SANTIAGO OFF Crítica de danza “Máquina de gloria y olvido”: Sostenerse en el vacío

Por Romina Burbano Pabst

Cruje,

metal opaco, desgastado;

tiembla, sube, arrastra óxido;

baja,

vertical,

peso,

insiste en elevarse;

transporta, tiempo,

historias, cuerpos,

destiempo,

polvo, líneas, mecánica.

Los ascensores son un espacio umbral. El cuerpo se detiene, el tiempo se comprime y algo cruje antes de moverse. Hay una pausa obligada que da inicio a una suspensión breve. La vibración anuncia el movimiento.

Máquina de gloria y olvido es una obra de danza contemporánea y performance cuyo enfoque artístico cultural se basa en un viaje coreográfico que transita entre la verticalidad y la caída, entre la memoria que insiste y el silencio del abandono. Dirigida por Marco Ignacio Orellana e interpretada por Belén Ceci, la pieza encarna a los ascensores Florida, Mariposas y Monjas de Valparaíso. Aquí los ascensores no son meros objetos, son cuerpos metálicos que se transforman y se oxidan con el paso del tiempo, formando parte del recuerdo colectivo.

Es la relación entre el patrimonio material y la memoria emotiva que motiva a la compañía Cía Amateur a desarrollar una puesta en escena que revele los ascensores, no como máquinas, sino como archivos vivos de un puerto que se erigió en diálogo a su geografía vertical. Para esto la obra hace uso de un solo elemento escenográfico en constante transformación, las barras metálicas que componen la estructura ósea del ascensor. Es una escenografía minimalista pero que acompaña al eje central: el cuerpo en suspensión.

La obra se adentra en las resonancias físicas de la suspensión capilar, disciplina circense tradicional y artística que consiste en elevar el cuerpo en el aire mediante un anclaje sujeto al cabello. Combina tanto la fuerza como la técnica, la confianza y la atención activa; permitiendo al artista crear coreografías aéreas. El peso, la tracción y el engranaje son conceptos que se aprecian en esta técnica, traduciendo la lógica mecánica de los ascensores en lenguaje corpóreo.

En Valparaíso, subir no es solo avanzar, es elevarse en una ciudad que se oxida, donde los objetos parecen estar detenidos en el tiempo. Los ascensores cargan el peso de los cuerpos, pero también, de los años, del abandono y de una memoria colectiva que insiste mantenerse erguida a través del arte. En escena, esa estructura comienza a organizarse en el cuerpo de la intérprete. Su aparición es metálica, con movimientos entrecortados, fragmentados, como si cada parte del cuerpo se estuviese encajando. Hay ajuste, tensión y ensamblaje.

El cuerpo más que representar a los ascensores, se convierte en su estructura viva. La piel adquiere una cualidad cercana al metal sólo por los movimientos; las articulaciones funcionan como engranajes que crujen, que se arman, para permitir al cuerpo avanzar con impulsos breves y calculados. Dentro de la estructura escenográfica, la intérprete conduce cada gesto a una lógica mecánica, donde el sonido, el peso y la precisión organizan el movimiento. Hay funcionalidad, resistencia y carga.

Es en este primer estado, que el cuerpo se presenta como máquina en construcción, bosquejo de una arquitectura viva que se sostiene desde la verticalidad y el esfuerzo. La luz ilumina el anclaje que sostiene del cabello a la intérprete, y de una esquina el maniobrista An devenires agrega profundidad al relato. Es la persona a cargo de la primera elevación de la intérprete, un cuerpo-estructura que ensaya el acto de elevarse. Aquí, la performer no es una subjetividad humana, sino más bien, una materialidad activa: un mecanismo que recuerda. El cuerpo es una máquina sensible.

Con el paso del tiempo escénico, la rigidez que contenía al cuerpo se transforma. Se cambia, se ajustan las barras metálicas para formar una estructura más ajustada a lo que conocemos como los ascensores de Valparaíso, un camino que sube. La intérprete se eleva y simula el vaivén propio de subir y bajar de aquellos ascensores tan únicos. El movimiento se vuelve más continuo, su cuerpo se mueve en péndulo en el aire, mucho menos fragmentado. Poco a poco lo que antes era estructura, empieza a llenarse de cuerpos, susurros, trayectos repetidos. El ascensor se vuelve tránsito.

