Por Alejandra Delgado
La patria cruda (Kindberg, 2026) transcurre en el Nuevo Amanecer, un edificio de más de cuarenta pisos en Santiago donde miles de personas viven hacinadas. La novela está armada como un conjunto de historias que se cruzan. Por sus pasillos circulan trabajadores precarizados, migrantes, antiguos militantes y jóvenes que buscan hacerse un lugar, personajes a través de los cuales el libro habla del país.
Nicolás Cruz Valdivieso (Santiago, 1981) es escritor, guionista y tallerista literario. Su obra abarca distintos registros como la crónica, la poesía, el cuento y la novela gráfica. En esos géneros ha abordado varios momentos de la historia de Chile, porque, según él, el pasado del país es también su presente. “Escribo de lo que me quema, de lo que me afecta a mí y a mis pares, de lo que no puedo escapar y que si no lo escribo se vuelve un veneno en mi organismo”, dice en esta entrevista.
Empezó La patria cruda en 2017 y encontró el título durante el estallido social, cuando vivía en la zona cero, los mismos meses en que escribió Plegarias a la Virgen de la Revolución (Oxímoron, 2022). Con este libro abre una trilogía que seguirá con La encerrona, que Libros del amanecer publicará a fines de año, y cerrará con Donde se esconde la luz.
Conversamos con el autor sobre cómo la palabra “patria” fue “secuestrada por la derecha” y su interés por darle un sentido más amplio que conecte las luchas del pasado con las de hoy. También sobre cómo, a su juicio, se volvió tabú en el mundo literario hablar del estallido social y cómo editoriales y revistas le “sacan el cuerpo” a la historia reciente por miedo a posicionarse.
Has contado que el título de tu novela comenzó a surgir durante el estallido. Con “patria” buscabas recuperar el vínculo de esa palabra con quienes lucharon contra las injusticias. ¿Cómo piensas hoy esa idea de patria?
El título de la novela La patria cruda nace del fuego constante que vivimos los que habitamos la zona cero del estallido social, antes de que el mal gobierno y Carabineros de Chile retomaran el control territorial del centro de Santiago producto de la pandemia de COVID. En medio de ese territorio caótico e impredecible tenía la sensación de que algo nuevo estaba naciendo, se “estaba cocinando”. Me interesaba también rescatar esa palabra secuestrada por la derecha y darle una connotación más amplia que la de país, constituida por una patria afectiva, cultural e ideológica que retomaba las luchas del pasado, las que dieron nuestros padres contra la dictadura de Pinochet. Una patria con un imaginario político y social, y con referentes de lucha tan diversos como Víctor Jara y Salvador Allende, que desde sus trincheras particulares aspiraron a una patria más justa y humana.
La idea era unir las luchas del presente a las batallas de los primeros patriotas contra las injusticias del sistema político, social y económico: José Miguel Carrera, Javiera Carrera y tantos otros que dieron su vida por una patria libre, un país más justo donde los que no tenían un lugar lo tuvieran. Esa idea de patria aún vive en las luchas estudiantiles y sociales. Vive cada vez que la Alameda se llena de gente que defiende sus derechos a una vida digna, justa y no precarizada, a pesar de la brutal represión policial, el silencio cómplice de los medios de comunicación y el desprecio de los poderosos.
El edificio Nuevo Amanecer (más de 40 pisos y miles de vecinos) es el personaje central de tu novela y una metáfora del Chile neoliberal. ¿Qué contiene ese espacio simbólica y creativamente para ti?
El edificio Nuevo Amanecer es la representación del Chile actual y del histórico. Una enorme mole de cemento, metal y vidrio que contiene en su interior miles de vidas precarizadas por el sistema político, económico e ideológico que nos domina. Miles de vidas hacinadas y que luchan día a día por la sobrevivencia. Es, al mismo tiempo, una metáfora de cómo Chile ha construido su historia sobre sus muertos, sobre la injusticia y sobre los abusos que constituyen nuestro ADN como país. Donde hoy está el edificio Nuevo Amanecer, ayer hubo una casa de seguridad ocupada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en la lucha contra la dictadura militar, que sentó las bases políticas e ideológicas del Chile contemporáneo. Y antes de esa casa de seguridad hubo una casa colonial donde también los latifundistas sentaban las bases profundamente desiguales del Chile que estaba por venir.
