Por Isabel Agurto
Sebastián González y Amilcar Infante son los directores de Si vas para Chile, un documental que se sitúa en el norte del país para observar desde el territorio las transformaciones que ha traído consigo la crisis migratoria en los últimos años. Filmada en plena contingencia, la película recoge un momento marcado por marchas antiinmigrantes, episodios de violencia y un clima social que, con el paso del tiempo, ha comenzado a instalarse como parte de lo cotidiano.
El trabajo se construye a partir del registro directo y de una cercanía con las personas que habitan ese contexto. A través de ese recorrido, el desierto de Atacama adquiere una presencia decisiva, como un espacio atravesado por capas de historia donde distintas formas de violencia parecen repetirse y la memoria se tensiona constantemente.
En esta entrevista, los realizadores profundizan en el origen del proyecto, el proceso de filmación y las decisiones que fueron dando forma a la película, así como en las preguntas que siguen abiertas en torno a la migración, la convivencia y la manera en que nos relacionamos con esas imágenes que vemos una y otra vez.
El título Si vas para Chile inevitablemente activa una imagen del país, ¿qué les pasa hoy con esa idea de Chile a la que alude la canción?
Sebastián González: Es una pregunta que también ha surgido acá. Yo ahora estoy en Toulouse, en un festival donde estamos mostrando la película, y con la contingencia política todos están muy atentos a lo que pasa en Chile. La canción alude a una identidad, a una idea de vernos como chilenos, de pensarnos en relación con lo extranjero y también con otra época. Hay una ironía ahí, un contraste entre esa imagen y lo que ocurre en la realidad. ¿Qué rol tenemos hoy dentro de este conflicto migratorio, que ya forma parte del día a día en lugares como Iquique o Santiago? Es un fenómeno relativamente nuevo en esa escala. Cuando empezamos a hacer la película, en 2022, a raíz de la primera marcha antiinmigrante, ya se sentía muy patente esa diferencia. Vimos el surgimiento de una violencia social y de fenómenos de xenofobia que no habíamos visto antes: marchas antiinmigrantes, quema de pertenencias, ataques a familias, y una policía que, de alguna manera, era cómplice al no intervenir. Hoy, eso parece haberse asentado y legitimado. Lo que vemos ahora es una continuidad de esa línea, pero más instalada en la sociedad. En ese momento, además, era el contexto del inicio del gobierno de Boric, y Kast aparecía como una postura extrema frente a la migración, con discursos como el de las minas antipersonales. Eso está presente en la película, como una forma de observar los extremos. Lo llamativo es cómo hoy esa percepción ha cambiado y lo que antes parecía extremo ahora se ha vuelto más norma. Como que se movió el límite de la tolerancia frente a este tema.
Amílcar Infante: Y apareció otro extremo aún más radical.
Ese discurso se validó institucionalmente y hay otros aún más extremos. Este tema ha sido muy cubierto desde lo informativo. ¿Qué les interesaba explorar a ustedes desde el cine?
A.I: El espacio, la contingencia y el hito. El norte es un territorio que históricamente tiene un pasado siniestro, donde cambian los personajes, pero el Estado mantiene su modo de operar. Como cineastas queríamos entender qué estaba pasando, ir al lugar mismo del conflicto. Era la única forma de comprenderlo y registrarlo. Queríamos saber qué estaba pasando realmente en el norte.
S.G: También nos interesaba la experiencia de cómo se sienten estos hechos. En un momento teníamos entrevistas con autoridades, alcaldes, militares, que daban testimonios importantes desde distintos lados, pero decidimos no incluirlos en el corte final. Ellos tienen una forma de hablar que genera distancia, que es la que consumimos constantemente. Lo mismo ocurre con las imágenes de la marcha antiinmigrantes: fotos y videos que todos ya hemos visto. Pero otra cosa es experimentarlo desde el cine, entrar en la sensación del miedo, de la vulnerabilidad, de estar frente a una turba que grita, agrede, escupe, quema cosas, mientras hay niños presentes. En funciones con público chileno nos ha pasado que muchas personas no recuerdan esos hechos o los recuerdan desde un lugar más distante. Creo que estamos insensibilizados frente a tanta violencia. La película busca reactivar esa conexión y esa capacidad crítica.
El desierto de Atacama es muy protagonista y tiene una carga histórica fuerte. ¿Cómo fueron descubriendo ese territorio y convirtiéndolo en un personaje más?
A.I: A través del viaje. Tuvimos la suerte de trabajar con un camionero que nos ayudó a recorrer el territorio y con un activista de Iquique que también nos guió. Gracias a ellos pudimos entender la historia del lugar. Yo, por ejemplo, no conocía en profundidad episodios como la matanza de la Escuela Santa María. Fue un descubrimiento personal también. Ahí uno ve cómo se repite el mismo patrón: cambian los personajes, pero la lógica se mantiene. El desierto es complejo y tiende a borrar la memoria. Por eso la idea era dejar un testimonio que permita recordar lo que se olvida fácilmente.
