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jueves, mayo 13, 2021

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Columna de opinión ¿Quieren teatro?: una conversación entre Tim Robbins y Guillermo Calderón

 

Por Valentina Gilabert

Los teatros están cerrados. Incluso hoy, en pleno mes de festivales en Chile, los teatros están cerrados. ¿Por qué? ¿Cuál es el valor de la cultura hoy? ¿Cómo hará el teatro para sobrevivir? Es innegable que, desde un tiempo a esta parte, el panorama para las artes escénicas ha sido bastante complejo. Sin políticas públicas que respalden a los artistas para seguir creando y al alero de un contexto que los obliga a probar nuevos formatos que se alejan mucho de la conexión con el espacio físico típico de la disciplina. Una amputación de la experiencia colectiva presencial de quienes trabajan durante semanas y meses delante y detrás de escena. Actores, directores, diseñadores, iluminadores, dramaturgos, técnicos, tramoyas, maquilladores, todos parte de un equipo multifacético que no solo desarrolla su arte en ese espacio sino que también lo ocupa para conectar con el público. Ninguna función es igual a la otra y, en cada una de ellas, el público se hace parte. Es el último eslabón de la cadena de interpretaciones y significados que tiene una obra, quien escribe realmente su versión final. Por eso no es lo mismo -viéndolo del lado del equipo que monta una obra- presentarse frente a una pantalla o hacerlo en una sala vacía o con capacidad mínima, porque bajo las limitaciones de la actualidad, siempre algo va a faltar.

“Este teatro tan vacío me da miedo”, dice Olga Knipper, viuda de Antón Chéjov en Neva de Guillermo Calderón. Y es que, en ese entonces, en 1905, cuando está ambientada la obra, y 2006, cuando ocurría su estreno en Santiago de Chile, parecía imposible imaginar los teatros vacíos. ¿Por qué el público no se presenta? ¿Se aburrieron de ver obras? ¿Se cansaron de tanta palabrería? ¿O acaso los mató la revolución? Son preguntas que surgen al leer la ópera prima de Calderón. ¿Estaba realmente en manos de la gente abandonar el teatro a su suerte? No es que Chile sea un país donde se llenen los teatros – menos cuando la cultura no es considerada un Derecho Humano-, sin embargo, al menos estaban abiertos y expectantes ante la posibilidad de ser repletados. Hoy el motivo parece lejos de la posibilidad de elección del público o del teatro mismo, porque ante una emergencia sanitaria no hay salida fácil ni inmediata, no es algo de lo que se pueda escapar. Entonces surge la necesidad de enfrentar la crisis, como sea que esto ocurra.

Hace catorce años, Guillermo Calderón, estrenaba Neva, su primera obra, y parece que no ha pasado tiempo. El montaje que habla del teatro, la actuación y sus limitaciones parece más actual que nunca. “¿Quieren hacer una obra de teatro?”, aparece la pregunta que hoy se repite. La necesidad de volver es grande, pero sin duda hay que tomarla con más calma. Al menos eso es lo que plantean Guillermo Calderón y Tim Robbins en el conversatorio del que fueron parte el pasado 21 de enero gracias a Lab. Escénico de la Fundación Teatro a Mil. El director y dramaturgo chileno conversó con Tim Robbins, el reconocido actor y director estadounidense, fundador de la compañía teatral The Actors’ Gang, en lo que fue un espacio perfecto para bajar la ansiedad de la pandemia.

Hablan de sus trabajos, de lo importante que fue el estallido social para que el teatro saliera a las calles, de lo poderoso que puede ser un millón de personas si se juntan y protestan bajo la misma causa. Hablan de Las Tesis como voces de protesta y solidaridad. De la revolución del arte y por el arte. Hablan con un tono que inspira porque, a pesar de lo negro que pueda verse el panorama, han logrado ver más allá, incluso del formato. Porque si bien es el cambio más notorio, la diferencia entre el formato del teatro virtual y sobre las tablas, no es lo que más importa. “No es solamente encontrar un nuevo medio y método sino que comprometerse con algo mayor e histórico”, dice Guillermo Calderón, para quien el compromiso social y político de una obra está por sobre sus ambiciones artísticas, por lo que para él el formato es solo eso, un medio, una forma de decir lo que se quiere decir. Lo importante es decirlo. Y esa es una posibilidad que se abrió para el teatro luego del estallido social y ahora con la pandemia. La comunidad del arte salió a la calle, se la tomó y hoy, a pesar del encierro, se sigue entendiendo en ella. “La cultura es memoria”, dice Calderón en un momento, y es hermoso escucharlo. Pensar que hoy se está forjando la memoria. Que, por cada obra, performance, presentación musical, la memoria está presente. En cada dibujo, en cada palabra. “La cultura es historia”, agrega luego, y con ello un silencio. La cultura es historia, la historia es memoria.

Por eso es importante que se siga creando, incluso, que se siga anhelando volver a la calle, a las tablas. “El desafío real es enfrentar el teatro sin miedo” dice Tim Robbins pensando en la importancia y la urgencia de volver, pero mirando el teatro desde otro lugar y a la luz de lo que estamos viviendo hoy, desde este presente único que hay que aprender a comprender. “Aprender a cómo vivir con alegría con los pies mojados. Tenemos que aceptar que esto es una inundación. No podemos seguir intentando parar una realidad que ya está allí”, asegura Robbins cuando ya no queda mucho de conversación, y lo hace desde un entusiasmo que, a momentos, agota pero que parece necesario. Como un faro capaz de proyectar la luz que permitirá, a quienes se sientan más perdidos, encontrar su camino.

“¿Quieren teatro?”, pregunta Masha, uno de los tres personajes de la obra de Calderón, ante la frustración de estar ensayando para una obra cuando ocurre el Domingo Sangriento en San Petersburgo a comienzos del siglo XX. Lo dice como si en el teatro no fuera posible ese espacio de encuentro, de lucha, un espacio de memoria. “¿Quieren hacer algo que sea de verdad? Salgan a la calle y vean la fuerza simple de la violencia política”, les dice a Olga y Aleko en un monólogo que estremece, pero en algo se equivoca Masha. En el teatro, dentro de esas cuatro paredes, también surge una experiencia colectiva y política, y hoy más que nunca. Porque a pesar de la distancia de las tablas, se ha empapado de la calle, pasando de lo interno a lo externo, y en ese contexto ha encontrado nuevas posibilidades de crear.

 

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