Por Juan Marín
Existe un profundo respeto por las decisiones profesionales que ha tomado la actriz Kristen Stewart, quien, tras alcanzar la fama mundial como estrella juvenil por la saga comercial de vampiros Crepúsculo, optó por desmarcarse de esa etiqueta mediática para explorar territorios más autorales dentro del cine independiente. En un gesto similar al de su excompañero de reparto Robert Pattinson, Stewart ha demostrado inquietudes artísticas que la llevaron a colaborar con realizadores de la talla de Olivier Assayas, David Cronenberg, Woody Allen, Walter Salles, Kelly Reichardt y Pablo Larraín. Es posible prevenir que, a partir de estas experiencias, Stewart fue consolidando una sensibilidad creativa propia, orientada hacia una idea del cine como espacio de exploración artística más que como simple industria del entretenimiento.
Su ópera prima, La cronología del agua, pese a presentar ciertas irregularidades estructurales, revela con claridad una voluntad estética audaz, caracterizada por una experimentación formal radical y un potente impulso visual. Se trata de una propuesta arriesgada y valiente, especialmente considerando que corresponde a su debut en la dirección.
Entre las óperas primas de intérpretes conocidos presentadas en la sección de “Una Cierta Mirada” del Festival de Cannes, donde también Scarlett Johansson y Harris Dickinson presentaron película (Eleanor the great y Urchin), esta obra se perfila como la más provocadora y convincente desde una perspectiva autoral. Y, creo, la mejor de las tres.
La película adapta las memorias de Lidia Yuknavitch, cuya biografía, marcada por abusos sexuales durante su infancia, adicciones y un posterior proceso de reconstrucción personal a través de la literatura y la natación, constituye un material narrativo áspero, fragmentario y profundamente corporal.
Stewart rehúye deliberadamente la linealidad narrativa convencional para construir una experiencia sensorial y visceral que examina el trauma, la sexualidad y el dolor desde un lenguaje cinematográfico propio.
Resulta particularmente significativo su interés por distanciarse del cine comercial hollywoodense, optando por filmar en 16 mm, lo que confiere a la obra una textura granulada y casi táctil. Esta elección estética evoca la fragilidad de la memoria y su naturaleza dividida, y es reforzada por encuadres anómalos que sugieren la lógica íntima de un diario de vida. La estructura del filme, organizada en cinco capítulos no cronológicos, privilegia la presencia emocional por sobre la progresión narrativa clásica, subrayando la concepción del cine como una forma de expresión artística antes que como un dispositivo narrativo tradicional.
La película revela además una notable sinergia creativa entre Stewart y Yuknavitch, evidenciando una energía rebelde compartida y una honestidad poco frecuente. La prolongada lucha de Stewart por obtener financiamiento, negándose a suavizar el contenido del relato, reafirma su compromiso con una integridad artística que contrasta con la frecuente tendencia de la industria a edulcorar las representaciones de la redención femenina.
En el plano interpretativo, Imogen Poots ofrece una actuación extraordinaria en el papel de Yuknavitch, transitando con solvencia entre la vulnerabilidad extrema y una ferocidad casi instintiva. Su desempeño constituye uno de los pilares fundamentales del filme, dotando al personaje de una complejidad emocional imprescindible para la densidad temática de la obra. Asimismo, la decisión de Stewart de permanecer detrás de cámara refuerza la dimensión autoral del proyecto, evidenciando una motivación creativa que trasciende cualquier búsqueda de protagonismo y ego.
El simbolismo del agua articula el discurso narrativo del filme. La natación emerge como el único espacio donde la protagonista logra recuperar la soberanía sobre su propio cuerpo, funcionando simultáneamente como refugio, catarsis y ejercicio de meditación frente a un entorno familiar violento. Este motivo simbólico se potencia mediante un montaje experimental que replica la lógica de la memoria postraumática: fragmentaria, invasiva y circular. Los saltos temporales entre infancia y adultez permiten evidenciar cómo los abusos sufridos repercuten en las adicciones y relaciones tóxicas posteriores.
Nos encontramos, en definitiva, ante una obra compleja, densa y emocionalmente exigente, cuyo carácter incómodo y difuso puede resultar desafiante para el espectador. No obstante, esa misma radicalidad constituye uno de sus mayores méritos. Aunque imperfecta, la película destaca por su valentía al abordar el abuso sexual desde una perspectiva sutil, evitando caer en el sentimentalismo.
Stewart se perfila aquí como una autora con una visión cinematográfica peculiar, capaz de construir una puesta en escena poética y profundamente personal. Su tránsito desde el estrellato juvenil hacia una búsqueda autoral rigurosa permite vislumbrar una filmografía futura sumamente interesante, confirmando que su talento trasciende con creces los límites de su temprano reconocimiento mediático.
Ficha técnica
Título: La cronología del agua
Título original: The Chronology of Water
Año: 2025
Duración: 128 min
País: Reino Unido
Dirección: Kristen Stewart
Guion: Kristen Stewart y Andy Mingo ( memorias de Lidia Yuknavitch)
Reparto: Imogen Poots, Thora Birch, James Belushi, Tom Sturridge
Distribución: Centro Arte Alameda
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