Crítica de cine «Nuremberg, el juicio del siglo»: La grieta en el pacto ético

Por Sergio Castro-San Martín

La propuesta de Nuremberg: el juicio del siglo de James Vanderbilt se articula no solo como reconstrucción histórica del juicio que redefinió el derecho internacional, sino como un duelo de perspectivas morales. Más que un drama judicial convencional, la película se instala en la tensión entre justicia y comprensión, castigo y análisis clínico, memoria y estrategia política.Vanderbilt construye un triángulo narrativo cuyos vértices son el psiquiatra interpretado por Rami Malek, el jerarca nazi encarnado por Russell Crowe y la figura histórica del juez y fiscal jefe Robert H.Jackson, mientras que el personaje de Leo Woodall funciona como bisagra generacional y ética en un contexto devastado.

En Nuremberg, el psiquiatra del ejército estadounidense Douglas Kelley (Rami Malek) lleva a cabo una misión para investigar las personalidades y monitorizar el estado mental de Hermann Göring (Russell Crowe) y otros altos cargos nazis, tanto en preparación como durante los juicios de Nuremberg.

Uno de los puntos más sugerentes del filme es la relación entre el psiquiatra militar —al que Malek dota de una contención casi obsesiva— y el acusado principal, Hermann Göring. Desde su primera entrevista, la película plantea una pregunta incómoda: ¿Es posible analizar clínicamente al responsable de atrocidades masivas sin que el acto mismo implique una forma de humanización peligrosa?

La puesta en escena subraya este dilema con una economía expresiva notable. Vanderbilt sitúa a ambos personajes en espacios cerrados, casi asépticos, donde la cámara privilegia el primer plano. No hay música que guíe la emoción; el espectador queda atrapado en el intercambio verbal. El psiquiatra escucha, pregunta, registra. Göring responde con una mezcla de arrogancia, ironía y una lucidez inquietante. Crowe evita la caricatura y opta por la seducción intelectual: su Göring no es un monstruo desbordado, sino un estratega que entiende el poder del discurso.

Aquí se produce el rompimiento ético doctor–paciente. La confidencialidad, principio básico de la práctica clínica, entra en conflicto con la dimensión pública del juicio. El psiquiatra no está allí para curar, sino para evaluar la capacidad mental del acusado y, en cierto modo, para desactivar su influencia retórica. Vanderbilt explora esa ambigüedad con inteligencia, aunque a veces el guion verbaliza en exceso el conflicto interno del personaje de Malek. Cuando el médico empieza a utilizar la información obtenida en sesiones privadas para anticipar movimientos procesales, la película señala un quiebre: la ciencia se convierte en herramienta estratégica del aparato judicial. Este punto es uno de los mayores aciertos temáticos del filme. La historia real de los exámenes psiquiátricos a los jerarcas nazis es reinterpretada aquí como una zona gris donde la ética profesional se enfrenta a la urgencia histórica. Sin embargo, en algunos pasajes el guion cae en subrayados morales que restan naturalidad al dilema, como si desconfiara de la capacidad del espectador para percibir la fractura sin necesidad de explicitarla.

En paralelo, la figura de Robert H. Jackson aparece como el eje moral de la narración. Vanderbilt lo presenta no solo como fiscal, sino como arquitecto de un precedente jurídico. Su cruzada no es la venganza, sino la instauración de un modelo de justicia que no replique la barbarie que pretende juzgar.

La película acierta al mostrar la fragilidad política de esa empresa. No todos los aliados compartían la misma visión sobre cómo proceder con los líderes nazis; algunos preferían ejecuciones sumarias. Jackson, en cambio, apuesta por un juicio público, documentado, que permita a la historia registrar los crímenes y sus responsables. Este enfoque conecta con la dimensión pedagógica del proceso real de Núremberg: demostrar que incluso los peores crímenes pueden y deben someterse al derecho.

