Por Paulo Adriazola Brandt
Miriam, Gabriela, Abby, o incluso Miirmi, es la protagonista de esta extraordinaria novela titulada Persecución, escrita por la autora estadounidense Joyce Carol Oates (1938), quien demuestra su talento narrativo en la creación de una trama bien planteada, comenzando en el presente luctuoso de Abby, una joven de 20 años que sueña una y otra vez con la imagen de dos esqueletos que su mente se resiste a borrar, a pesar de que duda si realmente los vio o su imaginación los creó. Y no son únicamente esos huesos desparramados, sino también unas esposas que unen las manos de lo que parecen ser restos humanos. Pero de pronto una alegría inesperada la abraza, porque el joven Willem, amante de Cristo, se fija en ella y muy pronto se casan. Abby no tiene parientes, acude sola a lo que debería ser el inicio de una buena vida. Sin embargo, al día siguiente de su boda es atropellada por el bus del que había descendido segundos antes, la llevan de urgencia a un hospital, y su marido no se separa de ella en ningún momento: “Abby me necesita aquí”.
Durante los nueve días que está en coma, los sueños con esos esqueletos que la persiguen, se transforman en pesadillas que el marido escucha atento y preocupado, porque parece que fuera un verdadero delirio, suda, a alguien le responde, porque Abby escucha voces que no se apagan. Entonces el narrador nos lleva a otra época, abandonamos esta punta del iceberg para sumergirnos en las causas de esa perturbación cada vez más presente en Abby, tal vez desde que comenzó esta felicidad inédita e inesperada con Willem, tal vez ese dolor recóndito reclama su lugar frente a esa alegría que querrá olvidarlo, y eso no es posible, no si desea ser una mujer completa y libre. De tal manera los lectores empezamos a comprender, como en un perfecto puzzle, que hay una culpa arraigada junto a una pérdida inexplicable, para Abby.
El narrador de la historia, omnisciente pero tan comprometido con algunos personajes que sus voces se confunden, nos traslada quince años antes del accidente de Abby. Su padre, Llewyn, un veterano de la guerra de Irak, alcoholizado y trastornado por perder a su familia, violento, entra al hogar para preguntarle a la pequeña Miirmi de solo cinco años: “¿Tiene mamá un amigo especial que la visita cuando papá no está?”, y ella duda porque no entiende de quien está hablando, y como lo haría cualquier niño confundido, mueve la cabeza en sentido afirmativo. Esa era la respuesta que el marido agresivo necesita para maquinar el plan para secuestrar a su exesposa, Nicola, y cometer el crimen que acabaría con la causa de su trastorno.
“Cómo alguien va a querer a una hija que traicionó a su propia madre”. Gabriela ha dejado de ser Miriam, aquel nombre le gusta más, seguramente porque cree que de esa manera podrá dejar atrás esa culpa lacerante que la atormenta, porque está segura de que su madre la abandonó porque ella la acusó de tener ese amigo especial. Un día que llegó del colegio, la casa estaba vacía y quedó así para siempre. La única maleta que tenía su mamá no estaba, tampoco su auto. Definitivamente la abandonó por su culpa, piensa. Entonces debe vivir con la tía Traci que hace lo que puede por darle un hogar, pero todo le juega en contra y la niña debe esperarla en el asiento trasero de una camioneta destartalada, mientras la tía se emborracha en un bar. Gabriela se ata un cordón en la muñeca, como si fuera una de las esposas que recuerda difusamente a través de imágenes que provienen de un lugar semiabandonado, cerca de la casa en ruinas donde tuvo que vivir un breve tiempo con la tía Traci. Tenía ocho años cuando vio los esqueletos. Es como si una voz le hubiese indicado el lugar. Y parece ser la misma voz que le habla en sueños y luego en pesadillas. Más bien es un reclamo doloroso de una madre angustiada.
El narrador relata con verdadera maestría la ejecución del plan de Lew, el padre Miriam. El hombre simula un suicidio en un lugar indeterminado, así nadie podrá rastrearlo, luego se disfraza como un trabajador cualquiera, un buzo manchado con pintura, un gorro bien ceñido y secuestra a Nicola. Ella no opone resistencia porque está segura que si lo hace, el hombre violento le hará daño a su hija, y por eso prefiere ser dócil. Ya habrá alguna oportunidad de pedir ayuda o arrancar, pero eso jamás ocurre, porque la toma con fuerza del brazo, la amenaza con una pistola que no usará, porque cuando lleguen al lugar de la ejecución, lanzará el arma al río, es esperanzador piensa ella, tal vez sea indulgente, pero su brazo está esposado al de él. De pronto desenfunda un cuchillo grueso y afilado, y se hace un corte exacto que le permite lanzar el cuchillo al río antes de desangrarse, para que ella quede alejada del mundo, indefensa, sin comida ni agua, y observe cómo ese marido, que le exigía una reconciliación porque decía amarla, se muera lentamente. En tanto ella sufrirá una agonía interminable, no solo por la sed y el hambre insoportables, sino por el extenuante dolor de saber que su hija creerá que la ha abandonado, y tal vez por eso la empieza a llamar en sueños, y luego a gritarle en pesadillas. El horror de una muerte pausada, atada al hombre que desprecia, su asesino.
La culpa modifica la personalidad de Abby. “Lo que le ocurrió a mi madre fue culpa mía”, dice. Entonces, cómo una mujer tan culpable, tan infinitamente cruel, podría ser amada por un hombre tan dedicado a ella. “Teme amarlo, porque el amor es el preludio de la pérdida”. Pero asi es él, Willem, su marido, necesita saber qué oculta su esposa en ese pasado que reflejan sus pesadillas, suda, se mueve, y siempre despierta con miedo. Ella le cuenta lo que cree haber visto y dónde se supone haberlo visto. Y llega el día que deciden encontrar los esqueletos que la torturan, la imagen indeleble que pide su salvación, como un eco sin fin. Willem camina por un terreno agreste, la hierba crecida y árida, mientras ella aguarda en la misma casa donde vivió con su tía Traci, ahora desierta. Pasa horas esperando al marido que de pronto llega con una expresión de satisfacción, porque halló los esqueletos, deben dar cuenta a la policía, es lo correcto, nada debe ser manipulado, por eso fotografió el escenario, y sí, hay unas esposas. “¡Unas esposas! Siempre fue real. No era la simple pesadilla de una niña”. Entonces Willem le entrega un objeto, fue lo único que rescató de la escena macabra: un anillo pequeño, “agrietado ópalo azul blanquecino”. Era de Nicola.
Y se cierra el círculo. Su madre se sitúa en la mente de Abby como lo que es, una víctima secuestrada y dejada morir esposada por su marido. Entonces la culpa de Abby deberá retroceder porque su madre jamás la abandonó, se la llevaron a la fuerza, ella es inocente, debe olvidar la pregunta sobre ese amigo especial. Y podrá a usar el nombre con que la bautizaron sus padres. Será Miriam para siempre.
Ficha técnica
Título: Persecución
Autor: Joyce Carol Oates
Género: Novela
Editorial: Fiordo
Año:2020
Páginas: 207
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