Por Anastasia Agüero
Entrevistamos a la escritora y tallerista Pía Barros, reciente finalista del Premio Plagio a la Creatividad, reconocimiento otorgado a partir de una convocatoria ciudadana que destaca trayectorias artísticas y culturales de impacto colectivo. Referente fundamental de la escritura breve en Chile y formadora de múltiples generaciones a través de talleres literarios, Barros reflexiona sobre su recorrido, el rol político de la escritura, la pedagogía como práctica horizontal y el lugar que ocupa hoy la literatura en un contexto marcado por transformaciones sociales, retrocesos y resistencias.
Desde una mirada crítica y feminista, la autora aborda la importancia de la ética en los procesos creativos, la defensa de la voz propia y el arte como espacio de acompañamiento, memoria y alerta frente a las distintas formas de poder.
Esto fue lo que Pía Barros nos contó sobre su trayectoria, su trabajo en talleres y su visión sobre la escritura y la literatura en la actualidad.
¿Qué significó para usted ser finalista del Premio Plagio a la Creatividad, considerando que viene de una convocatoria ciudadana?
Una sorpresa, primero que nada, porque se piensa que los premios son de otras personas. Siempre vemos a otras personas que han dado su vida en ciertas áreas. Cuando te proponen a ti, siempre el síndrome del impostor que nos persigue a todas las mujeres. Te persigue. Fue muy emocionante saber que otra gente que tú no conoces te propone para algo así. Me parece que es un tipo de premio como en algún minuto lo fuera el Altazor, que es mucho más de tus pares o de gente que sabe lo que has hecho en tu vida que por un texto determinado o por un tipo de obra determinada. Tiene que ver con tu trayectoria de vida y eso me pareció que era, para mí, muy emotivo. No era algo que tú esperes ser nominada a algo así. Te diría que es muy gratificante.
Su obra ha sido fundamental para el desarrollo de la escritura breve en Chile. ¿Cómo mira hoy ese recorrido?
Hace una semana cumplí setenta años y empecé a dar talleres y a escribir a los diecinueve. Escribí mucho antes, desde los seis años, pero a dar talleres desde los diecinueve, que fue cuando empecé la universidad, que yo iba a talleres y daba talleres. Eso, para mí, tiene que ver con la idea de dar talleres, pero también con conceptos que para mí son súper importantes; Uno, la democratización de la escritura. Dos, yo creo que todas las personas somos creativas. No creo que haya unas que sean más o menos. Todas las personas somos creativas y somos profundamente infelices cuando no desarrollamos el área de nuestra creatividad. Ya sea la cerámica, baile, pintes, escribas, todas las personas somos creativas, pero nos ha enseñado un sistema que en realidad hay unos iluminados, entre comillas, que producen arte y otros que supuestamente somos solo reproductivos. Todas las personas somos creativas y, desde finales del siglo pasado, lo que estamos buscando es justamente cómo compatibilizar ese equilibrio entre el mundo de afuera y el de adentro y ese legítimo derecho a la búsqueda de la felicidad. Lo que es la búsqueda de la felicidad está en el desarrollo de las creatividades, que son múltiples, como somos múltiples las personas, somos mucha diversidad, y hay áreas impensadas que te hacen feliz. Es un derecho humano la búsqueda de esa felicidad.
¿Hay algún libro o periodo de tu obra que consideres clave para entender lo que expresas y transmites?
Ni yo me entiendo. A ver, yo creo que todo texto. Después he hecho como catorce o quince libros míos personales, porque me he dedicado a muchas más cosas, pero antologías. Pero, en general, los textos son procesos y tú, cuando empiezas a mirar hacia atrás, ves tus procesos y ves etapas de tu vida que tenían que ver con ciertas focalizaciones en las que tú estabas.
Yo empecé a producir o a tratar de visibilizar textos en dictadura, y eso hace que la autocensura, la censura, lo que está detrás del texto sea mucho más importante que el texto mismo. Entonces, si te pones a mirar hacia atrás, empiezas a ver que hay un continuo en tus temas, pero que hay algo que subyace a todos esos temas, que es esa desesperación por una democracia que no conocíamos. Yo era adolescente para el golpe, no es una nostalgia, es un legítimo derecho a conocerla. Posteriormente, un desencanto: no era una palabra que lo resolvía todo, y después de eso también está esa búsqueda de que no hay otro sistema mejor y cómo lo hacemos para perfeccionar el que está.
