FICVALDIVIA Crítica de cine “Chicas tristes”: La sororidad frente al dolor

Por Juan Marín

En el cine mexicano ha surgido, durante los últimos años, una generación de cineastas mujeres extraordinariamente talentosas que construyen sus películas desde una mirada femenina, cargada de sutileza y sensibilidad. Sus obras exploran la feminidad, el drama social, los espacios cotidianos y las relaciones humanas, abordando los malestares estructurales de México desde perspectivas profundamente sensoriales, descentralizadas y micropolíticas. Directoras como Tatiana Huezo, Lila Avilés y Fernanda Valadez, o incluso Michelle Garza Cervera, quien explora estas inquietudes desde el cine de género, forman parte de una camada que ha sido aclamada y galardonada en algunos de los festivales más prestigiosos del mundo. Ahora es el turno de Fernanda Tovar, integrante del colectivo Colmena, quien acaba de sorprender con su ópera prima, Chicas tristes, presentada en la competencia juvenil del FicValdivia.

Chicas tristes fue una de las grandes ganadoras de la Berlinale, donde obtuvo el Oso de Cristal a la mejor película y el Gran Premio del Jurado en la sección Generation 14 Plus, una competencia dedicada al cine juvenil, similar donde participa en el FICValdivia. En esa misma sección estuvo nuestra compatriota Matapanki, que recibió una mención especial del jurado en Berlín

La historia sigue a Paula y “La Maestra”, dos adolescentes de Ciudad de México, mejores amigas y nadadoras estrella de su equipo, cuyo vínculo constituye el eje central de sus vidas. Sin embargo, después de una fiesta, su relación experimenta un giro desgarrador cuando Paula sufre una agresión sexual por parte de un amigo cercano. A partir de este acontecimiento, Tovar construye un retrato contemporáneo de la juventud, la sexualidad y las complejidades emocionales que atraviesan las mujeres durante la adolescencia.

A diferencia de otras películas que abordan la violencia sexual desde el male gaze, como Irreversible, Ms. 45 o La última casa a la izquierda, Fernanda Tovar se aproxima al tema desde la empatía, la sensibilidad y los matices. Se percibe una comprensión profunda del universo femenino, que le permite alejarse del morbo y el sensacionalismo con los que tantas veces se representa un episodio tan compleja y doloroso. La directora tampoco cae en el juicio moral ni en la necesidad de imponer una lectura evidente sobre lo ocurrido. Por el contrario, aborda sus consecuencias con madurez, delicadeza y ternura, respetando las contradicciones emocionales de sus personajes.

En ese sentido, la película me recuerda a Cómo tener sexo, de la británica Molly Manning Walker, ganadora del premio Un Certain Regard en el Festival de Cannes. Ambas comparten inquietudes temáticas y narrativas: en las dos, la violencia sexual emerge en el contexto de una fiesta que, en principio, debería ser un espacio seguro de encuentro y diversión. Ninguna de las dos películas juzga a sus protagonista, más bien, ambas ofrecen una mirada empática sobre sucesos traumáticos durante la adolescencia.

Las diferencias, sin embargo, son interesantes. Mientras Cómo tener sexo presenta una puesta en escena más estilizada, Chicas tristes apuesta por un tono contemplativo, naturalista y poético para explorar la sororidad y las dificultades que enfrentan las adolescentes en su relación con el sexo, el deseo y los otros. Fernanda Tovar observa con delicadeza y precisión las complejidades que emergen de esta experiencia, sin apresurarse a ofrecer respuestas fáciles ni reducir a sus personajes a una única reacción frente al trauma.

Uno de los grandes aciertos de la película está en el trabajo de la directora de fotografía, Rosa Hadit, quien construye imágenes de una belleza casi sensorial. Las tomas subacuáticas, el ritmo contemplativo y la sincronización del sonido generan momentos de profunda intensidad emocional, en los que el espacio acuático se convierte en una posibilidad de escape frente al dolor que las protagonistas experimentan internamente. La fotografía consigue detener el tiempo y capturar esa sensación de refugio, utilizando el agua como un espacio simbólico de liberación y catarsis. En este aspecto, encuentro una conexión visual con La cronología del agua, la ópera prima de Kristen Stewart, especialmente en la manera en que el cuerpo y el agua se convierten en vehículos para expresar aquello que resulta difícil verbalizar.

La película también destaca por su capacidad para esquivar los lugares comunes, las obviedades y los clichés que suelen acompañar a este tipo de relatos. Tovar no necesita subrayar constantemente su discurso ni convertir cada escena en una declaración explícita sobre el patriarcado. Este se manifiesta de manera mucho más orgánica: está presente en la ciudad, en los camarines, en las relaciones con las figuras de autoridad y en las dinámicas cotidianas que rodean a las protagonistas. La violencia estructural no aparece como un elemento aislado, sino como una presencia que traspasa sus vidas y condiciona sus posibilidades de actuar, hablar y comprender lo sucedido. A ello se suma la precisión con la que Tovar retrata la identidad mexicana, haciendo de Ciudad de México y de su cultura algo más que un simple telón de fondo. La ciudad se convierte en un personaje más de la historia.

Sin embargo, el verdadero núcleo emocional de Chicas tristes reside en la amistad entre sus dos protagonistas. Las actuaciones destacan por la potente química que construyen, capaz de transmitir sus conflictos, su ternura y esa complicidad cotidiana que sostiene la relación. A pesar de sus distintas maneras de procesar lo ocurrido, ambas permanecen presentes la una para la otra, acompañándose en un proceso marcado por la vergüenza, el miedo, la culpa y la injusticia. Juntas descubren aspectos de su sexualidad, aprenden sobre la vida y encuentran en la escucha mutua una forma de resistencia frente a un mundo que muchas veces no sabe cómo acogerlas.

La película comprende, además, que no todas las personas enfrentan el trauma de la misma manera. Mientras una de ellas busca actuar y hacer algo frente a lo ocurrido, la otra opta por guardar silencio. Esa diferencia introduce una tensión latente en su vínculo, pero también permite que la película explore las contradicciones de una amistad puesta a prueba por una vivencia desgarradora que ninguna de las dos sabe del todo cómo afrontar

Tovar entiende que acompañar a alguien no significa necesariamente compartir sus decisiones, sino aprender a escuchar, respetar sus tiempos y permanecer presente incluso cuando aparecen el miedo y la incertidumbre.

Chicas tristes es, en definitiva, una película honesta y sensible, que encuentra similitudes en Water Lilies, de Céline Sciamma, por su manera de explorar la adolescencia femenina, el despertar sexual y las complejidades de los vínculos entre mujeres. Fernanda Tovar construye un relato que rehúye del efectismo y apuesta por la sutileza, la observación y la belleza cinematográfica para abordar una experiencia dolorosa. Su mirada no pretende simplificar las heridas ni ofrecer soluciones mágicas, sino encontrar en la amistad y la sororidad una posibilidad de acompañamiento y sanación. En un mundo construido bajo estructuras patriarcales, la película nos recuerda que ser una mujer adolescente es mucho más complejo de lo que aparenta y que, en medio de la violencia y la incertidumbre, contar con alguien que nos escuche puede marcar una diferencia fundamental.

Ficha técnica  

Título: Chicas tristes

Dirección: Fernanda Tovar 

Guion: Fernanda Tovar

Elenco: Roció Guzmán, Daraná Alvarez, Tatsumi Milori

Fotografía: Rosa Hadit

Duración: 90 minutos

País: México

FICVALDIVIA

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