Por Victoria Bustos Arancibia
En un panorama cinematográfico dominado por productos prefabricados, algoritmos y secuelas múltiples diseñadas en estudios, pocas figuras mantienen una identidad autoral tan reconocible como Guillermo del Toro. Su Frankenstein (2025), estrenada directamente en Netflix para el público chileno, es la culminación de un proyecto soñado que el cineasta mexicano persiguió durante décadas. Y se nota, para bien y para mal.
Basada en la novela de Mary Shelley (1818), la película es una obra visualmente deslumbrante, coherente con la imaginería gótica latinoamericana del director, un melodrama lleno de fantasía que no puede quedar fuera del panteón de adaptaciones al cine de esta historia.
Protagonizada por Oscar Isaac como Victor Frankenstein y Jacob Elordi como la Criatura, con secundarios de lujo como Mia Goth y Christoph Waltz, Del Toro utiliza el talento a mano con descaro, creando y eliminando personajes, reescribiendo detalles importantes, cambiando incluso el sentido moral y ético del conflicto, encajando su propia versión telenovelesca de esta historia en una estructura general que engaña: en términos de sinopsis podríamos creer que se sigue tratando de aquel monstruo de Shelley, incluyendo el prólogo y marco del relato que transcurre en el hielo extremo, y un narrador principal sumamente consciente de sus acciones y pensamientos.
Sucede que bajo esa portada de fidelidad late la obsesión habitual del director: los verdaderos monstruos son humanos. Una idea ya explorada en La forma del agua (2017), El callejón de las almas perdidas (2021), Pinocchio (2022). Aquí, esa tesis no se sugiere, se subraya, se verbaliza y, en ocasiones, se sobreexplica hasta la extenuación en un guion que, también firmado por Del Toro, incurre en una serie de fricciones efímeras para continuar haciendo espacio a una moraleja que se expuso hace al menos dos siglos.
El Victor Frankenstein de Isaac responde a la superficialidad dramática con un histrionismo convincente. Es anacrónico a la época en la que se le sitúa, aunque no necesariamente a su desmedro, mientras él funciona como un trasgresor de ideales que se mueve por su mundo como un científico loco atemporal, el resto de los personajes son como obstáculos, dispares de su plano de existencia. En sus estallidos de entusiasmo y en su crueldad como creador abusivo, el intérprete es magnético. Donde se cae como protagonista es en el irregular acento británico que despliega durante todo el metraje, especialmente desconcertando con su narración en off; y en la casi inexistente conexión emocional que entabla con quienes lo rodean, entonces Guillermo del Toro condena desde un principio a su doctor Frankenstein a ser detestado.
La lectura edípica que propone la cinta —un hijo traumatizado que reproduce la violencia emocional del padre (Charles Dance, imponente como el Barón Leopold)— aporta un matiz nuevo e interesante al personaje principal, pero cliché. Finalmente, nos enfrentamos al monstruo humano que Del Toro concibió, consecuente con su catálogo de bestias, pero no tanto con las concepciones de Mary Shelley.
Ya hacia el final del largometraje, los sentimentalismos se afirman y se exacerban con una conclusión que posee una potencia simbólica evidente, aunque el tono conciliador y redentor resulta azucarado, apresurado, y hasta desconectado del desarrollo emocional e intelectual irregular presentado hasta este punto.
Si la película sorprende, es a través de Elordi. Su Criatura rompe con el molde macizo, deforme y caricaturesco de adaptaciones anteriores. Alta, de fragilidad inquietante, su presencia combina amenaza y vulnerabilidad. Su interpretación física y lenguaje corporal expresan una justa cantidad de curiosidad por el mundo, temor y confusión, logrando hacer de este ser una figura más compleja que sólo una masa de cadáveres.
Mientras que es el despliegue estético el que termina de maravillar, y que puede incluso ayudar a olvidar los desaciertos de la producción, partiendo por un diseño de producción exuberante: con laboratorios steampunk, vestuarios llenos de detalles y mensajes escondidos, y hasta escenarios que priorizan la composición sobre el primer plano fácil para pantallas pequeñas. Sumado a la música de Alexandre Desplat, se refuerza una fusión de terror gótico y melodrama. Aquí es donde su autor sigue demostrando que entiende el cine como artesanía total del más alto nivel.
Así, Guillermo del Toro vuelve a consagrarse como un director que, con el presupuesto adecuado, puede convertir cualquier universo ficticio en una experiencia visual que se puede percibir como una realidad tangible y hermosa, digna de la pantalla grande, sin embargo, también delata sus sombras. Como en el relato mismo se plantea: ¿Basta con la voluntad del creador para dotar de alma a su creación? La respuesta no es tan clara e inmediata como un rayo que da vida, pero sí propone un debate fascinante para los espectadores.
El cineasta parece replicar el gesto de Victor, intentando insuflar vida a un compendio de obsesiones previas. En definitiva, Frankenstein (2025) es un espectáculo que invita a admirar su arte, grandioso, sin duda, y a conectar con los tropos de los cuales su autor no se cansa, dejando de lado varias de las cuestiones que la narración de Shelley planteó. Puede que no sea la adaptación definitiva para todos, pero sí es la de Guillermo del Toro.
Ficha técnica
Título original: “Frankenstein”
Dirección: Guillermo del Toro
Guion: Guillermo del Toro. Basado en el libro de Mary Shelley.
Fotografía: Dan Laustsen
Montaje: Evan Schiff
Música: Alexandre Desplat
Producción: Double Dare You, Demilo Films, Bluegrass Films
Reparto: Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz
País: Estados Unidos
Año: 2025
Duración: 149 minutos
Género: Drama; Fantasía; Ciencia ficción
Disponible por streaming en Netflix
![]()