Para mí, todo en la escritura es un gesto político. Yo soy feminista, entonces no hay un gesto inocente en la escritura, no hay un gesto inocente de intentar que otras mujeres también encuentren el camino de esa libertad en la escritura, no hay inocencia. Entonces, cuando tú dices un texto, todos los textos para mí son como mi diario de vida, aunque no tengan nada que ver —porque son ficción, por supuesto— con mi historia personal. Ver los procesos es ver un diario de vida.
A los setenta, créeme, estoy muy lejos de eso, pero a los setenta tú dices: estamos en los descuentos. Qué increíble que los temas, con distancia, sean exactamente los mismos que en el principio. Ahora es que no están los finales. Es lo mismo: la soledad, las mujeres, la violencia, las formas de la violencia. Ya no es la dictadura, pero hay otras formas que subyacen y existen, y es esto: cómo el lenguaje puede cruzar hacia eso, cómo el lenguaje, que al principio es muy elaborado y tú le buscas, empieza a buscar la simpleza y la exactitud y a despojarlo del aseo y ornato, como digo yo, pinchar, raspar la palabra hasta que quede solo hueso, en buscar ese juego de que cada palabra sea un dardo, y que desacomode, incomode y cuestione.
Siempre uno tiene más ambiciones que las que consigue, pero en el fondo sigue siendo lo mismo, es la misma historia, como diríamos antes, la misma mierda pero con diferente mosca. Es jugar a cómo trabajar por aquello tan humano o tan de persona que es esa búsqueda de la libertad, y de la libertad en las formas escriturales, a pesar de las reglas que tienen esas formas.
Buscar un libro es como decir que busco una aguja en un pajar, porque todavía no te has encontrado a ti misma, todavía estás buscando cosas y todavía tengo un tremendo privilegio de seguir haciéndome preguntas. No tengo respuestas, todavía tengo muchas preguntas, y eso me parece que me hace estar viva.
Has formado muchas generaciones a través de talleres. ¿Qué lugar ocupa la pedagogía en tu trabajo creativo?
Yo estudié, soy profe de Castellano, podría haberlo sido, pero no tengo título, por razones políticas, civiles o militares, lo que tú estimes conveniente. Mi universidad fue la USACH y, por supuesto, la USACH, que para mí sigue siendo importante, tengo mi corazoncito puesto ahí. Di clases después en la USACH, en Periodismo, y en otras universidades también. Me parece que tengo una separación ideológica: una cosa es lo que hace un ministerio, lo que hace una universidad, los dictámenes, y otra cosa es ese otro modo de dar clases que es el estilo más socrático, que es el estilo de talleres. A mí me gustan mucho los talleres como sistemas de aprendizaje, de cualquier cosa, de física cuántica, de lo que tú quieras, porque, primero que nada, rompe la asignación piramidal, es horizontal. Para mí, esa enseñanza de un aprendizaje conjunto no viene de un maestro o maestra, sino de “aquí estamos todos y todas aprendiendo”. Para mí la pedagogía es súper fuerte porque siempre ha sido algo contra lo que peleé, pero que me encantaba. Supuestamente yo jamás iba a dar una clase cuando yo era joven, nunca iba a hacerlo. Mi hija también una vez dijo: “yo nunca voy a ser profesora como ustedes”, y también me está siendo profesora hoy en día.
Yo soy feminista porque quiero un mundo donde nadie sobre y donde todas las personas seamos imprescindibles. Cuando tú le enseñas a alguien pensando cómo romper con la asignación de las cadenas, estás haciendo algo para que nadie sobre y para que esa persona, a su vez, le enseñe a otras personas a hacer lo mismo. Todo tiene que ver con la enseñanza y la pedagogía, aunque no sea el sistema tradicional desde el cual hablamos. Además, como no me gusta nada tradicional y nada conservador, me gustan todas las formas que tengan que ver con lo disruptivo, por supuesto que me interesa ese modo también de aprendizaje.
