Por Romina Burbano Pabst
Tatará tara tará… tatará tará tara… hay que bailar la cumbia… y, para bailar la cumbia… nosotras hacemos lo siguiente… ponte de pie…
Rosamaría llega en el marco de Santiago Off para deleitar al público con un viaje que entreteje la cumbia, las danzas populares y el territorio, articulando una poética donde la memoria colectiva se activa en relación directa con el espectador. Dirigida por Chery Matus Gómez, la obra sitúa su dramaturgia en cuerpos femeninos del sur, entre Aconcagua y Mulchén, que hacen emerger la memoria corporal y el linaje femenino a través de los ritmos, gestos y cantos inscritos en una cultura ancestral. Esta pieza es la primera propuesta escénica del proyecto de investigación El cuerpo es presente, proponiendo juegos y relaciones escénicas que desplazan al público hacia una presencia activa, sensible y compartida.
La invitación comienza de manera casi imperceptible. Una corporalidad sutil y vestida de blanco, irrumpe el espacio volviéndolo etéreo, como si su sola presencia y la lentitud de sus movimientos afinara el aire. Sin previo aviso, su caminar se transforma en danza y, con ella, la cumbia que susurrante comienza a vibrar en cada rincón de la sala. El ritmo se filtra como el agua que corre por el río. Mis pies, empiezan a moverse y, en la pared, la frase “ponte de pie” aparece como un gesto de complicidad.
El espacio, entonces, se va poblando con calma. Primero una, luego dos y después, éramos más de diez bailando cumbia sobre el escenario. Un goteo inesperado de personas que se despojan de la vergüenza para dejarse llevar libremente por el baile. La obra ya estaba ocurriendo y ese acontecer: lento, colectivo, delicado; hacía del público una parte constitutiva de la escena.
En escena se genera un movimiento compartido de risas y miradas cálidas que acompañan y adornan los cuerpos danzantes. El baile no es solo movimiento, sino también una forma de estar con otros, de reconocerse en el ritmo común. Otra intérprete, vestida de blanco, recorre el espacio bailando con el público; su presencia crea una cercanía que se siente familiar, como si el gesto del baile fuera una memoria compartida habitando el espacio.
Con un leve cambio de música, los cuerpos que han entrado a bailar comprenden, sin indicación explícita, que es momento de sentarse. El tránsito ocurre con total naturalidad, sin cortes ni imposiciones. Es allí, en ese pasaje entre el movimiento y la quietud, cuando otra intérprete, también vestida de blanco, entra a escena continuando ese goteo sereno de presencias que va tejiendo la obra.
Es importante destacar el diseño de vestuario, los trajes blancos, tejidos con crochet, envuelven los cuerpos como pieles ceremoniales, recordando así las vestimentas de fiestas tradicionales y celebraciones populares de Latinoamérica. No son disfraces, sino cuerpos en estado ritual: seres corporales que portan memoria, trabajo y afecto colectivo. Su belleza transforma la danza en una ceremonia donde el cuerpo se ofrece con gratitud, como si cada cuerpo fuera un archivo textil de gestos heredados.
La cumbia, al igual que la vida, no es fija: se transforma, se mezcla y se transmite de cuerpo en cuerpo. En Rosamaría, su presencia no queda relegada como acompañamiento musical, sino como un pulso que organiza la narrativa y convoca distintos estados emocionales. El diseño sonoro despliega una diversidad de cumbias que transitan por distintos climas afectivos, permitiendo que el público experimente el disfrute, la nostalgia, la euforia y la calma como estados compartidos.
Estos saltos emocionales no ocurren de manera abstracta, están encarnados en los cuerpos de las intérpretes que con gracia y agilidad evocan danzas ancestrales y, con ellas, el conocimiento. Una oda también a las abuelas-mujeres, portadoras de un saber que se canta, se baila y se adivina. Así, lo popular deja de ser un referente puramente folclórico para convertirse en una práctica viva y colectiva, situada en el paisaje, el territorio y los cuerpos que lo habitan. La cumbia, aparece como una lengua común, capaz de unir generaciones y hacer del movimiento una forma de transmisión sensible de conocimiento.
La danza en Rosamaría se construye desde una fusión orgánica de gestos y movimientos, técnicas e improvisaciones que nunca se fijan del todo. Cada desplazamiento por el espacio, cada objeto escenográfico parece abrir un nuevo trayecto para la danza, los cuerpos están en constante tránsito, viajando entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre lo colectivo y lo personal, entre la celebración y la intimidad. No hay una coreografía cerrada, sino una danza que se transforma a medida que avanza la obra, que escucha el ritmo, el espacio y al otro. Es en ese devenir que los cuerpos se vuelven paisaje, memoria y presente, trazando un recorrido sensible en los cuerpos de quienes están presentes.
Rosamaría es, sin duda alguna, una obra profundamente hermosa, que se agradece y se celebra. Invita a bailar, a recordar y a habitar el cuerpo como un territorio sensible y colectivo, con una delicadeza que conmueve. Su propuesta logra reunir lo popular, lo colectivo y lo íntimo en una experiencia sensible y generosa, dejando al espectador con el pulso de la cumbia aún vibrando en el cuerpo. Una obra interesante, luminosa y honesta, que merece ser vista, compartida y danzada.
Ficha Técnica
Título: Rosamaría
País: Chile
Dirección y Producción: Chery Matus Gómez
Proyecto de Investigación: El Cuerpo Es Presente
Intérpretes: Candela Basualdo y Alicia Carolina Pizarro Peña
Diseño de Vestuario: Gina Ragusa
Diseño Lumínico y Multimedia: Matías Eduardo Carvajal Silva
Asistente Diseño Lumínico y Multimedia: Antonia Bianchi
Asistente de Dirección: Carola Méndez Aliste
Dramaturgia Sonora: Carolina Aguilera
Diseño Gráfico: Francisco Candelori
Diseño Sonoro: Andrés Abarzua
Comunicaciones: Rodrigo Leufuman
Duración: 50min
Todo Espectador
Coordenadas
Espacio Vitrina
24 y 25 de Enero
Santiago OFF
![]()

