Crítica de cine “La historia del sonido”: El sonido de una vida

Por Florencia Ponce Allende

Cuando pensamos en una película, en cuyo título encontramos el sonido como argumento esencial, rápidamente asumimos que tendrá un ritmo rápido y ruidoso. Sin embargo, lo que nos propone Oliver Hermanus en La historia del sonido, es completamente distinto, llevándonos en un viaje suave y profundo hacia una historia casi susurrada que se va tejiendo en la pantalla de forma delicada y sobrecogedora.

La historia se centra en Lionel (Paul Mescal), un joven músico proveniente del campo estadounidense, que en 1917 asiste al Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, donde conoce a David (Josh O’Connor) otro estudiante con quien entabla una profunda relación tejida a partir de la pasión por la música que ambos comparten. Más tarde, David luego de terminar sus deberes ligados a la primera guerra mundial, invita repentinamente a Lionel a acompañarlo en un viaje a la zona rural de Maine, para recolectar baladas populares.

Es a partir de esta premisa que Hermanus, construye un mundo profundamente sensible, con una estética naturalista, que, a través de sus colores fríos y terrosos, nos llena de melancolía durante todo el visionado. Invocando constantemente a nuestros sentidos y sentimientos con montajes que nos invitan a introducirnos en el mundo interno de los personajes, específicamente el de Lionel. Un ejemplo de esto lo podemos ver claramente en la escena introductoria del film. En ésta se nos revela que Lionel tiene sinestesia sonora y una especie de oído absoluto, explicando que reconoce los sonidos de la naturaleza y de la vida cotidiana, otorgando sensaciones, colores e incluso sabores, a las notas específicas que oye. Todo con un montaje de imágenes conocidas, como los rayos del sol, agua fluyendo y árboles moviéndose al son del viento, que nos permiten, como espectadores, compartir estas sensaciones. Creando así, una experiencia cinematográfica, arrolladora, que nos permite entablar una relación íntima con la historia que se despliega frente a nosotros.

El centro del drama narrativo se constituye a partir de la relación entre Lionel y David, la cual, más allá de una relación amorosa, llama la atención por la forma en la que se genera esta conexión. Y es que, como mencione antes, esta se genera de forma inmediata, a través de la música. Una canción los une, y los pone en una sintonía que no se desvanecerá en toda la historia, incluso luego de los movimientos de la vida que los irán alejando a lo largo del largometraje. Esta conexión no es casualidad y tiene un sentido muy profundo siguiendo la narrativa. Esto, debido a la condición de Lionel y su sinestesia, podemos entender que la música y los sonidos en general suponen su apertura al mundo, son el punto de partida desde el cual puede experimentar la vida. Lo cual genera que su relación con David sea increíblemente profunda y significativa, ya que, todo el momento en el cual se conocen, se construye a partir del intercambio de canciones, no de una conversación típica. Y es en ese intercambio que podemos presenciar cómo las cosas se ponen en orden y comienza a gestarse un amor arrollador.

El ritmo de esta historia se teje con lentitud y a momentos puede parecer increíblemente silenciosa, casi muda. Carente de diálogos potentes y largos, puede parecer para algunos espectadores un poco sin sabor, acompañado de la sutil fotografía construida. Sin embargo, esta historia se basa en aquello que se oculta, aquello que no se dice. Se basa en los gestos, en las sensaciones que va construyendo. En la falta de palabras para describir lo que se siente, aquellos dolores tan fuertes que son intraducibles en palabras, pero si en canciones, como se explica hacia el final de la historia. Con un bastante mayor Lionel, ahora etnomusicólogo, habla del por qué la música folk es su favorita, y por qué decide perseguirla y recolectar las canciones explicando que esto se debe a que estas constituyen experiencias humanas, emociones puestas en una canción. De eso se trata toda esta historia, darle voz a los sentimientos relegados, a lo no dicho, a lo oculto. Tal como hizo David, dándole a Lionel, en vez de una explicación frente a su decisión, una canción.

Esta película nos guía a varias reflexiones. En primer lugar, el reconocimiento de que el amor, como la música, no se ve, pero se siente, se siente como una vibración interna, una cosquilla. Tal como dice Lionel, cuando intenta explicar el sonido a una familia en su viaje. En segundo lugar el amor y la música, expanden nuestro mundo, desde la sutileza, la suavidad y la sensualidad. Expanden nuestra percepción y nos permiten experimentar el mundo. Y aquello es lo que podemos ver que le sucede a Lionel finalmente, y nos dice algo lleno de significado: “What happens to it all, all the sounds released into the world, never captured? I want all of it. The history of sound.” Y es que su apertura al mundo es inmensa, ama, y degusta el sonido en cada momento de su vida. El sonido en primer lugar fue su apertura a experimentar la vida, pero David significó su apertura a la vida vivida.

Finalmente, hablando de experiencias, la experiencia de esta película, es una que se saborea, se siente en cada minuto e incluso se mantiene presente días después de haberla visto, como una vibración interna. Algo que las palabras no podrían expresar, pero una canción sí.

Ficha técnica

Título original: The History of Sound

Dirección: Oliver Hermanus

Guion: Oliver Hermanus, Ben Shattuck

Distribuidora: Andes Films

Reparto: Paul Mescal, Josh O’Connor

Año: 2025

Duración: 120 min

Estreno en salas: 29 de enero, 2026

 

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