Por Victoria Bustos Arancibia
Sueños de trenes (Train dreams en inglés) se erige como una de las propuestas más delicadas y meditativas del cine reciente. Basada en la novela homónima de Denis Johnson, la película —estrenada mundialmente en el Festival de Cine de Sundance y posteriormente distribuida por Netflix— ha sido recibida con entusiasmo crítico, inadvertida para el público general por su escasa presencia en salas de cine, ahora ha ido ganando notoriedad lenta y seguramente, de boca en boca, por su especial carácter y fuerte paso por la temporada de premios 2026 con destacadas y numerosas nominaciones. Pero más allá de cifras y reconocimientos, la cinta es una experiencia impresionantemente sencilla y espiritual.
El largometraje narra ocho décadas en la vida de Robert Grainier. Huérfano, jornalero, leñador y testigo silencioso del mundo que lo rodea, y por consecuencia, también de la expansión ferroviaria estadounidense del siglo pasado y los cambios que vinieron con ello. Robert encarna al hombre anónimo sobre cuyos hombros se levantó el mito del Oeste, hoy marcado por infinitas carreteras para vehículos personales que conectan y mueven a la población actual. Clint Bentley, su director y coguionista, desplaza el eje temático individual de la novela, hacia una culpa colectiva, e interroga el lugar de las personas más comunes y corrientes en el vasto engranaje del progreso nacional. Entre la violencia racial, la explotación laboral y la continua devastación ambiental, la vida de Robert Grainier es apenas un grano de arena.
Interpretado con sobriedad extraordinaria por Joel Edgerton, el protagonista es símbolo de rutina y de pasividad. Sueños de trenes dialoga con el presente, el pasado y el futuro del mundo real. La historia deja de sentirse como ficción de época para adquirir resonancias actuales, tanto en el ámbito psicológico y emocional, como en los ecos de las acciones que la sociedad, especialmente la estadounidense, ha cometido contra los suyos.
Edgerton ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera. Robert es un hombre de pocas palabras, y el actor logra construir su interioridad a partir de miradas, posturas, respiraciones, y hasta caminatas. Su interpretación encarna una figura a través de la cual nos permite posicionarnos. No es necesario que nos identifiquemos con Robert Grainier, porque la película nos está invitando a entrar en sus zapatos, a procesar con su paciencia y soledad, y a preguntarnos con la curiosidad que lo mueve, pero que también lo paraliza.
También encontramos la narración de voz en off de Will Patton, quien actúa como mediación literaria sin imponerse: no explica, no juzga, simplemente acompaña. En manos menos precisas, su ejercicio podría haber sido redundante, o también el guion podría haberse apoyado en ello más de la cuenta, dejando lo visual sin mayor efecto, sin embargo, se mantiene en el filo del valor agregado.
Uno de los mayores logros del filme reside en su dimensión cinematográfica. El director de fotografía Adolpho Veloso captura los bosques del estado de Washington con ojo distintivamente humano, con luz natural, las sombras entre las que nos acostumbramos a mirar, lo vasto y lo repetitivo del paisaje, y una preferencia por asimilar la altura a la que observamos a nuestros pares.
Bentley filma la naturaleza no como fondo, sino como un actor más del relato. Los árboles talados, un nido en el hueco de un tronco, la maleza que crece de un par de botas clavadas: todo remite a una red invisible de conexiones. “Este mundo tiene un diseño intrincado”, dice en un momento Arn Peeples, interpretado por William H. Macy, y de la misma forma es que está todo perfectamente enlazado en esta producción, su simplicidad es sólo aparente ya que cada departamento brilla con la misma precisión y cariño en pantalla, desde los diálogos, hasta el diseño de arte, sonido y más. Nada está para esconder metáforas, en cambio, los mensajes detrás del tratamiento de esta historia están a plena vista, y se transmiten de manera calmada y sútil.
No obstante, la apuesta poética de Bentley tiene sus límites. En ciertos momentos, la estilización fotográfica y la cadencia contemplativa pueden ser exigentes con la audiencia. Mientras que Robert Grainier puede parecer más una alegoría que un personaje del cual desprender un estudio psicológico profundo. Pero en el gran esquema de su universo, presentar un drama tradicional de época no es el objetivo de su equipo creativo. El resultado demuestra una capacidad hipnótica innegable, necesaria incluso, en especial en una realidad actual de consumo inmediato.
Sueños de trenes trasciende de lo ordinario, aunque tienda a engañar con su primera impresión de lírica vacía. Ya casi al final del metraje se escucha “trata de aferrarte a algo”, cuando Robert, el hombre temeroso que vive calmo entre lo salvaje, decide tomar un riesgo. Es ahí cuando sus recuerdos y visiones llenan el espacio entre el espectador y el protagonista, recompensando la fe, la paciencia y la apertura a absorber su historia, la de una vida que puede parecer insignificante en los registros de la Historia, pero no por ello carece de sentido.
La película es una obra capaz de dejar más de una lectura sobre cómo vivimos y nuestro paso por el mundo, que entre la belleza casi onírica de su planteamiento permite pasar a un plano donde lo cotidiano se puede pensar con debida distancia, como en un sueño.
Ficha técnica
Título original: “Train dreams”
Dirección: Clint Bentley
Guion: Clint Bentley, Greg Kwedar. Basado en la novela de Denis Johnson
Fotografía: Adolpho Veloso
Montaje: Parker Laramie
Música: Bryce Dessner
Producción: Black Bear, Kamala Films
Reparto: Joel Edgerton, Felicity Jones, Nathaniel Arcand, William H. Macy
País: Estados Unidos
Año: 2025
Duración: 102 minutos
Género: Drama; Psicológico
Distribución: Cinecolor
Disponible por streaming en Netflix
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