que hacer, pero para muchos de ellos puede ser un espacio de liberación, porque no pueden mostrarse a sí mismos en sus vidas diarias. Es decir, no lo afirmo, pero me imagino que para algunos sí es el caso.
¿Qué se viene ahora para ti, como coreógrafa, como bailarina, como intérprete? ¿Qué es lo próximo?
Como bailarina, hoy tenemos el último ensayo general de la gira de verano con Princesa Alba. Llevo cinco años trabajando con ella, en todas sus eras, y se viene una más, así que va a ser intenso. Como ella está con Fiebre de baile, hay varias cositas que están saliendo, así que muy feliz de seguir en ese crew. También tengo un show con Ken-Y el 31 de enero, eso en cuanto a intérprete.
Como coreógrafa sigo con Soulfía, pero con el show que ya tenemos, entonces como que estoy más tranquila ahora, después de 360, más libre. Si salen cosas, las voy a tomar, pero estoy mucho más relajada en ese sentido. Y viendo ahora qué más con 360: hace poco me robaron el teléfono y perdí Instagram y WhatsApp, fue terrible, pero ahora estoy retomando todo. Me interesa ver cuándo podemos hacer una tercera o cuarta función del show, antes de que pase tanto tiempo.
Ficha técnica
Título: El Madrileño (La Sobremesa)
Duración: 2 horas
Año de estreno: 2026
Dirección: Gaby Pavez
Dirección Creativa: Ro Escobar (Canariomiamor)
Coreografía: Jazz Monstarz, Brigitte Kattan, Ian Harting Lucas y Tomi Foweraker
Elenco: Equipo de 360 Dance Training
Espacio: Teatro Súbela
Funciones: 8 y 9 de enero de 2026
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