Entrevista a la autora de “Principio, medio, fin” Valeria Luiselli: “Tenemos que luchar aguerridamente por el derecho a imaginar por nosotros mismos”

Por Viviana Encina

Conversamos con Valeria Luiselli, autora de Principio, medio, fin, novela que sigue el linaje de una hija, una madre, una abuela y una bisabuela. Una historia que vuelve a los orígenes de una familia en Sicilia, que reflexiona sobre el cambio climático, la mitología clásica, la defensa del tiempo para preguntarse por qué todo origen nace de una fractura y qué implica la reinvención desde una ruptura.

Principio, medio, fin es una exploración íntima sobre la herencia, la memoria y la reinvención. En un viaje a Sicilia, una madre y su hija adolescente cargan con un objeto incómodo: un mosaico antiguo sustraído décadas atrás por la abuela. Lo que comienza como unas vacaciones se transforma en una indagación sobre el origen familiar, la culpa y el deseo de restitución. Mientras la madre intenta escribir una novela que no logra tomar forma, la hija insiste en devolver el fragmento robado, obligándola a confrontar las fisuras de su propia historia. Entre ruinas clásicas, mitos mediterráneos y paisajes luminosos, Luiselli construye una narración que entrelaza pasado y presente, creación y pérdida. Una novela sutil y reflexiva sobre lo que heredamos —objetos, relatos, silencios— y sobre la posibilidad de reescribirlos.

Valeria Luiselli es mexicana, autora de novelas como La historia de mis dientes y Desierto sonoro. Principio, medio, fin es su última novela luego de seis años y el primer título de su narrativa con la editorial Feltrinelli

Esto fue lo que nos contó sobre su nuevo libro, la escritura, la inteligencia artificial y las lecturas de toda una vida.

Nuevamente nos presentas una historia de vínculos femeninos intergeneracionales, un tema que has trabajado con bastante profundidad, pero con un particular ritmo narrativo

Sí, en efecto, esta novela se construye a partir de un primer círculo íntimo, el léxico familiar entre una madre y una hija, y poco a poco, como si tiraras una piedra al agua, se va extendiendo en círculos concéntricos. Emerge ahí la voz de la madre de la narradora, es decir, la abuela: hay una hija, una madre, una abuela y luego una bisabuela. Es la historia de ese linaje y de las historias que se van reescribiendo del pasado al presente y del presente hacia el pasado.

Luego la novela se va expandiendo hacia el lugar geopolítico del momento, que es Sicilia, en un presente futuro marcado por el cambio climático, las amenazas de erupciones volcánicas y un verano muy caliente. De ahí se expande hacia una temporalidad más antigua, quizás una atemporalidad: la mitología clásica griega y romana. Y de ahí se expande hacia otro marco temporal que me interesa mucho y que llevo años explorando a fondo, que es el de la geología y la vulcanología: el tiempo profundo de la Tierra.

Eso está muy bien expuesto y tiene un rol central en este último libro. Pero ya en las primeras páginas hay una reflexión sobre un concepto que creo que está especialmente manoseado por estos días: la reinvención. Desde dónde uno se reinventa, cómo uno construye algo nuevo cuando viene, como en el caso de la protagonista, de un divorcio.

Será muy manida, pero no tenemos la respuesta, porque seguimos siempre preguntándonos cómo le hace uno para volver a empezar. Para mí esa pregunta nació de una formulación particular de la pregunta por los principios, el origen, los comienzos. Es una pregunta que me hizo mi hija cuando tenía unos 10 u 11 años, en un periodo de insomnios nocturnos y ansiedad, en el que yo le leía mitos griegos para adormecerla —pésima idea, los mitos griegos para adormecer—. En algún momento me dijo: “Ma, ¿por qué en todos estos principios, en todos estos mitos y leyendas de origen, en el principio todo está siempre hendido en dos? ¿Qué es esto de estar hendido en dos?” Pude responderle lo segundo: que estar hendido en dos es estar dividido en dos mitades, una ruptura, una grieta. Pero no pude responder lo primero, que era realmente lo importante: por qué en el origen hay ruptura, una grieta, una fisura, una división. De algún modo, la novela entera es un intento de respuesta a esa pregunta tan grande.

Una pregunta que como seres humanos nos hacemos en todo momento, como con lo que ya nos forjó tenemos que construir algo nuevo. Esto incluso desde lo trabajas desde lo teológico

Sí, en un nivel cosmogónico, del inicio del mundo, está la imagen del cielo y la Tierra partiéndose en dos mitades, esa unidad primordial repartida en elementos. Pero también en la escala ínfima de las vidas humanas: desde un nacimiento, en que una madre literalmente se parte en dos mitades para poder parir, y luego en todas las vueltas de las vidas humanas en que, tras una pérdida grande, tras un final, tras una ruptura, tenemos que volver a imaginar un inicio desde el espacio de la ruptura.

