Crítica de teatro “Glengarry Glen Ross”: Hemos sido manipulados

Por Álvaro Guerrero

Lo primero que me impresiona de Glengarry Glen Ross es su escenografía. Al entrar a la sala veo sobre el escenario un bar de sushi en colores rojos y anuncios luminosos, dispuesto horizontalmente en tres secciones contiguas: al centro la barra, con una pantalla digital que simula la presencia del cocinero y un asiento ocupado por un hombre de espaldas al público, vestido con terno al igual que casi todos los demás personajes. A ambos costados mesas donde en un extremo, dos oficinistas interpretados por Andrés Velasco y Eduardo Herrera comen y gesticulan en una conversación que no oímos, y al otro lado, en una solitaria mesa, la presencia de un hombre solitario y algo encorvado que no parece salido de oficina alguna, y que bebe en silencio. La estética cosmopolita remite a los ochenta en la Nueva York ultra neoliberal del periodo de Reagan, desde donde surgió en 1982 esta obra teatral de David Mamet, ganadora del premio Pulitzer. Los nombres de los personajes tampoco sido “latinizados”, ya que a diferencia del habla coloquial chilena que todos estos hombres adultos emiten, sin contrapeso femenino alguno, se ha conservado sus identidades como estadounidenses de los ochenta, compitiendo salvajemente por sobrevivir en el ambiente de la venta de bienes raíces.

Cabe preguntarse entonces y antes que todo, el porqué de conservar un clásico moderno intacto, solo aterrizándolo al presente local a través del lenguaje procaz, vulgar, que usamos los chilenos para comunicarnos en ambientes de destructiva convivencia social. Lo segundo: nos podemos olvidar de cualquier atisbo de inclusión. Los siete actores que intervienen son hombres, del prototipo testosterónico en la mayoría de los casos. Uno se llama Richard Roma (Ghilherme Sepulveda), el otro Shelley Levene (Mateo Iribarren), y así el montaje nos saca de improviso del acostumbramiento al que hemos sido sujetos durante mucho tiempo, en esa necesidad de adaptar y reinventar, satirizar o relativizar aspectos de los textos originales, entendiendo que es la única forma de que conecten con las audiencias sensibilizadas por determinados ejes culturales y valóricos de una evolución social, entre esperada y asumida. El choque de trenes con ese tipo de expectativas aquí es brutal y de cierta forma liberador, aunque sea solo por la sorpresa inicial, por ese desparpajo de montar en idioma chileno lo que se aprecia a la vista como propio de la tradición literaria estadounidense, en el entrecruce histórico de tiempos nuevamente asociados a un mundo en el que los seres apenas tienen ganas ya de escapar de patrones deterministas que los obligan a competir como animales, tan desesperanzados como faltos de “alma”.

En la primera escena el personaje de Mateo Iribarren, de pie y delante de la escenografía del bar sushi, discute con “Williamson” (Nicolás Pavez), por un tema de “datos”. La oficina ha dispuesto a este “gerente” a cargo de una infame pizarra donde son anotados los nombres de los vendedores con más suerte. El primero en ventas recibirá un Cadillac, los últimos con toda seguridad serán despedidos. Iribarren “Machine”, el más viejo de los cuatro vendedores, hoy pasa por una mala racha y necesita imperiosamente que Williamson le comparta algún dato de posible venta. El problema es que estos son reservados a los que venden más, y no como podría pensarse a los que, afectados en su suerte, pudieran contar con un empujón para remontar y sumarse al lote de los que están arriba. La lógica entonces es de “reality show” y de cinismo puro, y poco pueden hacer esos hombres más que convertirse en depredadores y caníbales. Iribarren es locuaz hasta la desesperación, no deja hablar a su “oponente”, con una vocalización muy expresiva, rozando una sobreactuación, que sin embargo, resulta envolvente, en el corazón mismo de la obra: exasperante y a la vez impactante, y por sobre todo farsesca, patética a fin de cuentas.

Después viene el turno de Velasco y Herrera que conversan en un tono más bajo, apesadumbradamente descontentos, y para el caso del primero, en plan de manipulación delictual. El bar de tono tan brillante, tan pulcro y luminoso ahora parece cargado de un peso agobiante que lo vuelve mas una cárcel que un espacio de olvido y dispersión. La obligación de manipular sigue persiguiéndolos, cuando aparece en escena el último miembro de la oficina, personificado con suma energía por Sepúlveda, el vendedor estrella, el que rompe la monotonía de las quejumbres o discusiones con un monologo nihilista que alcanza un grado superlativo cuando señala que el presente es tan vago, adonde está el presente entre un pasado que condiciona y empuja a un futuro incierto, difícil de comprender, remata.

La segunda parte de la obra transcurre ya en la oficina, cuando el bar se eleva literalmente dejando a la vista el otro fondo conformado por escritorios, papeles sueltos en el suelo, y la pizarra que todo lo observa y todo lo explica, cual ojo tan omnisciente como impersonal. Alguien ha robado los datos y estos hombres elevan la voz, tratan de explicarse, no en sus culpas, sino en la necesidad de imponerse, insultándose todo el tiempo por las razones que sean. El policía que aparece y desaparece de escena para intentar interrogarlos de a uno, parece más un pelele cuya influencia no logra romper esa cadena de producción donde los miembros luchan por ningunearse, por literalmente anularse en sus individualidades. La obra a esa altura es tan incómoda como hipnótica, prácticamente no hay un personaje agradable o algo con lo que empatizar más allá de la angustia de la identificación de un mundo común que nos rodea y se nos ha ido interiorizando sin que queramos aceptarlo. La intensidad de las caretas, de las manipulaciones, las mentiras, ambiciones, miedos, es tal que hacia el final resulta imposible hacer distinciones en el elenco. Se trata de un coro brillante de actores en la piel de hombres que busca subvertir su frustración de ser seres manipulados desde arriba inventádose una máscara de los que se considera como “hombres”, es decir, competidores salvajes pero con mínimos códigos. La verdad es que tales no existen, solo hay ruido para esconder un vacío sin espacio para código alguno, un mundo donde el pasado: lo que vendieron o no, como aprendieron a engañar, a seducir, la decisión de colocar esa pizarra, todo eso se proyecta hacia el futuro, si tendrán trabajo o quedaran a suerte del abismo. El presente es un zarpazo sin real identidad, solo empujado por un ánimo de seguir, adonde sea, pero seguir.

Ficha técnica

Nombre: Glengarry Glen Ross

Dirección: Álvaro Espinoza

Elenco: Guilherme Sepulveda, Eduardo Herrera, Mateo Iribarren, Andrés Velasco, Nicolás Pavés, Pablo Schwarz y Gonzalo Muñoz-Lerner

Traducción: Pablo Schwarz

Diseño escénico e iluminación: Cristian Reyes

Diseño de vestuario: Taira Court

Música: Camilo Salinas

Producción ejecutiva y Producción general 2da. Temporada: UNACABEZA PRODUCCIONES

Directora de escena: Katy Cabezas

Realización de escenografía: Amorescenico

Coordenadas

28 Mayo al 7 de junio 2026

Jueves a sábado: 19:30 h

Domingo: 18.30 h

Centro GAM

Sala A2 (Edificio A, piso 1)

$20.000 Gral.

$14.000 Personas mayores, estudiantes, personas cuidadoras y personas con discapacidad.

$27.000 VIP (mejores ubicaciones)

$10.000 vista parcial

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