Crítica de teatro “El prestamista”: La vigencia de las grandes obras

Por Ana Catalina Castillo I.

Considerando que toda obra teatral es hija de su tiempo, constituye un desafío que conecte con los públicos después de muchos años. Por eso es destacable que cuando ya se cumplen siete décadas del estreno de El prestamista del dramaturgo chileno Fernando Josseau (1924-2016), la pieza –que suma mundialmente 15.000 representaciones– siga interpelando al espectador, no solo por su tan exigente como atractiva estructura dramática, sino también por la profundidad del diseño de sus personajes y la vigencia de los temas humanos que plantea.

En el escenario, solamente hay una silla. Allí se sentarán los tres sospechosos del asesinato de un prestamista: un panadero, un marqués y un financista. Todos ellos serán interrogados por un Inspector de la policía. De esta situación, propia del género detectivesco, arranca El prestamista. Lo distintivo es que los tres personajes son interpretados por un mismo actor; en esta versión es Roberto Farías quien, valiéndose de un simple pañuelo blanco, les irá dando vida en el escenario. Así interactuará con el Inspector, a quien no vemos, pero sí escuchamos.

Estructurada en tres actos, el carácter situacional de la obra no impide que haya progresión dramática. Por una parte, porque los personajes están diseñados en capas que el Inspector irá develando mediante sus inquisitivas preguntas, que van desde lo más evidente hasta abordar situaciones de mayor profundidad emocional. Por otra parte, las revelaciones que van surgiendo son espejo de la complejidad humana, lejos de cualquier maniqueísmo.

La pieza de Josseau pone al centro la palabra en toda su potencia y al centro de la palabra, al ser humano y sus recovecos; tanto los claros como aquellos más oscuros. Por lo mismo, en el texto hay momentos en que las categorías teatrales de lo serio y lo cómico se traslapan. Al drama se incorporan, sobre todo en los textos dramáticos de los dos primeros personajes, características propias de la mejor comedia, aquella que pone al descubierto las miserias humanas. Por eso, cuando en el público surge una tímida risa, la reacción tiene más que ver con que reconoce en ese personaje algo que, de alguna manera, ya ha percibido en la realidad. Así, la dramaturgia no solo evoca, sino que además convoca.

Podría decirse que, a través de cada uno de los personajes, se ponen en escena tres visiones de mundo, tanto por las diferencias en la extracción social de ellos, como por su concepción valórica (bastante particular) y la forma en que cada uno se relaciona con su entorno. Es decir, cada personaje “lee” la vida de acuerdo con sus experiencias y expectativas. Peraza, el panadero, la lee desde el mundo popular, marcado por la necesidad económica y la astucia cotidiana que le permite sobrevivir. El marqués lo hace desde el mundillo de la aristocracia decadente e hipócrita. Porse, el financista, desde la óptica del poder económico, dominado por la ambición y el cálculo frío.

El panadero es un hombre que sabe de carencias, por lo que sus resentimientos resultan comprensibles. No obstante, la simpatía que puede provocar se desdibuja cuando se revela que él también ha sometido a alguien más débil. En otro lugar de la escala social se ubica el marqués, el que vive de sus apariencias y las alimenta como sea, porque entiende cómo moverse y qué hilos manejar para mantener su estatus. Se percibe tanto o más inescrupuloso que el panadero y el financista. Finalmente, Porse tiene algo de los dos primeros, sabe de pérdidas y podría ser empático, pero el rencor lo domina y sus sentimientos son aplastados por la mezquindad.

Puede notarse que el orden en que va apareciendo los personajes tiene una notable intención dramática que, como decíamos, aporta al aumento de la tensión, porque las razones esgrimidas por el panadero son, por decirlo de algún modo, más básicas y menos oscuramente intrincadas que las del marqués. De tal modo que cuando se llegan a conocer las razones con que se defiende el financista, ya estamos sumergidos, como espectadores, en un pozo existencial tan profundo como perturbador.

A todo lo ya descrito se puede añadir que, si bien la estructura concebida como un monólogo de tres voces distintas podría resultar monótona, eso no ocurre en absoluto porque la brillantez del texto de Josseau, más el innegable oficio de Roberto Farías, consiguen que la tensión dramática vaya aumentando y mantiene al espectador en vilo, pues el culpable podría ser cualquiera de los tres interrogados. Al respecto, cabe destacar que es impactante cómo Farías maneja de manera diferente no solo la voz, sino también la postura, la gestualidad y logra transmitir, a través de ínfimos gestos y del control del ritmo, la interioridad atormentada de los personajes.

La acertada dirección de Álvaro Viguera, cuya experiencia en el rescate de grandes clásicos queda a la vista, consigue que en la puesta en escena cada uno de los recursos teatrales se unan para potenciar orgánicamente la obra. La iluminación, el diseño sonoro, la tonalidad del vestuario y un gran panel de fondo, que parece de aluminio, logra insistir en el acorralamiento, no solo físico, sino también psicológico de cada interrogado.

Con todo, la maestría de la dramaturgia no reside únicamente en los parlamentos de los sospechosos, sino que también de manera muy importante en lo que transmite la voz del Inspector, que según comentó el director fue grabada con antelación, aspecto que aumenta la dificultad del único actor en escena. La intencionalidad que le imprime el actor Samuel Garrido a su voz, como la del Inspector, no solo se relaciona con su función de conseguir la confesión de los acusados: transmite con convicción y natural asombro las reacciones genuinamente humanas del representante de la justicia. Así mismo, remite a una especie de puesta en abismo donde el público deviene jurado.

Pareciera que, tanto en 1956 como en 2026, se ha vuelto urgente que el teatro nos exponga a la exploración de las almas. A asombrarnos, cuando se nos interpela como solo este género sabe hacerlo y a cuestionarnos si alguna vez terminaremos de entender qué mueve a un ser humano en sus decisiones. En tiempos irremisiblemente convulsos, el “acontecimiento teatral”, como diría el teórico argentino Jorge Dubatti, nos da la oportunidad de repensar en ciertos dilemas morales que las obras trascendentales se encargan de recordarnos.

FICHA ARTÍSTICA

Título: El Prestamista

Dramaturgia: Fernando Josseau

Actor: Roberto Farías

Dirección: Álvaro Viguera

Voz en off Inspector: Samuel Garrido

Diseño escenografía y vestuario: Francisca Inda Maldifassi

Diseño iluminación: Francisca Inda Maldifassi – Álvaro Viguera

Asistencia de dirección: Samuel Garrido

Fotografía: Ana María López

Producción general y ejecutiva: IG&A Inda Goycoolea & Asociados

Coordenadas

Teatro Corporación Cultural Las Condes

Nuestra Señora del Rosario 30

Hasta el 12 de julio.

Viernes y sábado a las 20 horas y domingo a las 19 horas.

Entradas disponibles en www.culturallascondes.cl

 

 

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