¿Cómo dialogan tus talleres con tu propia escritura?
Pésimo. Muy mal, porque nunca tienes tiempo para escribir lo tuyo y tienes que tener mucho cuidado de no tocar algo que toca una alumna o alumno, porque para cuidarlos, parte del aprendizaje conjunto es aprender la ética. La ética y la estética son una trenza que no puede soltarse. Entonces, no puedes ocupar lo que es de ellos porque tú podrías ser lo mejor o porque tienes más herramientas. Dialogan muy mal. Me cuesta harto salir de ahí y tratar de buscar desde dónde estoy hablando y depurar lo que yo quiero ver. Porque la horizontalidad también te da una cosa muy bella, que es la pertenencia. Yo les pertenezco a todas esas personas que están en taller, como ellas me pertenecen a mí, y esa pertenencia requiere de cuidado. El cuidado tiene que ver con el respeto. Es muy jodido llegar a pasar a llevar y tomar algo de alguien tuyo porque tú podrías ser lo mejor. Es inmoral y no se debe. Si quieres enseñar que se ocurra y que se repita y que todas las personas puedan, a su vez, darse un taller y hacer su propio sistema de aprendizaje e incorporar su propio conocimiento, tienes que practicar la ética y la estética como la trenza que no se debe soltar.
¿Qué buscas potenciar en quienes participan de tus talleres?
La voz propia. No quiero que escriban como yo. No quiero, y les pido a todos y a todas que no lean nada mío hasta el segundo año, y solo pueden estar conmigo dos años. Después tienen que irse a cambiar a otro taller. Justamente para que no hagan aquello que hacemos con los profes: tratar de caerles bien. Todas las personas queremos ser queridas, y para ser queridas buscamos qué quieren oír. Una de las cosas importantes es aprender a escuchar tu propia voz.
Para escuchar tu propia voz tienes que leer mucho. Ver otras voces para saber cuántas otras voces traes en ti. Porque no hay nada más estúpido que decir: “Yo no leo para no contaminarme”. Tienes que leer mucho. Tienes que saber mucho. Tienes que empezar a, justamente, quitar esa sordina de voces que hay para poder escuchar tu propia voz.
Una de las cosas difíciles de esto es que con el mismo diccionario del año 1600, mira toda la cantidad de años que he pasado con ese diccionario. Y la cantidad de millones de personas en español que vuelven a escribir y vuelven a hacer algo. Y vuelven a hacer algo nuevo de acuerdo a sus circunstancias, su época y su construcción cultural. ¡Qué milagro más increíble que el de la literatura! ¡Y qué milagro tan increíble son las personas! Todas las personas somos únicas e irrepetibles. Por eso la vida es tan importante. Porque ese cuidado de la voz única e irrepetible no tiene que ver con escribir como otros. Los otros son tus primeras invitaciones, tus maestros. Pero aprender a oír tu propio sonido es lo que más años te cuesta, de invertir en leer mucho para quitar la sordina y aprender el silencio de tu propia voz. Eso es una complejidad súper especial. Cada persona tiene un sonido propio. Esa es la belleza única e irrepetible.
¿Cómo ha sido sostener esas preguntas en los distintos momentos históricos que hemos pasado? Porque comentabas que al final no ha cambiado mucho el panorama. Pero igual los actores van cambiando, las circunstancias van cambiando.
El panorama sí ha cambiado. Cuando golpeas la puerta, tú abres la puerta. No te tiras de guata ni miras por la ventana para ver quién está afuera ni buscas a través del visillo. Yo viví eso. Yo viví el terror de los allanamientos. Yo viví el horror de salir a la calle y el cuidado, y enseñarle a una hija pequeñita que tenía que no decir quiénes estaban en la casa y no hablar. Iba a un jardín infantil y enseñarle autocuidado, que todo ponía en riesgo a otros. Tuve que hacer esas cosas y sí han cambiado las cosas. Ha cambiado muchísimo, no a la velocidad que quisiéramos.
El divorcio ya es un milagro en este país. Una de las cosas que para mí más me ha conmovido es que todos los niños chilenos son niños chilenos. No tienen colores distintos, por si son reconocidos o no reconocidos, dentro del matrimonio o fuera del matrimonio. Todos los niños chilenos son niños chilenos y son nuestra responsabilidad. Eso costó un mundo sacarlo.