Esta narrativa del espacio que utiliza un edificio como metáfora de un país me permitía contar una historia de manera literal y de manera simbólica al mismo tiempo. También incorporar al mal llamado sueño chileno que se nos vendía antes del estallido social a los nuevos actores, a los inmigrantes, la nueva carne de cañón de nuestro sistema. Como dijo alguien en una crítica del libro aquí no hay comunidad, sino intemperie compartida, donde los espacios hacinados tensionan las relaciones humanas y nos enfrentan al punto de que el vecino deja de ser visto como un par y se transforma en un potencial enemigo. Los guetos verticales que abundan en Santiago son el polo opuesto a las viviendas sociales soñadas en los 60´, diseñadas a escala humana y con un enfoque comunitario. En ese sentido, la barbarie arquitectónica es el reflejo fiel de una sociedad diseñada de manera barbárica, en función de la extrema riqueza de unos pocos y en desmedro de la pobreza de la gran mayoría.
La crítica destaca el carácter coral de tu novela, narrada desde distintos puntos de vista. ¿Cómo trabajaste esa estructura, qué dejaste fuera y qué fue imprescindible conservar?
La estructura coral de esta novela no se restringe a este libro, sino que atraviesa parte importante de mi obra. La trilogía de la patria que arranca con La patria cruda tiene su segunda entrega en el libro La encerrona, que se publica a fines de año por la editorial Libros del amanecer, y cierra con el libro Donde se esconde la luz. Estas obras comparten esa estructura, a medio camino entre el libro de cuentos y la novela. También podríamos llamarla estructura caleidoscópica o fragmentaria, y es imprescindible a la hora de narrar las novelas, ya que se trata de historias con un fuerte componente social y que trabajan el cruce de las vidas de los personajes que las habitan. Son existencias que chocan, se alteran y transforman y que, en su sumatoria, dan cuenta de la historia no oficial y no contada de un tiempo histórico. Esta estructura deja afuera la visión tradicional de la novela, donde el protagonista es el centro y corazón de la historia y de él depende su avance. En la estructura coral, el conjunto de historias es más importante que la individualidad de los personajes. Me resulta fascinante porque refleja la naturaleza de la vida: funciona como un andamiaje del caos, de lo azaroso que rige nuestras existencias.
Mauricio, el conserje nocturno del edificio, padece insomnio desde que sufrió un accidente laboral. Esa secuela le resulta útil para trabajar de noche, desnudando una precariedad laboral a la que desgraciadamente ya estamos acostumbrados. ¿Qué te interesaba mostrar a través de esa paradoja?
En cada uno de los personajes que componen la novela me interesaba encarnar los males de la sociedad que habitamos, pero no desde el discurso, sino que a través de sus historias de vida. Particularmente en Mauricio se refleja la profunda precariedad laboral en que se mueve la gran mayoría de los chilenos, la misma que como artista he habitado toda mi vida. Comencé a escribir esta novela en 2017, en una sociedad profundamente exitista y excluyente. Fui utilizando los males sociales como arcilla para construir a los personajes, sus circunstancias, dramas y luchas, que tiempo después explotaron y dieron vida al estallido social. Tanto Mauricio en Historia de un conserje como Carla en Ha nacido una estrella, que es una figura juvenil que tiene un fugaz paso por un programa de entretención, y otros de los personajes son el reflejo vivo del sistema profundamente injusto en el que vivimos, que te usa cuando te necesita y que cuando dejas de serle útil te escupe como a un cuesco.
Ese sistema no es casual, es herencia de una Constitución creada a conciencia en nuestro pasado reciente para que una casta de elegidos viva como mega ricos y tenga grandes vidas. Para que eso sea posible debe existir una enorme masa trabajadora explotada a su antojo y una clase media que aspira a estar más cerca de los ricos a los que sirve que de los pobres de quienes desciende. Lo que ahora decimos desde el discurso cobra vida en mi literatura a través de los personajes, sus conflictos y luchas, y su esperanza de un futuro mejor para ellos y los que aman.