S.G: Fue un proceso muy exploratorio. Partimos con la urgencia de registrar lo que estaba pasando y luego vino un largo proceso de financiamiento y búsqueda de forma. El paisaje terminó siendo un hilo conductor. Es un espacio árido, que ha sido así por miles de años, por donde han migrado muchas personas antes. Eso conecta con la idea de que migrar es un fenómeno humano, que siempre ha existido y seguirá existiendo, más allá de las etiquetas actuales.
¿Y cómo se fue construyendo la relación con las personas que aparecen a lo largo del rodaje?
A.I: En un contexto tan contingente y fugaz, creo que lo fundamental es el vínculo humano. Para involucrarse a ese nivel tiene que haber cariño. Fuimos muy honestos respecto de lo que estábamos haciendo y las personas entendían eso. No queríamos utilizar sus testimonios, sino darles un espacio. Había una necesidad muy fuerte de comunicarse, tanto de chilenos como de migrantes, lo que también evidencia el abandono por parte del Estado.
Hay escenas muy intensas, como la de la familia venezolana refugiándose durante la marcha, ¿cómo deciden dónde poner la cámara y cuándo no filmar?
S.G: Fue muy intuitivo. Todo era vertiginoso. No podíamos repetir nada. Era estar ahí y registrar lo que pasaba. Teníamos alrededor de 50 horas de material. Hubo muchas cosas que no pudimos registrar y otras que aparecieron de manera inesperada, como el caso de Catherine, esta chica que la rechazan en el Hospital de Alto Hospicio estando embarazada, que no era mediático. Más que hacer un registro exhaustivo, fuimos encontrando la película en el proceso, intentando ser lo más honestos posible.
¿El punto de vista del documental se definió más en el montaje?
A.I: Sí, hubo muchos cambios. La premisa era hacer una investigación directa en el conflicto, sin “cabezas parlantes”, y respetar el carácter coral de lo que vimos. Se quedaron muchas entrevistas fuera, pero todo ese material ayudó a construir el marco conceptual. Luego, en el montaje, se fue decantando hasta encontrar la esencia de la película.
S.G: Fue un proceso de ensayo y error, con muchas versiones. También pasamos por instancias de industria, como el Festival de Cine de Viña del Mar y Cannes Docs, que ayudaron a orientar el trabajo. Es un proceso casi escultórico donde uno va afinando la forma hasta que la película encuentra su identidad.
Sobre ese recorrido en festivales, ¿cómo dialoga ese reconocimiento internacional con la historia que están contando?
A.I: Aunque la película parece muy contextual, en realidad habla de la condición humana. Eso permite que personas de distintos lugares se identifiquen y lleven la discusión a sus propios contextos.
S.G: Además, hay un contexto global. El resurgimiento de la extrema derecha y discursos xenófobos es algo que se repite en distintos lugares. La película ha servido para abrir conversaciones sobre esos temas en diferentes países.
A.I: También hay una particularidad en el caso chileno, una migración masiva hacia el sur, algo menos común históricamente, lo que llamó la atención.
Sebastián, me decías que ahora mismo estás en un festival.
S.G: En Toulouse, uno de los festivales más grandes de cine latinoamericano en Europa. Luego hay otro en París, y ahí va a haber un par de funciones con un colegio. Ha sido interesante ver cómo la película circula en distintos contextos, desde la frontera en Tijuana hasta un colegio en Europa. Queremos que eso también ocurra en Chile, especialmente en las comunidades donde se filmó.
Mirando en perspectiva, ¿qué lugar creen que ocupará esta película en sus trayectorias?
A.I: Uno muy importante. Es un proyecto que creció mucho y que tiene una responsabilidad. Ojalá sirva para algo, que se vea, que se recuerde, que genere reflexión.
S.G: Es nuestro primer largometraje y ha sido muy intenso. Nos ha abierto puertas y ha sido un gran aprendizaje. Ahora queremos que la película circule en Chile, que genere discusión. El cine también es un espacio de reflexión, especialmente hoy que la experiencia de ir a salas está en crisis, sobre todo en este tipo de películas que invitan a una reflexión, que invitan a replantearse ciertas cosas, a conectarse también con nosotros mismos, con la humanidad, con una conciencia más crítica.
FICHA TÉCNICA
Título: Si vas para Chile
Dirección: Amilcar Infante y Sebastián González
Producción: Amilcar Infante y Sebastián González
Guion: Amilcar Infante, Sebastián González y Hernán Saavedra
Producción Ejecutiva: Sebastián González y Esteban Sandoval
Casas productoras: Amilcar Films (Chile), Pejeperro Films (Chile) y Someday Productions (Chile)
Dirección de fotografía: Amilcar Infante y Sebastián González
Sonido directo: Oscar Wirth
Montaje: Sebastián González y Hernán Saavedra
Postproducción de imagen y color: Christian Nawrath Smith (Color Haus)
Postproducción de sonido: Cristian Freund (Zoo Films) y Matias Rojas
Banda sonora: Matias Rojas, Cristian Freund y Sebastián González
Diseño gráfico: Alessandro D’Amico y Sebastian Mentall
País: Chile
Año: 2025
Duración: 70 mins.
Distribución: Miradoc
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