Por Carla Oriely
Hay formas de violencia que rara vez se reconocen como tales. No siempre se expresan mediante agresiones directas; muchas veces se esconden detrás del humor, de una frase repetida o de un apodo que termina naturalizando una forma de mirar al otro. En Chile, llamar “velocirraptor” a una mujer mayor dejó hace tiempo de ser una ocurrencia aislada para transformarse en una caricatura instalada en el imaginario colectivo: la mujer que reclama un asiento en el transporte público, que discute en una fila o que parece ocupar un espacio que ya no le corresponde. Lo que comenzó como un chiste terminó reforzando un estereotipo profundamente edadista. Es esa imagen la que Andrea Franco Marín decide desmontar en Velocirraptors, una obra que, desde el humor negro y la sátira, transforma el insulto en un gesto de resistencia.
No es casual que esta propuesta aparezca en un momento en que Chile enfrenta un acelerado proceso de envejecimiento. Sin embargo, mientras las cifras avanzan, el imaginario social parece permanecer inmóvil. La vejez sigue asociándose a la pérdida, la dependencia o la inutilidad, como si llegar a esa etapa implicara desaparecer progresivamente del espacio público. Velocirraptors recoge esa contradicción para devolverla convertida en pregunta: ¿qué ocurre cuando quienes han sido relegadas a los márgenes deciden dejar de pedir permiso?
Desde esa premisa, la dramaturgia construye una historia tan delirante como reconocible. Las actrices Andrea García-Huidobro Celedón, Andrea Ubal Rodríguez y Gabriela Aguilera Vallejo, interpretan a tres mujeres mayores que presencian un eclipse, acontecimiento que opera como catalizador de una transformación inesperada. Lo que parecía una existencia marcada por la resignación, adquiere una energía renovada que las impulsa a rebelarse contra un sistema construido sobre la desigualdad y el abandono. La decisión de tomarse un supermercado puede parecer absurda, pero rápidamente revela su potencia simbólica: ese espacio condensa el consumo, el acceso a bienes básicos y las desigualdades del capitalismo cotidiano. Convertirlo en escenario de una insurrección transforma lo ridículo en gesto político.
El texto nunca intenta justificar esa rebeldía desde el realismo. El eclipse funciona como quiebre de la lógica cotidiana y habilita la irrupción del absurdo. Desde ahí, la obra construye un universo donde las protagonistas dejan de ocupar el lugar que se les asignó y comienzan a habitar otro, más cercano a la desobediencia que a la resignación. Ese tránsito no requiere explicación porque el montaje entiende que el absurdo no es evasión, sino una forma distinta de mirar la realidad.
La comedia negra articula gran parte del dispositivo escénico. Pero la risa que provoca Velocirraptors no es liviana. Cada gesto humorístico esconde una violencia reconocible: abandono institucional, precarización de la vejez, indiferencia cotidiana y edadismo normalizado. Andrea Franco entiende que el humor puede amplificar aquello que en el realismo se diluye. Reír no es escapar del conflicto, sino reconocerlo desde otro ángulo.
Ese equilibrio se sostiene en el trabajo del elenco. Uno de los mayores aciertos del montaje es el permanente intercambio de roles. Este desdoblamiento dinamiza la escena, pero sobre todo evidencia que la discriminación no tiene un solo rostro: se manifiesta en múltiples espacios y registros de lo cotidiano.
Lejos de banalizar las situaciones, este juego actoral intensifica su impacto. La obra permite que escenas de abuso o desprecio generen risa sin perder su carga crítica. El humor funciona como distancia, pero también como revelación: permite ver con claridad aquello que normalmente se naturaliza. En ese cruce reside uno de los logros del montaje.
Las actuaciones sostienen ese delicado equilibrio. Andrea García-Huidobro, Andrea Ubal y Gabriela Aguilera construyen personajes que nunca caen en la caricatura, pese a moverse en registros exagerados propios de la sátira. Cada una dota a su personaje de una identidad precisa, evitando que las tres mujeres se fundan en una sola figura genérica. La vejez aquí no es una categoría homogénea, sino una experiencia diversa, atravesada por tensiones, contradicciones y formas distintas de resistencia. A esto se le agrega los personajes de Monserrat Estévez Calderón, Juan Pablo Larenas Dintrans, que son de gran apoyo para el relato.