En medio de las situaciones de violencia y precariedad que muestra la novela, ¿de dónde surge el humor?
El humor está presente incluso en las grandes tragedias. Es el contrapunto que debe tener una obra artística para lograr ser atractiva para los lectores, y dialogar con la tragedia y el dolor. En la vida el sufrimiento muchas veces va acompañado del humor o al menos en mi vida ha sido así, en que incluso en los peores momentos que he vivido el humor ha sido un elemento presente. Donde hay una tragedia en algún momento también hubo risas, y no solo risas, sino que también ternura, amor y humanidad. No me interesa representar los mundos que trabajo solamente desde la oscuridad, aunque innegablemente a ratos sean oscuros, sino que retratarlos desde el claroscuro de la experiencia humana, desde el dolor y el amor que componen la gran mayoría de las vidas por más precarizadas que sean estas.
En Plegarias a la Virgen de la Revolución (Oxímoron, 2022) registraste el estallido social mientras ocurría y empezaste a escribir La patria cruda en ese mismo período. ¿Cómo miras hoy ese momento histórico? Frente a las voces negacionistas, ¿qué debate puede abrir la literatura sobre lo ocurrido?
La literatura juega un rol central en abrir una grieta en el hermetismo de los temas invisibilizados, negados y ridiculizados como ha sido el estallido social. Los escritores hoy en día nos estamos atreviendo a escribir de este tema que ha pasado a ser tabú, superando el miedo a perder posibilidades o puntos por ser tildados de octubristas, pro violencia, antipatriotas o todas las simplificaciones que se han hecho sobre los movimientos sociales.
Aún hay un miedo bastante notorio por parte de la mayoría de las editoriales que se han negado a darle espacio al tema, por considerarlo poco comercial, añejo y castigado. Les resulta mucho más cómodo, por ejemplo, hablar de la dictadura, un tema en el que estamos todos de acuerdo en que fue algo nefasto y terrible que ocurrió hace más de 50 años. Pero no tienen el mismo tratamiento ni valentía frente a los temas contemporáneos, los fierros calientes que como artistas debemos agarrar. Las editoriales, revistas literarias y actores del mundo literario en su gran mayoría siguen sacándole el cuerpo a nuestra historia social y política reciente por miedo a las consecuencias que manifestarse y posicionarse puede acarrearles.
Has abordado distintos momentos de la historia chilena en una novela gráfica, una bitácora y obras de ficción. ¿Qué te lleva a volver a esa historia desde libros tan distintos?
Una de mis particularidades como autor es la variedad de libros a los que he dado vida. He trabajado en libros infantiles, crónicas sociales, novela gráfica, poesía, cuentos y un largo etcétera. Creo que todas las formas son útiles a la hora de abordar los periodos históricos que componen la historia de Chile. A pesar de que en mis inicios como escritor me gustaba trabajar la ficción desbocada, en el camino me he ido volviendo un escritor político, sobre todo a la hora de escribir de lo que me quema, de lo que me afecta a mí y a mis pares, de lo que no puedo escapar y que si no lo escribo se vuelve un veneno en mi organismo. Si escribo sobre la historia de Chile no es por hacer una revisión histórica, sino porque veo que el pasado de Chile es también nuestro presente, y nuestro presente irremediablemente es nuestro futuro. Nuestra sociedad de hoy es producto directo de nuestra sociedad del pasado y nuestra sociedad del futuro también será un resultado directo de las luchas que seamos capaces de dar en nuestro tiempo.
Mientras más trincheras logre abrir para mi literatura mejor será. Si en literatura para adultos trabajo el horror del mundo, en literatura infantil trabajaré el amor del mundo. Y las dos no van a ser cosas separadas, sino ramas de un mismo árbol. Por eso me parece tan urgente escribir de nuestro presente político, de la historia de nuestras luchas que tanto se han empecinado en negar.
Ficha Técnica
Título: La patria cruda
Autor: Nicolás Cruz Valdivieso
Editorial: Editorial Kindberg
Año de edición: 2026
Número de páginas: 191
Género literario: Novela coral / Novela en cuentos / Ficción literaria / Realismo urbano
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