Por Pedro Pablo Velarde
Hay algo profundamente perturbador en Comienzo de David Eldridge. No porque cuente una historia extraordinaria, sino porque se atreve a poner en escena aquello que la mayoría intenta ocultar. En una época donde cada comida, viaje, logro o relación parece necesitar la validación pública de una fotografía, la obra nos recuerda una verdad incómoda: la soledad no desaparece porque se publique una imagen feliz en redes sociales. Solo se vuelve menos visible.
Vivimos en una sociedad obsesionada con la exposición. Nunca habíamos estado tan conectados y, paradójicamente, nunca había sido tan necesario hablar de la soledad. La noche, el despertar de un domingo, el regreso a un departamento vacío después de una reunión con amigos o la rutina cotidiana siguen siendo espacios donde aflora esa sensación en toda su intensidad. Las redes sociales permiten construir una narrativa de plenitud; la soledad, en cambio, continúa desarrollándose fuera de cuadro.
Ese es precisamente el terreno donde transcurre Comienzo. La acción ocurre en tiempo real, inmediatamente después de una fiesta de inauguración del departamento de Laura, la protagonista. Cuando los invitados se marchan, quedan solos Laura y Danny. Lo que podría parecer un simple encuentro romántico se transforma en una conversación brutalmente honesta sobre el miedo, el deseo, el rechazo, la edad, las expectativas sociales y la necesidad humana de sentirse acompañado.
Laura, una profesional exitosa de 38 años, enfrenta la presión de un tiempo biológico que avanza más rápido de lo que ella quisiera. Danny, divorciado y cargado de inseguridades, habita en la vereda opuesta de la confianza. Ambos representan formas distintas de experimentar la soledad contemporánea. Ella la enfrenta desde la urgencia. Él desde la resignación. Ella busca actuar. Él busca protegerse. Sin embargo, la obra demuestra que detrás de esas diferencias existe una vulnerabilidad compartida.
La puesta en escena adquiere una dimensión especialmente interesante al observar el contraste entre ambos personajes. Laura parece moverse desde una lógica pragmática, orientada a objetivos y decisiones concretas. Danny, en cambio, transita por un territorio mucho más incierto, dominado por la duda y la introspección. Esa tensión genera un diálogo permanente donde el espectador comprende que la condición humana no se encuentra en los extremos, sino en todos los matices intermedios que existen entre ellos.
La crisis de natalidad que vive Chile aparece como un eco inevitable de las preguntas que plantea la obra. Con una tasa de fecundidad histórica de menos de un hijo por mujer, la sociedad parece debatirse entre el deseo de autonomía, las dificultades económicas y la creciente complejidad de construir vínculos estables. Comienzo no entrega respuestas ni levanta juicios morales, pero sí instala preguntas relevantes: ¿Cuántas decisiones sobre maternidad y paternidad nacen realmente del deseo de formar una familia? ¿Cuántas responden al temor de quedarse solos? ¿Hasta qué punto la búsqueda de hijos puede transformarse en una estrategia para llenar vacíos emocionales que pertenecen a otro ámbito de la existencia?
La dramaturgia de Eldridge acierta porque evita los discursos. Todo emerge desde conversaciones aparentemente simples, cargadas de humor, ironía y una enorme compasión por sus personajes. Nadie es ridiculizado. Nadie es presentado como vencedor. Ambos son seres humanos intentando encontrar un lugar en un mundo donde relacionarse resulta cada vez más difícil.
Las actuaciones sostienen con gran solidez esa propuesta. Josefina Fiebelkorn construye una Laura llena de contradicciones, combinando ironía, inteligencia y fragilidad emocional. Destaca especialmente su capacidad para permitir que el dolor aparezca sin abandonar nunca el humor, como si la risa fuera también un mecanismo de supervivencia. Su interpretación evita los lugares comunes y muestra con sensibilidad las capas más profundas de una mujer que intenta mantener el control mientras enfrenta temores que ya no pueden ser postergados.
Por su parte, Julián Marras entrega una composición notablemente contenida. Su Danny transmite incomodidad, vulnerabilidad y honestidad con una naturalidad poco frecuente. Gran parte de su trabajo parece desarrollarse en los silencios, en aquello que piensa pero no se atreve a decir. Logra que el espectador escuche ese pensamiento hablado que permanentemente lucha contra sí mismo, haciendo visible una fragilidad masculina que pocas veces aparece representada con tanta sinceridad.
La dirección de Pablo Halpern comprende que el texto necesita espacio para respirar. No intenta acelerar las conversaciones ni intervenir en exceso. Confía en las palabras y, sobre todo, en los silencios.
La escenografía merece una mención especial. El departamento de Laura se transforma sutilmente durante la noche. A través de pequeños movimientos y ajustes asociados al término de la fiesta, el espacio evoluciona desde el desorden hacia el orden, desde el caos hacia la calma. No existe una transformación espectacular, pero precisamente ahí reside su valor. A medida que desaparecen los vestigios de la celebración, también desaparecen las máscaras sociales. Lo que queda es la intimidad. Una metáfora elegante de cómo, al terminar el ruido exterior, las personas finalmente quedan frente a sí mismas.
La música acompaña adecuadamente el relato, aportando atmósfera y sensibilidad. Sin embargo, surge una reflexión interesante respecto de su utilización. En algunos momentos, los extensos silencios podrían haberse visto enriquecidos por breves intervenciones musicales. No porque el silencio carezca de sentido dramático, sino porque la obra reflexiona precisamente sobre la soledad contemporánea. Hoy el silencio es casi un lujo reservado para quienes poseen un mundo interior capaz de habitarlo. La mayoría intenta llenarlo constantemente con música, pantallas, publicaciones, mensajes y estímulos permanentes. Incorporar ocasionalmente esa tensión entre silencio e hiperconectividad podría haber añadido una capa adicional de lectura sobre la forma en que enfrentamos la soledad en el siglo XXI.
Finalmente, Comienzo es una obra que habla de amor, pero no necesariamente del amor romántico. Habla de algo anterior: la necesidad de ser vistos, comprendidos y aceptados. Su gran mérito consiste en mostrar que la verdadera intimidad comienza cuando se derrumban las versiones idealizadas de nosotros mismos. En tiempos donde todos parecen exhibir felicidad, éxito y plenitud, Eldridge nos recuerda que detrás de cada fotografía perfectamente encuadrada existe una persona tratando de responder las mismas preguntas que Laura y Danny formulan durante esa larga noche: quién soy, qué necesito y si todavía es posible encontrar a otro ser humano dispuesto a quedarse cuando termina la fiesta.
Más que una obra sobre encontrar pareja, Comienzo es una obra sobre atreverse a reconocer la propia soledad. Y quizás esa sea la conversación más urgente de nuestro tiempo.
Ficha técnica
Título: Comienzo
Dramaturgia: David Eldridge
Dirección: Pablo Halpern
Elenco: Josefina Fiebelkorn y Julián Marras
Diseño integral: César Erazo
Maquillaje y peinados: Margarita Nilo
Fotografías: Daniel Corvillón
Coordenadas
Temporada: 23 de octubre al 29 de noviembre de 2026
Funciones: jueves, viernes y sábado a las 19:30 horas; domingos a las 18:00 horas
Lugar: Centro para las Artes Zoco, Av. La Dehesa 1500, Lo Barnechea.
Entradas: disponibles a través de PuntoTicket.
Valores: $25.000 entrada general y $11.500 menores de 30 años, más cargo por servicio.
Estacionamiento liberado.
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