Más que personajes individuales, los intérpretes terminan construyendo una fuerza colectiva. Así como el título resignifica la figura del “velocirraptor”, el elenco configura una especie de enfrentamiento para un sistema que, en caso de las mujeres adultas mayores, las empuja a la invisibilidad.
Esa dimensión colectiva encuentra un correlato en la puesta en escena. La iluminación no solo organiza los momentos del relato, sino que sostiene el tránsito entre lo cotidiano y lo absurdo, marcando el efecto del eclipse como quiebre perceptivo. Los cambios lumínicos acompañan el ritmo sin imponer solemnidad, manteniendo siempre el tono lúdico de la propuesta.
El vestuario, dominado por distintos tonos de verde, refuerza esta construcción simbólica. El color remite directamente al imaginario de los dinosaurios asociado al título, pero también configura una identidad visual que unifica a las protagonistas como grupo. Más que un guiño literal, el verde opera como signo de pertenencia, reforzando la idea de una comunidad que se reconoce en la diferencia y la resistencia.
Uno de los aciertos centrales de Velocirraptors es evitar el discurso explícito. La obra no convierte a sus personajes en portavoces de una tesis. Es la acción —y no la explicación— la que construye sentido. Esto permite que el montaje esquive el panfleto y mantenga un equilibrio entre entretenimiento y crítica. La obra no enseña qué pensar; muestra situaciones que obligan a mirar de nuevo.
Tampoco hay idealización de la vejez. Las protagonistas no son figuras ejemplares ni moralmente elevadas. Se equivocan, exageran, reaccionan con impulsividad. Esa complejidad es clave: rompe con el estereotipo de la persona mayor pasiva, sabia o resignada. Aquí la dignidad no se construye desde la perfección, sino desde la posibilidad de actuar.
El supermercado como espacio de la insurrección refuerza esta lectura. Es uno de los escenarios más representativos del consumo contemporáneo, donde el valor social parece medirse por la capacidad de compra y circulación. Instalar allí la rebelión desplaza el conflicto hacia el corazón del sistema que organiza la vida cotidiana.
Sin embargo, la obra no se agota en la crítica al capitalismo o a la precarización. Su foco más profundo está en los imaginarios. Antes que la exclusión material, existe una exclusión simbólica: la forma en que miramos la vejez. La obra evidencia cómo el lenguaje, los memes y las bromas sostienen esa exclusión tanto como las instituciones.
Por eso el título es clave. Apropiarse de un insulto y convertirlo en identidad no es solo un gesto estético, sino político. Al final, resulta difícil volver a escuchar “velocirraptor” sin pensar en estas mujeres que desbordan el lugar asignado.
Velocirraptors no propone una revolución imposible. Propone algo más incómodo: reconocer que la exclusión no ocurre solo en estructuras visibles, sino también en la manera en que aprendemos a mirar. Y quizá esa sea su mayor provocación: entender que lo que parecía una broma nunca lo fue del todo, y que aquello que hemos aprendido a ridiculizar también puede organizar una forma de resistencia.
Ficha Técnica
Título: Velocirraptors
País: Chile
Dramaturgia y Dirección: Andrea Franco Marin
Asistente de Dirección: Monserrat Estévez Calderón
Elenco: Andrea García-Huidobro Celedón, Andrea Ubal Rodríguez, Gabriela Aguilera Vallejo, Monserrat Estévez Calderón, Juan Pablo Larenas Dintrans.
Diseño integral: Manuel Morgado Escalante
Diseño Sonoro: Guillermo “Cuti” Aste von Bennewitz y Emilio Adasme Campos.
Producción general: Heny Roig Monge
Patrocina Escuela de Teatro Pontificia Universidad Católica de Chile
Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento y Desarrollo de las Artes Escénicas, convocatoria 2025.
Edad recomendada: +14 años. Uso de humo durante la función y cambios bruscos de iluminación.
Duración: 75 minutos.
Coordenadas
Del 26 de junio al 12 de julio 2026
viernes y sábado 20:30 horas.
domingo 18:30 horas.
Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM) Sala N1 (Edificio B, piso 2) Av. Libertador Bernardo O’Higgins (Alameda) 227, Santiago Centro.
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