Todas esas cosas que parecen que ya son un desde se pueden perder en un segundo. Las cosas que se han ganado a través del feminismo, la igualdad, la equidad, el buscar puertas del género, el que haya ciertas cosas que no es llegar y decirlas, el que el cuerpo de cada uno, de cada una y de cada une, ese cuidado se puede perder en un día. Las feministas siempre sabemos que cuando avanzamos en algo hay que defenderlo con todas las armas, porque vamos a perder nuevamente todo aquello y volver a empezar. Llevamos siglos en esto, desde las cadenas hasta hoy. Aquello que consideramos ganado se pierde en un día.
Miremos hacia el lado, miremos Argentina, miremos lo que está ocurriendo en el mundo y veamos que aquello que consideramos un derecho ganado no es adquirido. En un pestañeo o en una histeria colectiva todo se pierde. Toda la humanidad ha trabajado a través de los miedos. Este momento histórico nos hace el miedo al otro, al miedo inmigrante; fue el miedo a los judíos en algún momento, o el miedo al gitano, el miedo al otro u otra. Es una creación del sistema para controlarnos.
Las cosas han cambiado, han cambiado de maquillaje, pero no de fondo. Y a eso voy yo. Creo que este es un momento de conciencia en la humanidad infinitamente más grande de lo que hemos tenido en ningún otro momento, pero también de mayores fanatismos y también donde las religiones están tratando de tomar un poder político tan violento como lo fue en la Edad Media.
Todo se puede perder. Todas somos brujas susceptibles de ser quemadas. Todas y todos podemos desaparecer. “Los amigos del barrio pueden desaparecer”, dijo Charly García, ya lo hicieron. Todo lo que nosotras supuestamente ganamos puede desaparecer. Entonces, para mí la escritura también tiene que ver con esos estados de alerta, de obligarte a mirar en esa dirección que el resto no quiere que mires. Todo tiene que ver con eso y todo sí ha cambiado, pero también en el fondo subyace la misma problemática, que es una problemática de poder. Ese es nuestro problema.
¿Qué rol cumple hoy la literatura?
El rol del escritor, el rol de la literatura. Una época en que se suponía que uno era el oráculo y tenía respuestas para todo. Algunos las daban estúpidamente. Estuvimos muchos escritores candidatos a la presidencia, patético diría yo. Creo que la escritura, la pintura, la música, el rayado, el arte muralista, la pintura, la pared, lo que cumple, la única función que cumple, es decirte que no estás solo. Que en alguna parte hay otro u otra que piensa como tú. El sistema te dice, te atomiza, te pone en las redes, te hace creer que ese es tu mundo. Cuando caminas por la calle te despiertas por una frase, por una imagen, porque la ciudad está viva, está pintada y palpita. Hay otras lecturas ahí, no solo el lenguaje, entre comillas, como lo conocemos, hay otro lenguaje. Cuando eso ocurre, lo que hace el arte, cualquier forma de arte, todas las múltiples formas que tiene, incluyendo la literatura, es decirte que no estás solo y que algo palpite en esa ciudad o en ese espacio que también es tuyo. Creo que eso es lo principal. A mí me salvó la vida la literatura cuando era adolescente y me la sigue salvando todos los días. Me salva un poema, me salva una frase, me salva un verso. Y todo eso hace que valga la pena.
Creo que si hay algo bueno que tuvo este siglo fue la pandemia. Aquellos “inútiles” que les sobrábamos a todos, eso que todo el mundo quería desaparecer, los presupuestos de cultura y todas estas cosas inútiles del mundo. Cuántos de nosotros hubiéramos saltado por la ventana, nos hubiéramos matado ante el terror o lo que fuera, si no fuera por la música, por la literatura, por el arte, por todo aquello. Esa canción tonta que escuchamos una y otra vez, que nos hacía sentir que no estábamos tan solos y que no éramos únicos en el universo. Creo que la pandemia tuvo esa belleza: enseñarnos solamente a espejearnos a través del arte.
¿Hay algo en lo que estás trabajando actualmente?