Formalmente, Vanderbilt dota a estas escenas de una solemnidad clásica. Los discursos de Jackson están filmados con encuadres frontales, casi ceremoniales, que evocan el peso institucional del momento. No obstante, el riesgo de esta elección es la rigidez: algunos parlamentos adquieren un tono demasiado declamatorio, más cercano al manifiesto que al diálogo dramático.

La interpretación de Russell Crowe como Hermann Göring es, sin duda, uno de los pilares de la película. Lejos de construir un villano unidimensional, el actor compone a un hombre consciente de su rol histórico y decidido a influir en la narrativa del juicio. Es carismático, manipulador, dueño de un humor oscuro que descoloca a sus interlocutores.

La película adopta parcialmente su punto de vista en ciertos momentos, permitiendo que el espectador asista a su estrategia de autodefensa: desacreditar la autoridad moral de los vencedores, relativizar las decisiones del régimen, presentarse como soldado leal antes que como ideólogo genocida. Esta elección narrativa es arriesgada, pero eficaz. Al concederle espacio argumentativo, Vanderbilt no lo absuelve; lo expone. Y al hacerlo, subraya la importancia de un juicio que no se limite a condenar, sino que confronte públicamente las racionalizaciones del poder totalitario. Aquí la verosimilitud histórica se mantiene sólida, aunque el guion intensifica ciertos intercambios para potenciar el dramatismo. La película logra transmitir la influencia real que Göring ejercía sobre otros acusados y su habilidad para convertir el proceso en tribuna política.

El personaje interpretado por Leo Woodall funciona como contrapunto emocional. Representa a una generación que no tomó decisiones estratégicas en la guerra, pero que carga con sus consecuencias. Su rol —ya sea como asistente legal, soldado o funcionario subalterno— introduce una mirada menos ideologizada y más humana. A través de él, la película explora el impacto psicológico del juicio en quienes lo presencian. Woodall aporta vulnerabilidad y una cierta inocencia que contrasta con el cinismo de Göring y la determinación casi ascética del psiquiatra. En términos narrativos, su personaje sirve para conectar el debate jurídico con la experiencia cotidiana de una sociedad en ruinas. No obstante, su arco dramático queda algo menos desarrollado que el de los protagonistas principales. Aunque su presencia es significativa, el guion no siempre le concede el espacio suficiente para que su transformación resulte plenamente orgánica hacia el final de la cinta.

En conjunto, la dirección de Vanderbilt apuesta por la sobriedad y el respeto histórico. La recreación de la Alemania de posguerra, el diseño de producción y la fotografía construyen una atmósfera coherente con el contexto real del juicio de Núremberg. La verosimilitud se apoya más en el detalle ambiental que en la espectacularidad.

El principal valor de la película radica en su capacidad para articular múltiples puntos de vista sin diluir el eje moral. Sus debilidades emergen cuando el discurso se impone sobre la acción, cuando la necesidad de enunciar grandes principios ralentiza la progresión dramática.

Nuremberg: el juicio del siglo no pretende reinventar el cine judicial, pero sí ofrecer una reflexión contemporánea sobre la justicia internacional, la ética profesional y la responsabilidad individual. En ese equilibrio entre historia y dramatización, la película encuentra momentos de gran intensidad y otros de excesiva solemnidad. Aun así, su ambición temática y la solidez interpretativa la convierten en una obra relevante, necesaria y, sobre todo, profundamente incómoda en su invitación a pensar hasta dónde puede —y debe— llegar la justicia cuando enfrenta el horror.

Ficha técnica

Título: Nuremberg: el juicio del siglo

Dirección: James Vanderbilt

Guion: James Vanderbilt, Jack El-Hai

Reparto: Rami Malek, Russell Crowe, Michael Shannon, Leo Woodall

Año: 2025

Sonido: Dolby Digital.

Duración: 148 minutos

Idioma: Inglés y alemán

Nacionalidad: Estados Unidos

Estreno en salas: 26 de febrero de 2026

Distribución: Diamond films Chile

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