Tiene esto alguna relación con los seis años que tomó este nuevo libro después de Desierto sonoro

En mi forma de escritura hay tiempos extendidos, lentitud y calma. No me frustra, al contrario: con el tiempo me voy dando el lujo del tiempo, porque no hay por qué estar produciendo un libro cada año o dos, si no sientes que tengas algo que decir con ese libro.

Lo que pude decir con este libro me tomó mucha vida, mucha acumulación de vida, mucha arquitectura para poder decirlo. Estuve muchos años en ello: unos tres o cuatro, acumulando pequeñas observaciones, notas, microensayos sobre temas como los orígenes, o la sensación de que algo en el tiempo, en el mundo, está cambiando y no sabemos muy bien por qué ni cómo; o la pregunta sobre la relación entre la memoria y la imaginación, esa intersección entre estos dos componentes de nuestras almas y nuestras mentes. Después de muchos años, ya con muchas notas y microensayos acumulados, pude empezar a jugar con la arquitectura de una novela, con cómo llegar de A a B, a tramar, a hacer trama.

Hoy estamos en un mundo que nos exige rapidez, que nos urge a que todo sea una respuesta inmediata. Acá en nuestro país todo se ha remontado a que sea productivo bajo la lógica del gobierno actual, incluso con un debate sobre cuán rentables son ciertas carreras. Hay algo que termina volviéndose político en tomarse un tiempo para pensar y reflexionar, más allá de si son seis años, dos o uno; tiene que ver con lo que te hace sentido a ti y con lo que tú quieres contar.

Cuando hablo con jóvenes —porque doy clases, porque tengo sobrinas y sobrinos— veo esa angustia natural que sienten por la pregunta de qué carrera es rentable, por la productividad. Yo siempre les digo lo mismo: que solo es rentable lo que verdaderamente te apasiona, porque no hay manera de hacer bien en la vida algo que no estás dispuesto a hacer de lleno. Hacer algo a medias es un sinsentido. Entonces, pensar en estudiar filosofía o literatura parece condenarte a no tener un trabajo, pero no es cierto: cuando haces algo apasionadamente, lo terminas haciendo bien.

Hay algo interesante que destacas: que este libro termina siendo una declaración de amor a la imaginación. Y también se nos ha ido extraviando la imaginación, los sueños, nos los están robando, desde las nuevas tecnologías y desde ciertos liderazgos y formas de ejercer el poder por estos días.

Ese es un tema fundamental. Creo que tenemos que luchar muy aguerridamente por el derecho a pensar por nosotros mismos, a imaginar por nosotras mismas, y no claudicar ante la presión de la aparente comodidad enorme que es tener a la mano tecnologías de inteligencia artificial. Porque con el uso repetido de esas cosas perdemos la capacidad de pensar y de imaginar, y sin eso, somos básicamente súbditos de un sistema que ya de por sí es poderosísimo y opresor. Pero todavía tenemos capacidad de respuesta, porque pensamos e imaginamos. Es un tema que me apasiona.

Ahora soy parte de un grupo con un nombre no muy afortunado todavía: se llama “los AI haters”. Ya inventaremos un nombre un poco mejor, pero por ahora nos sienta bien porque nos une el rechazo hacia la inteligencia artificial. Es un grupo que se está formando en Estados Unidos; me imagino que se expandirá.

¿Cuál es la mayor preocupación que tiene el grupo?

En lo que decíamos hace un momento: perder el derecho a pensar e imaginar por cuenta propia. Y sobre todo, que las próximas generaciones no tengan lo que nosotros sí tuvimos: nacimos en generaciones formadas en la lectura y la escritura, con el cerebro entrenado para resolver. Somos análogos. Si en las escuelas se mete a los niños chiquitos con inteligencia artificial, les van a quitar lo que tienen, que es el alma.

Nos reunimos escritores, periodistas, ensayistas, académicos. En las primeras sesiones, a lamentarnos; luego, en colectivo, a imaginar. Y cuando juntas a un grupo de gente, siempre salen cosas: pasa la magia de la imaginación colectiva. Ya ha habido una serie de propuestas concretas sobre cómo, como gremio dedicado a distintas formas de lo escrito, podemos protegernos y proteger a los demás. Colectivamente se puede: si una autora le dice a su editorial “no publico contigo porque estás usando inteligencia artificial para editar mis libros”, le dicen “ahí está la puerta”. Pero si mil o siete mil decimos que no, entonces ahí hay que ajustar. Solo así, como gremios colectivos, se podrá.