Pues no, yo siempre soy dispersa, hasta que logro aunar algo. Inclusive estoy tratando de rescatar cosas horribles de cuentos que encontré, que son inéditos, de cuando tenía veinte años. Revisar para atrás es tremendo, porque te acuerdas de los mismos temas, dichos con mucho más frufrú o romantizados, lo que tú quieras. Mirar cosas. Siempre estoy haciendo, pero hasta que no tengo un cierto volumen de cosas no sé hacia dónde voy. Antes hacía libros y me proponía ideológicamente: tengo que hacer calzar esto con esto. Ahora dejo que las cosas me ocurran. Si estoy en la calle o con un café, dejo que llegue, porque es lo que llega. Justamente buscar eso, el latido. El latido de lo que está fuera de mí. No soy tan onanista, no busco todo adentro. Busco cómo me espejea también lo que está afuera.
¿Qué reflexión o consejo compartirías con quienes comienzan a escribir, especialmente en espacios colectivos como los talleres?
Aprender a aprender, algo tan viejo como eso. Creo que lo principal para mí es correr riesgos, atreverse. No hacer solo aquello que te sale bien y que todo el mundo te aplaude. Por el contrario, ir justamente a las fisuras, a los pliegues, a aquello que no te sale bien, hurgar en aquello que rompe tu zona de confort. Buscar lecturas que no conocías, probar, darte cuenta de todo aquello que está fuera de ti, que también es parte de ti. Somos construcciones culturales y el aislamiento lo que hace es justamente destruir esa cultura.
Había una cuestión en Portland hace mil años atrás, en la ciudad, en que el alcalde hacía una foto del alcalde haciéndolo una exposición, como un exhibicionista abriéndose frente a una cultura: Expose Yourself to Art, como “Exponte al arte”. Exponte a lo que está fuera de ti, porque lo que está fuera de ti es aquello que te hace también quien eres por dentro.
Creo que hay que correr riesgos. Siempre hay que estar probando, siempre hay que estar jugando. Yo soy una jugadora empedernida y ludópata, entonces creo que hay que jugar y jugar en serio, con toda esa apuesta tremenda que hacen los niños en un juego, tener esa voracidad. Y esa voracidad va en la escritura, en la pintura, en la música, en lo que quieras experimentar. Esa voracidad es algo que se está olvidando y, si hay algo que nos falta en este siglo, en este nuevo siglo, es la pasión. Hay que buscar aquello que te da pasión, no aquello que te estabilice y te dé todo. La pasión es aquello que te rasca y aquello que te obliga a hacer algo tan inútil, entre comillas, como escribir, pintar, hacer música, crear. Buscar la pasión.
Para cerrar, ¿a quién te gustaría ver reconocido en futuras ediciones del Premio Plagio?
La Batucana. Las Cuequeras de Chile. Hay tanta gente. Vicky Larraín, una coreógrafa que hizo maravillas desde la dictadura hasta ahora. Ella me enseñó a bailar y a las mujeres les enseñó a combatir las torturas, la presión y la represión. Creo que hay tantas y tantos que han hecho tanto. Hay gente maravillosa. Rosabetty Muñoz, una gran poeta que ha hecho su vida en talleres en Ancud. Creo que hay muchas, muchas personas que deberían ser nominadas y ganar este premio. Sobre todo pienso en las olvidadas. Tantas mujeres que tienen estos pequeños «oficios que nadie ve» y que son maravillosos. La Batucana es una gran poeta popular. No se nos olvida la poesía popular, porque estaríamos escupiendo sobre Violeta Parra, quien es mi heroína, obviamente.
El Premio Plagio a la Creatividad Artística se otorga con el fin de reconocer a creadoras y creadores chilenos de carreras destacadas y con más de 30 años de trayectoria, que hayan generado una transformación creativa desde la literatura y las artes visuales.
La Fundación Plagio ha organizado un ciclo de encuentros gratuitos que se llevarán a cabo durante mayo y junio en la Universidad Diego Portales con los ganadores y finalistas.
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Felicitaciones! Qué merecido premio a Pía Barros. No siempre van de la mano tanto talento creativo, valentía, sabiduría y generosidad.