Por Galia Bogolasky
En La Carne La Mosca La Polilla, Ángela Urrutia y Matías González dirigen este montaje de la compañía Teatro La Liebre que propone una experiencia escénica inquietante que se mueve entre la crudeza material del cuerpo y una reflexión política sobre la precariedad contemporánea. A partir del texto de Ignacio Peralta, construye una dramaturgia que tensiona los límites entre lo humano y lo animal, situando al espectador frente a una historia donde el fracaso deja de ser una experiencia individual para revelarse como una condición estructural.
La obra sigue el derrotero de una actriz, interpretada por Alexandra Von Hummel, cuya breve exposición televisiva se diluye rápidamente, empujándola hacia un espacio radicalmente distinto: una carnicería en el Matadero Franklin. Allí, entre cámaras frigoríficas, restos orgánicos y una atmósfera de trabajo mecánico, el cuerpo de la protagonista se vuelve objeto de intercambio. Lo que alguna vez fue herramienta expresiva —su presencia escénica— termina reducido a mercancía y residuo, en una metáfora directa sobre la lógica de consumo que atraviesa al capitalismo tardío.
La obra aborda la historia de esta actriz que trabaja en una carnicería, donde reflexiona en torno al fracaso de su carrera, que alguna vez fue exitosa, y ahora está rodeada de pedazos de carne, sangre y moscas. Ese deterioro podría haber sido aún más grotesco, ya que al abordar el pasado de la actriz con el presente de esta mujer carnicera, el contraste podría haber sido aún más dramático.
Sobre la razón de que esta mujer sea una actriz originalmente, se refiere a un tema que tiene que ver con algo bien personal, y es algo que hemos estado viendo recurrentemente en distintas expresiones artísticas, donde se aborda el mundo interno de esa disciplina, cuando sabemos que es algo bien específico. ¿Cuál es la necesidad de hablar tanto del teatro dentro del teatro? ¿a alguien le interesan las penurias de una actriz, más que al mundo actoral? Es algo que me pregunto ya que este sentido endogámico del teatro pierde fuerza en ciertos contextos.
La interpretación de Alexandra Von Hummel sostiene el centro emocional del montaje. Su trabajo se desplaza entre la fragilidad y la resistencia, encarnando a un personaje que poco a poco pierde las fronteras entre identidad, trabajo y supervivencia. La actriz logra construir un recorrido físico y emocional donde el desgaste se vuelve visible, haciendo que la caída de su personaje no se perciba como un episodio excepcional, sino como una deriva posible para cualquiera. Como la propia intérprete sugiere, el fracaso aparece aquí como una experiencia compartida: algo que atraviesa a todos, aunque muchas veces se oculte por vergüenza o temor a mostrar vulnerabilidad.
Von Hummel se lleva toda la carga dramática, ya que al ser un unipersonal, y con un texto robusto, la fuerza interpretativa cae por completo sobre ella. A pesar de que hay tres personajes en escena, más el que aparece en la proyección en la pantalla, ninguno dialoga, solo uno se ría, y manipulan la cámara, el micrófono, y uno se desplaza en silla de ruedas. Tener a tres personajes en escena que son como tramoyas visibles, puede funcionar como arma de doble filo, porque se genera una expectativa en su presencia, que no se cumple, ya que no dialogan con la protagonista, por lo que queda en duda la necesidad de esta presencia tan visible.
La propuesta estética de Teatro La Liebre refuerza esta lectura. Desde una lógica transdisciplinar, el montaje articula teatro, lenguaje cinematográfico, sonido envolvente y audiovisual en vivo, generando una atmósfera sensorial que envuelve al espectador. La escena se convierte así en un espacio liminal, donde la realidad cotidiana se mezcla con dimensiones más simbólicas y perturbadoras.
En ese territorio ambiguo aparece la figura de la mosca —un interlocutor invisible— que funciona como presencia constante y casi obsesiva. Junto con la insinuación de un crimen y una verdad largamente postergada, este elemento instala una tensión dramática que empuja a la protagonista hacia un progresivo colapso. La mosca, persistente y molesta, actúa como recordatorio de aquello que se intenta negar: el deterioro, la culpa y la imposibilidad de escapar del propio cuerpo.
Más que narrar una historia lineal, La Carne La Mosca La Polilla apuesta por una experiencia sensorial y simbólica, donde los elementos escénicos dialogan para construir un clima opresivo, donde las imágenes escénicas adquieren significados difíciles de descifrar.
El resultado es un montaje que incomoda deliberadamente. Al situar la acción en un entorno de carne, frío industrial y desecho orgánico, la obra expone con crudeza la lógica que convierte los cuerpos en materia productiva y descartable. En ese gesto, el espectáculo trasciende la historia personal de su protagonista y propone una pregunta más amplia: ¿qué ocurre con la identidad cuando el sistema económico transforma incluso la vida en mercancía?
Con una estética oscura y una interpretación central de gran intensidad, La Carne La Mosca La Polilla se instala como una pieza que interroga el presente desde la escena, recordando que detrás del brillo fugaz del éxito siempre acecha la posibilidad —mucho más común— del fracaso.
Ficha técnica
Título: La Carne La Mosca La Polilla
Intérprete: Alexandra Von Hummel
Dirección: Ángela Urrutia y Matías González
Producción ejecutiva: Ángela Urrutia
Producción general: Valentina Valdebenito
Dramaturgia: Ignacio Peralta
Diseño integral: Teatro La Liebre
Sonido: Ángel Rubio y Lenin Silva
Dirección audiovisual y realización: Katalina Urrutia y Luciano Besares
Asistencia de dirección: Felipe Valenzuela
Prensa: Sofía Oksenberg
Temporada:
12 al 15 de marzo
jueves a sábado: 20.00H
domingos: 19.00H
Centro Cultural CEINA
Arturo Prat 33, Santiago
Entradas a través de Passline
Precios:
General: $8.000
Estudiante y Tercera edad: $6.000
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