Qué importante eso de imaginar colectivamente…

Absolutamente. Los colectivos que surgen de América Latina —pienso en los colectivos feministas de estos años— acaban siendo siempre mucho más aguerridos e interesantes. Recuerdo una vez que estaba dando una clase sobre Séneca y Las troyanas, y les mostré a mis alumnas las manifestaciones que empezaron aquí, con las tomas, y que luego se esparcieron por el mundo entero. Mis alumnas de Estados Unidos enloquecían: decían “¿cómo es posible? ¿Y qué nos pasa acá, que no tenemos esto?”. Creo que un colectivo antiinteligencia artificial latinoamericano llevará esto mucho más lejos. Tenemos un alma más aguerrida.

¿Qué significa para ti la llegada a la editorial Feltrinelli? Porque en el ADN y en la historia de esa editorial está el ir en contra del fascismo.

Eso te lo contará mejor mi editor, José Amado, con quien vas a platicar. Pero Feltrinelli publica como primer libro El doctor Zhivago, un manuscrito que Giangiacomo Feltrinelli tiene que sacar a escondidas de Rusia para poder publicarlo por primera vez en italiano. Ese es su primer libro. Ahora Feltrinelli, aunque lleva muchos años trabajando junto con Anagrama —de hecho, Feltrinelli compró Anagrama hace unos diez años, así que son dos sellos que circundan una misma cosa—, sale por primera vez con su propio sello en español. Publican al mismo tiempo su libro histórico, El doctor Zhivago, y este libro mío, Principio, medio, fin, que es el primero de su catálogo.

Para mí es una aventura: subirme a un barco con una bola de locos maravillosos y brillantes que saben muy bien lo que hacen, pero que están ahí, a la aventura. Hay algo de emprender un nuevo camino juntos, pero también hay para mí una vuelta a casa, porque José Amado era mi editor en Sexto Piso, la editorial en la que estuve muchos años, toda mi vida en español. Sexto Piso sigue siendo una editorial maravillosa, aunque ha cambiado un poco de configuración —gente se fue, gente se quedó—, y finalmente yo decidí irme, pero irme con mi editor, a esta nueva aventura.

Queremos aprovechar de conocer qué lecturas te han construido, a cuáles vuelves y cuáles están en tu día a día. ¿Te trajiste algún libro en este viaje a Chile?

No me traje ningún libro cuando empecé el viaje, y me estoy yendo con veinte kilos de libros. Quise venir con una maleta chica para no caer en la tentación, y lo que va a pasar es que voy a tener que comprar otra maleta —me acababa de pasar en España—. Fui a España antes de venir a América Latina, y estaba en una librería maravillosa en Zaragoza, Cálamo, vieja librería de Aragón, y le pregunté al librero, Paco, si tenía el María Moliner, un diccionario que nunca he tenido y que no se puede consultar en línea. Cada vez que quería consultarlo tenía que ser a través de una querida amiga, la escritora Samantha Schweblin: durante el COVID le preguntaba, “Sami, ¿Qué dice la Moliner sobre la palabra desmoronarse?”, y ella me leía la definición. Fue un intercambio muy bonito que empezamos durante el COVID, pensando juntas en palabras. Entonces le pregunté por el Moliner a Paco, me dijo: “No lo tengo, pero te lo voy a conseguir en lo que haces tu presentación”, y lo consiguió. Yo no sabía el tamaño que tiene el Moliner: son dos volúmenes grandes. Tuve que comprarle una maleta —eso sí, muy elegante— a la señora María Moliner. Y lo mismo va a pasar ahora: me voy a llevar muchos libros.

Si tuvieras que elegir, pensando en llevarte alguna narrativa nacional

Leo a mi generación chilena, y también a la anterior. He leído todos los libros de Zambra, de Alejandra Costamagna, de Nona Fernández, por supuesto, y del maravilloso Diego Zúñiga, entre otros. La lista, por suerte, es larga. Somos una generación que pudo crecer gracias a las editoriales independientes, gracias a que nuestro continente se organizó distinto después de la crisis de 2008, y de pronto hubo un boom, pero un boom en serio, no un boom de cuatro elegidos en Barcelona, sino algo mucho más orgánico y real, de gente muy honesta, con voces que surgen precisamente así. Además, me encanta la buena onda, como se dice acá, esa cosa colaborativa, sobre todo entre las mujeres: todas son amigas, todas se conocen, todas se juntan. Y en algunos momentos incluso las editoriales necesitaban esas redes para poder vender.

