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jueves, mayo 13, 2021

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Crítica de Cine “Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin”: Paisajes del alma

 

Por Esteban Andaur

A Bruce Chatwin, el famoso viajero y escritor inglés que falleció en 1989 y de quien era amigo el cineasta alemán Werner Herzog, lo vemos en una fotografía en blanco y negro. La imagen monocroma, la primera del filme, acentúa el paso del tiempo, como sucede con toda foto en blanco y negro sacada en cualquier época. En algunos casos, el tiempo hace que las pérdidas se sientan más que antes. Pensé en Herzog y empaticé con su pesar por la ausencia de su amigo. Debo decir que la cara de Chatwin me recordó la de Klaus Kinski, el actor más notorio con quien trabajó el director: las facciones caucásicas y severas, la quijada que retiene una pregunta, ojos grandes. La mirada es igual de aguda, aunque de una serenidad fascinante, lo que no se puede decir de Kinski. ¿Eran Chatwin y Kinski similares en espíritu? Me pregunté. ¿Por qué Herzog se inclina por estas caras? ¿Qué misterio encierran estas fisonomías?

Chatwin era similar en espíritu a Herzog, según afirma este último en su voz en off, y quien en esta película recorrerá los diversos parajes del planeta que visitó su amigo y que informaron su literatura. En palabras del cineasta, irá “a la caza de personajes salvajes, extraños soñadores y grandes ideas sobre la naturaleza de la existencia humana”. La cita resume bien este documental, Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin (2019), uno de los trabajos más recientes de Werner Herzog, y es aplicable a toda su filmografía. ¿Quién sabe? Tal vez se encuentre con un Lope de Aguirre del siglo XXI en nuestro lado de la Patagonia (sí, Chile aparece en Nomad).

Siguiendo las huellas del viajero, llega a Magallanes, donde nos cuenta, con esa parsimonia icónica reminiscente de Patricio Guzmán, que a fines del siglo XIX el pueblo selk’nam fue casi exterminado por conquistadores y que unos cuantos de ellos fueron enviados a Europa a ser exhibidos en zoológicos humanos (el desolador documental de Hans Mülchi Calafate, zoológicos humanos [2010] ofrece una investigación más exhaustiva al respecto). Se pregunta si los conquistadores habrán hecho un buen trabajo en convertir a los indígenas al cristianismo; inferimos una respuesta elocuente mientras vemos fotogramas de animitas en la esquina de una calle cubierta de nieve. Guzmán podría responderle con el registro de los estoicos kawésqar de El botón de nácar (2015).

Y visita la Cueva del Milodón, animal prehistórico del cual Chatwin escribió en su libro En la Patagonia. La conexión entre la cueva y el escritor es insospechada y, asimismo, lo son todas las conexiones entre su obra y sus viajes. Los directores de fotografía Louis Caulfield y Mike Paterson nos asombran con sus cuadros trashumantes, yendo del detalle de la piel milenaria del milodón a vastos paisajes australianos, que parecen accidentes artísticos de la naturaleza.

Entre el literato y el realizador, por supuesto, no había muchas diferencias. Ambos eran hombres temerarios que se abandonaban al peligro. Todo era de vida o muerte para ellos… y, como es sabido, para Klaus Kinski.

Durante el arduo rodaje de Cobra Verde (1987), adaptación de la novela de Chatwin El virrey de Ouidah, Herzog invitó al autor al set cuando el sida aún le permitía desplazarse con cierta facilidad. En un punto de Nomad, Herzog medita en voz alta acerca de cómo habría envejecido Chatwin de haber vivido. La conclusión es… como Kinski. Sí, el parecido es evidente, incluso desconcertante. Naturalmente, Kinski protagonizó Cobra Verde; eran amigos y musas. (Esta sería la última de cinco colaboraciones entre el cineasta y el actor, fallecido en 1991, amistad de la que también haría un documental, My Best Fiend [1999].)

Escuchamos la voz de Bruce en grabaciones que dejó de lecturas de sus propios escritos. Vemos escenas de los filmes de Werner. ¿El nómada del título es uno de ellos o son ambos? ¿Hay aquí una diferencia entre realidad y ficción? ¿Dónde empieza y termina lo autobiográfico? Durante el metraje, Herzog reitera, aunque nunca de una manera explícita, que el arte de uno inspiró el arte del otro. Lo internalizamos mediante gestos sutiles como la división de Nomad en capítulos, al igual que un libro. Y hay otro elemento que nos permite entender esta curiosa mímesis.

Antes de morir, Chatwin le regaló su mochila de viajes a su amigo, quien desde entonces la ha llevado consigo a todas partes. Pasada la mitad de la película, con la mochila en sus manos, Herzog asevera e insiste en que la mochila es, en efecto, la protagonista de Nomad. El primer pensamiento que tuve fue que estaba forzando la poesía del filme, en vez de encontrarla por casualidad durante el viaje, en sí una gran figura retórica.

Sin embargo, el torrente de palabras, tanto leídas como emitidas en la espontaneidad de una conversación, elaboran un retrato cada vez más complejo del escritor y, por ende, de su vínculo con Herzog, y logramos aceptar estos elementos poéticos que en otro lugar serían rebuscados.

Así, el periplo del director trasciende lo turístico y se convierte en una especie de ritual cinematográfico, donde intenta traer al escritor de vuelta al mundo terrenal a través de su propio cuerpo, como una reencarnación. Además de lírico, el resultado es psicológico. Estos paisajes del alma (como el título de uno de los capítulos) sugieren con mucha fuerza verdades personales y cósmicas. Este libro permanecerá abierto

Título: Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin

Dirección y Guion: Werner Herzog

Producción: Werner Herzog y Lucki Stipetić

Narración: Werner Herzog

Dirección de fotografía: Louis Caulfield y Mike Paterson

Montaje: Marco Capalbo

Duración: 85 minutos

Compañía productora: BBC Scotland, BBC Studios, BBC 2

 Año: 2019 

País de origen: Reino Unido

Fecha de estreno: 2021

Plataforma: Red de Salas de Cine

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