Aparece entonces, un espacio vivo, un dispositivo que transporta historias, cuerpos, objetos. En cada desplazamiento vertical se inscriben gestos, esperas compartidas y rutinas que sostienen la vida porteña. Valparaíso, se insinúa en ese movimiento pendular, elevación y descenso. El cuerpo de la performer se aloja esas memorias, lo que lo comprende como archivo sensible.

Subir y bajar deja de ser un acto funcional y se convierte en un gesto afectivo. El cuerpo guarda en sí la estructura, la repetición, el desgaste de la vida que se mueve a través de estas máquinas suspendidas en el tiempo. En escena, el ascensor no es solo un medio de transporte, es el lugar donde la memoria colectiva se activa, donde lo personal y lo urbano se cruzan constantemente. En este punto el montaje se vuelve tránsito, un cuerpo que abandona su condición de engranaje y se vuelve territorio de sensibilidad. Cada balanceo, cambio de peso sostiene el eco de quienes lo habitaron.

La suspensión como estado de memoria. La suspensión capilar irrumpe como un lenguaje escénico preciso. El cuerpo pasa a ser sostenido por las fuerzas físicas: peso, tracción, gravedad. En esta disciplina no hay metáfora complaciente, hay una relación directa entre la carne y la materia. La gravedad se vuelve coreógrafa, redefiniendo el movimiento y los límites del cuerpo suspendido, cayendo en una lógica mecánica y material.

La composición, la narrativa y el vestuario sostienen el sistema, y la suspensión produce una imagen potente de un cuerpo que flota. Desde una perspectiva no-antropocéntrica, la obra desplaza el foco desde la expresividad humana hacia las materialidades. El cuerpo comparte escena con el metal, la cuerda, las telas, todo para permitir a la intérprete aproximarse a las distintas etapas del ascensor. En escena, el cuerpo se convierte en objeto suspendido, patrimonio y estructura que persiste aún cuando el uso ha cesado.

El cuerpo responde al desgaste y al tiempo, es en la suspensión que el cuerpo deja de representar y comienza a existir como archivo material de una sociedad que se pierde con el agua y la sal. Su cuerpo, envuelto en capas de telas, cuelga inmóvil, como una estructura abandonada que persiste en el espacio y tiempo. Una imagen final que habla de permanencia, un cuerpo elevado que, como los ascensores de Valparaíso, sigue ahí, sostenido por las últimas partes que resisten su materia. Al final, el movimiento se detiene. El ascensor ya no sube ni baja. Está. No hay impulso ni tránsito, solo peso y quietud. Vestigios en una escena que queda vacía de acción.

La imagen condensa el abandono. El cuerpo ya no transporta sensibilidad, ni historias, no sostiene, queda ahí, oxidado por el uso y desuso, atrapados entre la memoria y el olvido. Aquí la suspensión deja de ser movimiento para convertirse en resto. El abandono no es ausencia, sino persistencia. La fragilidad de la materia que resiste en quietud. El cuerpo, ahora como objeto, comparte el destino de la máquina, ser patrimonio.

Máquina de gloria y olvido es una obra interesante, que cierra sin resolución dejando una pregunta en el aire ¿qué cuerpos, objetos, memorias decidimos dejar oxidarse?

Ficha Técnica

Título: Máquina de gloria y olvido

País: Chile

Compañía: Cía Amateur

Performer: Belén Ceci

Dirección general: Marco Ignacio Orellana

Maniobrista: An devenires

Producción: Gabriela Arancibia

Diseño sonoro: Enya de la Jara

Colaboración Musical: Angel Parra

Diseño de vestuario: Marcello Pezzouli

Escenografía: José Peligro

Collage y gráficas: Antonio Candia

Diseño lumínico: Gabriel de la Hoz

Fotógrafo: Víctor Vivas

Dirección audiovisual: Jairo Marín, Belu Vega

Periodista: Matías Salinas

Artesano Patrimonial: Gilbert Burgueño

Artista Plástico: Francisco Lobo

Guías patrimoniales, Ecomapu Travel: Cristian Uribe, Felipe Narbona

Diseño dossier: Stephanie Cofre

Duración: 50min

Edad: +10 

Coordenadas

Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM)

Sala B1

29, 30 y 31 de Enero 2026

Festival Santiago Off

 

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