¿Qué tipo de lectora eres? ¿Lees varios libros a la vez, o eres meticulosa y si partes con uno lo terminas, o te das cierta cantidad de páginas para ver si te interesa?

Me gustaría decir que tengo la disciplina de terminar todo lo que empiezo, pero no, nunca he sido esa clase de lectora. Le doy a los libros las páginas que sienta, y si no me agarran, no me agarran, y sigo adelante. Leo siempre muchas cosas a la vez, y no tengo reparo en abandonar un libro si no me interesa. Los que me agarran los devoro en un viaje de avión: cuando un libro me agarra, puedo estar siete horas leyendo.

¿Cuál fue el último que te atrapó?

En el avión hacia acá estuve leyendo el nuevo libro de Gabriela Jauregui, se llama Zorra. Está publicado en Sexto Piso en América Latina, y en España en una editorial preciosa que se llama Lava. Me lo devoré durante el vuelo. Ese es el último que he leído.

¿Y cuáles son tus libros fundamentales, esos autores a los que sueles volver?

Son tantos. Joseph Brodsky fue para mí un autor muy importante de formación. Anne Carson también. Y Rachel Carson —otra Carson, pero escritora naturalista, escribe sobre el mar—: tiene un libro que se llama El mar que nos rodea, una belleza, como una especie de novela rusa pero donde los personajes son las piedras y el mar. No sé cómo esté traducido al español; en inglés se llama The Sea Around Us.

Yo estudié filosofía, así que había abandonado mucho esa lectura, y más o menos en la pandemia, en medio de las crisis y los insomnios, volví a leer y a enseñar filosofía presocrática, Platón. Ahora llevo unos años muy metida con Plinio el Viejo, que nadie lee y es una maravilla. El libro que más recomendaría en la vida sería el libro dos de la Historia natural de Plinio: ahí está todo lo que tenemos que saber sobre el mundo.

Si alguien tuviera un bloqueo lector ¿hay algún autor del que digas “de este no te salvas”?

No sé si hay un libro en particular que haga eso, ni un autor. Creo que es una combinación de factores. Creo que una manera de salir de esos bloqueos es leer colectivamente: leer en un pequeño grupo, o por lo menos en pareja, leerse en voz alta, leer con un grupo de amigos, eso que sucede en torno a un fuego, real o imaginario. Esa forma de compañía y de soledad acompañada es muy mágica y muy transformadora. Si hay bloqueo lector, hay que leer algo con alguien, como lo expone Irene Vallejo en El infinito en un junco, desde esas primeras mujeres que se traspasaban la historia oral.

En tu trabajo está el ensayo, la novela, la no ficción, la autobiografía, la poesía. Como lectora, ¿te nutres de todo eso, o te quedas más con un género en particular?

Creo que soy mucho mejor lectora de ensayo y de poesía. Hace dos días leí otro libro hermosísimo: una colección de poemas escrita en pequeños fragmentos, de Adriana Riva. Se llama Ahora sabemos esto. Es un poema hermosísimo sobre una madre y una hija —una madre ya mayor, se intuye en la lectura, y una hija probablemente de mediana edad— que se sientan en torno a la mesa a leer juntas La Odisea y a buscar palabras. De ahí se bifurca en observaciones sobre la lengua, sobre las madres, sobre las palabras, sobre la soledad, sobre los procesos de escritura. Es una belleza.

Me fui a comer un choripán sola en Buenos Aires, saqué el libro, y la señora que me lo trajo estaba desconcertada, porque yo lloraba y lloraba, y luego me reía en voz alta —debe haber pensado que le llegó una loca total—. Pero pasar de la risa al llanto así, ese es el logro de un libro que sabe agarrar la cotidianidad y hacer algo hermoso y enorme con ella.

¿Tienes idea de cuántos libros forman tu biblioteca? ¿Los has contado, los tienes organizados?

Los organicé durante el COVID con una sobrina mía que se vino a vivir conmigo; ella es muy ordenada y disciplinada. Los libros venían en cajas, llenos de polvo, así que limpiamos cada uno, hicimos las torres alfabéticas y los ordenamos en unos libreros recién terminados —los terminaron el día que cerraron la ciudad, menos mal—. Esos libreros fueron el sustento emotivo y psicológico de toda mi casa en esos años. Éramos mi hija, mi sobrina, mi perra y a ratos mi madre, y era como tener una iglesia: era el espacio donde estábamos.

Ficha técnica

Título: Principio, Medio, Fin

Editorial: Feltrinelli 

Autora: Valeria Luisellu

Formato: Tapa Blanda

Categoría: Literatura Contemporánea

Idioma: Español

Sub-Categoría: Literatura Italiana

Páginas: 360

Loading

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *