Por Juan Marín
Los árboles de Ginkgo biloba pueden vivir más de mil años, y algunos ejemplares han superado incluso los dos mil quinientos o tres mil. Diversos estudios científicos han demostrado que esta especie presenta una extraordinaria resistencia al envejecimiento, sin manifestar los mismos procesos de senescencia que afectan a otros seres vivos. A lo largo de los siglos, produce de manera constante sustancias protectoras, como antioxidantes, hormonas asociadas a la resistencia y compuestos antimicrobianos que le permiten defenderse de hongos, plagas y enfermedades. Considerado un auténtico “fósil viviente”, el ginkgo habita la Tierra desde hace más de 200 millones de años. Es precisamente esta extraordinaria relación con el tiempo y la persistencia de la vida lo que la cineasta húngara Ildikó Enyedi recoge en Silent Friend, una película que conecta la existencia de esta especie de árbol con las distintas experiencias de la humanidad que van transcurriendo a su alrededor.
La relación entre el ser humano y la naturaleza ya había sido explorada anteriormente por Enyedi en On Body and Soul (2017), donde la conexión entre dos personas encontraba una mediación en el mundo animal, particularmente a través de dos ciervos que habitaban un mismo espacio onírico. Sin embargo, mientras en aquella película el vínculo se construía desde lo inconsciente y el sueño, en Silent Friend la conexión adquiere una dimensión mucho más física y tangible. Ambas obras comparten una preocupación por la necesidad de reconectar con la naturaleza y ampliar nuestra conciencia hacia otras formas de vida, proponiendo una mirada multiespecie que dialoga con el pensamiento científico contemporáneo. Con On Body and Soul, la directora obtuvo una nominación al Oscar a mejor película internacional, reconocimiento que finalmente quedó en manos de Una mujer fantástica. Ahora, con Silent Friend, Enyedi vuelve a representar a Hungría en la carrera por los premios Oscars, después de obtener el premio FIPRESCI en el Festival de Venecia de 2025.
La película explora la relación entre los seres humanos y el mundo natural a lo largo de más de un siglo. Su historia se construye desde la perspectiva de un Ginkgo biloba ubicado en el jardín botánico de la Universidad de Marburgo, en Alemania. Su presencia silenciosa atraviesa distintas generaciones y transforma la vida de quienes, de una u otra manera, entran en contacto con él. Se trata de una narración coral cuyo verdadero hilo conductor es el árbol, convertido en testigo de las transformaciones individuales y colectivas que ocurren a su alrededor.
La obra se estructura como un tríptico narrativo que entrelaza tres épocas (1908, 1972 y 2020), abarcando más de cien años de historia. En cada período conocemos a personajes que viven momentos de soledad, búsqueda personal y de cambios. A través de estas tres experiencias, Enyedi reflexiona sobre la necesidad humana de unión, empatía y comunicación, al mismo tiempo que cuestiona nuestra tradicional mirada antropocéntrica del mundo. El árbol deja de ser un simple elemento del paisaje para convertirse en el verdadero protagonista: un observador en silencio y paciente cuya existencia trasciende las generaciones y funciona como una memoria viva del paso del tiempo y de la experiencia humana.
Esta estructura temporal también se expresa mediante las decisiones de dirección de fotografía, que otorgan a cada historia una identidad visual propia. El segmento ambientado en 1908 está filmado en un blanco y negro nítido y elegante, que remite a los primeros registros cinematográficos. La historia de 1972, en cambio, presenta una fotografía cálida y saturada, rodada en 16 mm para acentuar su textura analógica y su carácter de época. Finalmente, el episodio situado en 2020, en plena pandemia, adopta una paleta más limpia, fría y desaturada, con una fuerte presencia de azules, grises y tonalidades invernales. Esta progresión cromática permite situar temporalmente al espectador y distinguir las distintas narraciones sin que sus transiciones resulten abruptas. Cada universo visual responde a una sensibilidad particular y, al mismo tiempo, construye una continuidad estética que mantiene unidas las tres historias.
Uno de los aspectos más interesantes de Silent Friend es que no intenta humanizar al árbol mediante recursos fantásticos o antropomórficos. Por el contrario, la reflexión de Ildikó Enyedi consiste en mostrar cómo las plantas y los seres humanos compartimos procesos vitales esenciales, aunque estos transcurran en escalas temporales y formas de percepción radicalmente distintas. La película establece así un contraste entre la experiencia humana y la vegetal frente al paso del tiempo. Mientras los seres humanos vivimos de manera acelerada, interpretando nuestra existencia a través de acontecimientos, experiencias, traumas y cambios generacionales, las plantas parecen habitar una temporalidad completamente diferente.
Las plantas también se comunican, se reproducen, se mueven y responden a los estímulos de su entorno. El crecimiento de una raíz, la apertura de un estoma o la búsqueda de luz constituyen formas de movimiento y adaptación que escapan a nuestra percepción cotidiana. La película nos invita a comprender que estar vivo significa permanecer en constante transformación, aunque esta ocurra bajo la corteza, en las raíces o a una velocidad imperceptible para nuestro ritmo apresurado. La comunicación vegetal desafía, además, nuestra definición tradicional del lenguaje, habitualmente asociada a la palabra, el sonido articulado o la gestualidad física. Simplemente habla un idioma químico al que los seres humanos hemos sido, durante mucho tiempo, incapaces de escuchar. Su silencio no representa vacío ni pasividad, sino una presencia atenta y acumulativa que registra, responde e interactúa con todo lo que sucede a su alrededor.
Silent Friend es, en muchos sentidos, lo más cercano que se puede estar de una experiencia de meditación a través del cine. Es un poema naturalista construido por una cierta magia, pero alejado de cualquier aproximación esotérica, su fascinación nace, precisamente, de la observación científica y de la posibilidad de descubrir lo extraordinario en aquello que habitualmente consideramos usual. Las tres historias están vinculadas, de distintas maneras, con la investigación y el conocimiento científico: desde una de las primeras mujeres admitidas para estudiar Biología, que explora los patrones del universo a través de la macrofotografía botánica, hasta un neurocientífico originario de Hong Kong que investiga la mente infantil y termina desarrollando métodos innovadores para medir e interactuar con la actividad del árbol.
Enyedi encuentra en la ciencia una forma de asombro. La observación minuciosa de las plantas en el laboratorio, la búsqueda de patrones y la experimentación se convierten en herramientas para aproximarse a una naturaleza que todavía guarda numerosos misterios. La película plantea que las plantas no son objetos pasivos, sino organismos capaces de percibir, responder e interactuar con su entorno. De esta manera, rescata la belleza, la ingenuidad y la audacia de la investigación científica, recordándonos que el conocimiento también puede surgir de la contemplación, la paciencia y la capacidad de maravillarnos ante el mundo natural.
Su propuesta contemplativa puede remitir, en ciertos momentos, al cine de Terrence Malick, particularmente a El árbol de la vida, pero encuentra una conexión aún más profunda con el universo cinematográfico del maestro tailandés Apichatpong Weerasethakul. En su cine, el ser humano deja de ocupar el centro absoluto del universo: las plantas, los animales, los fantasmas y los espíritus del bosque poseen una presencia y una legitimidad que desbordan nuestra concepción antropocéntrica de la realidad. Algo similar ocurre en Silent Friend, donde la naturaleza no funciona como un simple escenario de las experiencias humanas, sino como una forma de existencia autónoma que nos obliga a reconsiderar nuestro lugar en el mundo.
Silent Friend es una película bellísima, de una sensibilidad poco habitual, que encuentra en la aparente inmovilidad de un árbol una profunda reflexión sobre la existencia, la memoria, el tiempo y nuestras formas de relacionarnos con otras especies. Ildikó Enyedi demuestra una vez más su extraordinaria capacidad para narrar historias desde una sensibilidad hechizante, construyendo un cine que invita a detenerse, observar y escuchar aquello que normalmente permanece fuera de nuestro campo de percepción. Una de las grandes películas del año, y una experiencia cinematográfica que permanece en la memoria.
Ficha técnica:
Nombre: Silent friend
Dirección: Ildikó Enyedi
Guion: Ildikó Enyedi
Reparto: Tony Leung, Luna Wedler, Léa Seydoux, Enzo Brumm, Sylvester Groth.
País: Hungría
SANFIC 22
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