Crítica de cine “La quimera del oro”: Una joya centenaria, humana y atemporal

Por Victoria Bustos Arancibia

La quimera del oro (1925), una obra maestra de Charlie Chaplin, representa uno de los hitos más emblemáticos del cine mudo y del talento del artista. En esta película, Chaplin logra perfeccionar el equilibrio entre humor y patetismo, consolidando a su entrañable personaje del vagabundo Charlot en un símbolo más universal de humanidad y esperanza.

Cuando el director, guionista, productor y actor, estrenó esta película ya llevaba decenas de cortometrajes y dos largometrajes a sus espaldas, y en esa carrera cinematográfica había desarrollado no sólo un personaje icónico sino también una fórmula única: una alquimia de humor visual, emocional y hasta social que con este relato alcanza uno de sus puntos más altos. Cien años después, esta historia concebida como una especie de sátira épica de la fiebre del oro que tomó lugar en la región de Klondike, logra alcanzar una transgeneracionalidad sin igual. Inspirada tanto por imágenes documentales de pioneros en la nieve como por la tragedia de una expedición a tal lugar inhóspito, La quimera del oro nos presenta al buscador solitario, una variación de Charlot, enfrentado a los rigores del invierno, al hambre, la locura y el amor no correspondido.

Desde sus primeras escenas en la imponente Sierra Nevada, la película nos sumerge en un entorno hostil, lejos del habitual escenario urbano donde Chaplin había desarrollado previamente su personaje. La ambientación en Alaska, con sus paisajes helados y peligros naturales, se convierte así en un excelente escenario para que el artista ponga a prueba los límites de su comedia. El cineasta británico, con su característico estilo de narración episódica, combina con maestría gags memorables, con momentos más poéticos y melancólicos. Así, la cinta es un retrato de la dureza y la soledad del individuo frente a un mundo implacable, donde el humor se convierte en un acto de resistencia y supervivencia.

El filme destaca por su carga simbólica y su capacidad de transmitir un abanico de sentimientos sin necesidad de diálogos, confiando en la expresividad física y en la fuerza de las imágenes, sirviendo además como un perfecto punto de partida para descubrir el lenguaje, el arte y el oficio del cine mudo, que conquistó a tantos antes de la sonoridad. La actuación de Chaplin, pulida a lo largo de años, brilla en cada gesto y mirada, logrando que su personaje nos contagie o comunique efectivamente: ternura, tristeza, alegría y nostalgia. Mientras que el resto del reparto, aportan desde su vereda equiparando la caricatura de Charlot o igualándola.

Cada escena funciona de forma autónoma y, a la vez, como parte de un solo viaje del héroe. La visión de la caravana de buscadores de oro, impacta aún hoy como un retrato de la desesperación que llevó a esos hombres a enfrascarse en su cometido, un mundo de adversidades extremas guiado por la sed de éxito, que convierte más brillante y necesaria la introducción del humor. Allí entran secuencias memorables, incluso para aquellos que jamás han tenido la oportunidad de ver la película completa, ejemplos vivos de la inventiva chaplinesca, como el almuerzo de la bota o el baile de los panes y tenedores.

Aquellas imágenes demuestran más que la genialidad del guion, revelan también que en términos de fotografía y producción, La quimera del oro es una lección de puesta en escena. Entre la precisión casi musical de ritmo cómico, planos que se mueven entre lo estático y lo dinámico con intención, y el increíble uso del espacio como parte del relato: todo está cuidado con una maestría silenciosa de la mano de Charles Chaplin, quien hacía cine de autor décadas antes de que se entendiera cualquier producto cinematográfico como tal.

Chaplin y su Charlot, después de pasar por todos los contratiempos detrás de escena de la producción, los percances y errores que se cometieron con la preservación de la visión original del filme, y sus propios obstáculos dentro de la historia, es capaz al final de conectar con las audiencias del hoy y el mañana. Un marginado enfrentado a situaciones humillantes que mantiene la esperanza hasta el último minuto, entregándonos el mayor alivio cuando esa resiliencia que borda entre la ridiculez y el encanto, finalmente se ve galardonada por los mayores premios en la vida que le podemos desear a él y a nosotros. Y aún así, en la conclusión máxima de su monomito, los espectadores son nuevamente sorprendidos por la confirmación de que Charlot debajo de ropajes elegantes sigue siendo él mismo.

En definitiva, se trata de una obra que ha resistido el paso del tiempo, y que sirve como un pilar fundacional de la capacidad del cine para combinar las risas y las lágrimas. Ahora, habiendo pasado por el reestreno de 1942 por su propio autor, con la creación de una banda sonora compuesta especialmente, y las subsecuentes restauraciones de escenas, diálogos, sonido y hasta la calidad de la imagen, llegando a la remasterización en 4K con la que nos encontramos actualmente, se presenta una oportunidad única e imperdible de ver al vagabundo más famoso de la ficción en pantalla grande.

Ficha técnica

Título original: “The Gold Rush”

Dirección: Charles Chaplin

Guion: Charles Chaplin

Fotografía: Roland Totheroh, Jack Wilson

Montaje: Charles Chaplin

Música: Max Terr

Producción: United Artists

Reparto: Charles Chaplin, Mack Swain, Georgia Hale, Tom Murray

País: Estados Unidos

Año: 1925

Duración: 95 minutos.

Género: Tragedia cómica; Aventuras.

Distribución: Cinetopia

Estreno en salas de cine: 7 de agosto de 2025

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