Crítica de cine “EPIC Elvis Presley in Concert”: Un artista  

Por Álvaro Guerrero  

Baz Luhrmann completa de algún modo su proyecto de traer nuevamente a la vida a Elvis Presley, a través de la única forma en que eso es posible de alcanzar con una magnitud de épica: el cine. Tras el biopic Elvis (2022), Luhrmann comenzó un trabajo intenso de recopilación de materiales audiovisuales sobre el “rey” del rock, que duró más de tres años y que da como resultado la otra cara de su visión del personaje. Ya no es Austin Butler mimetizado, sino el mismo Presley que una y otra vez nos remite a un hombre apasionado por sobre todas las cosas con la música.

EPIC: Elvis Presley in Concert, es un documental de archivo que muestra en cada una de sus imágenes a su figura protagónica, entendiendo que como ícono de la cultura popular es lo suficientemente grande como para sostener todo el esfuerzo. La acción se concentra especialmente en el periodo conocido como el retorno del rey a los escenarios, y a sus raíces musicales, cuyo origen manifiesto, y por esos años finales de los sesenta abiertamente reconocido, es la música negra estadounidense: el gospel, el blues y el rhythm and blues, aun cuando Presley nunca deja de ser un gran showman, integrando un repertorio de canciones ya clásicas de la música popular de esos años. Pero el norte buscado por él, tal como el biopic de forma más o menos fiel trasluce, es que el viejo rey volviera en gloria y majestad a su espacio vital: el escenario y el rock.

La historia previa a esa etapa de su carrera es sucinta, se aborda con rapidez: Elvis en blanco y negro durante sus presentaciones en los cincuenta, su voz en off que confiesa que en aquellos años finalmente no hacía nada del otro mundo, en comparación con lo que vino después (piénsese por ejemplo, en la presencia escénica y la gestualidad teatral y visceral de un Jim Morrison con The Doors). Como él mismo dice: “yo solo bailaba y movía la cintura, no pretendía escandalizar”. Pero lo hizo, ya que fue el joven “blanco” que cantaba y se movía como “negro”, o más bien el joven negro que a la vista de todos era blanco, pero había crecido no solo escuchando, sino también, como relata en el documental, cantando gospel en una iglesia bautista, la música sacra por excelencia de los afroamericanos. Esa fue su escuela de canto y su primer escenario.

Hay imágenes de Elvis siendo “extirpado” de la cultura estadounidense, cuando es llamado a un servicio militar que cumple durante dos años en Alemania. Un verdadero golpe de knockout a la cultura del “rock and roll” por parte del poder, y a su regreso una figura distinta ya: el Elvis que aparece en el programa de televisión de Frank Sinatra (esto no se muestra), que se convierte en baladista, y a comienzos de los años sesenta se instala en Hollywood, y en sus propias palabras, gusta al principio de ser una estrella del cine, para finalmente caer en la frustración al no recibir la oportunidad que cree merecer para un papel cinematográfico de carácter. En cambio, una serie interminable de películas livianas, eternamente juveniles, donde lo vemos de peleador callejero, piloto de carreras, vaquero, cualquier cosa, mientras los Beatles y la invasión británica se “comen” el país. Todo esto se cuenta saltando de un evento a otro como breves perlas, y aún más los atisbos de su vida personal: Priscila y la idea de huir de la soledad a través del amor, la muerte de la madre adorada por el joven camionero. Son aderezos, breves matices en el retrato del “monstruo” brillante que fue Elvis Presley frente a las audiencias.

El grueso de EPIC se sustenta sobre ese cúmulo, en general acotado, de factores que hacen que un ser humano irradie una especial fascinación sobre el resto de los humildes mortales. Centrándose en su etapa de presentaciones en Las Vegas, las imágenes lo muestran en su esplendor máximo, tanto escénico como vocal. Vamos de los ensayos a los shows en vivo, a veces fragmentariamente, a veces deteniéndose en alguna canción o momento de particular entrega, y en ese sentido es impresionante el cómo la historia va cambiando el filtro con el que apreciamos la realidad. Cuando Kurt Cobain murió en 1994, muchos situaban a Nirvana como una banda menor, juvenil, marketeada. Sin embargo el paso del tiempo, y sobre todo la deriva de la música rock, los puso en el lugar de clásicos que ostentan hoy. En su etapa de estrella juvenil un periodista le preguntaba al primer Elvis, si le llamaba a “eso” cantar. En 1970, en Las Vegas o el Madison Square Garden, la profunda voz “negra” de Elvis surgía – como dice alguien – del alma, no solo de interpretar notas.

Entonces Elvis fue un producto discográfico muy esperado, y el cantante jamás fue un producto si se lo mira y oye con un mínimo de atención. Amó la música negra como a sí mismo, a la vez que se convirtió en un Semidios, a cada minuto imperfecto, que eclipsa al resto de los primeros gestores del rock and roll, varios de ellos afroamericanos tan o más salvajes que él, llámese Little Richard o Chuck Berry. Lo que vemos y revemos en EPIC es a un hombre mezcla de superhéroe de la música, con sus capas, enormes y glamorosos anteojos, rodeado de decenas de músicos, colaboradores, agentes, fans enamoradas, y simples aduladores. Un hombre alto y corpulento (el documental evita sus últimos tres años de obesidad y decadencia), que se presenta como un héroe de la música más que un rock star a secas. Un hombre que besa en la boca a todas sus admiradoras como parte del ritual, o del negocio, pero que en el instante mismo en que cierra sus ojos y eleva el tono de voz no parece pertenecer a ningún negocio, porque en ese momento es y no es alguien de este mundo.

Ficha Técnica 

Título original: EPIC: Elvis Presley in Concert

Dirección: Baz Luhrmann 

Reparto: Elvis Presley

Montaje: Jonathan Redmond

Musica: Elvis Presley, Eliott Wheeler            

Duración: 90 minutos

Género: documental, música

País: Australia 

Distribuidora: Andes Films

 

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