Crítica de cine “Verano 1993”: El recuerdo definitivo

Por Paula Frederick  

¿Es posible vivir el contemporáneo con la conciencia de estar ya en el pasado? Verano 1993, el primer largometraje de la directora catalana Carla Simón, Premio mejor debut en dirección en la Berlinale 2017, trae consigo la confirmación de esta inquietud. La intuición de ser protagonista de un hilo impalpable, de un salto temporal que no avanza en modo lineal, que se mueve en círculos, porque forma parte de la misma dimensión. Como estar en medio de una situación, un encuentro, una conversación sabiendo que tarde o temprano se volverá recuerdo, que esa conjugación tiempo/espacio tiene fecha de vencimiento, que los segundos se escurrirán hasta desaparecer y nosotros, cuerpos hechos de memoria, seremos los únicos que saldremos vivos.

La propuesta de Carla Simón, que es al mismo tiempo un fragmento de su propia historia, se construye sin subrayar las emociones, con distancia, pero atento al alma de la película, transmitiendo siempre una sensación de familiaridad. Un hecho ya ocurrido, un lugar ya visitado, una infancia ya vivida, una soledad ya sufrida que quizás nunca desapareció por completo. En la España de 1993, Frida (Laia Artigas), una niña de seis años que acaba de perder a su madre (después de perder también al padre, producto de la misma enfermedad), afronta su nueva vida en el campo como hija adoptiva de sus tíos maternos (David Verdaguer e Bruna Cusì). Ahora, ella pertenece a otra familia, no es más hija única, debe reinventarse y, además, cuidar a su pequeña prima de tres años que la sigue a todas partes y se vuelve su sombra. Ha pasado a formar parte de una cotidianeidad ajena que tiene que sentir como propia, de un equilibrio establecido que deberá remover para abrirse camino y encontrar su lugar en el mundo.

Su interacción con el mundo adulto viene siempre desde “afuera”. Escondida detrás del marco de una puerta, un árbol o la ventana de un auto en movimiento, Frida ve su vida dividirse en partes desiguales, observa a los adultos que fragmentan el espacio, desaparecen fuera de campo, se vuelven una imagen desenfocada detrás de una ventana y hablan de enfermedades, tragedias y eventos que ella no logra comprender. Cada vez que da un paso adelante, que atraviesa ese límite, hay un momento de tristeza, pero también de crecimiento, una emoción que se deja fluir, una lágrima que finalmente logra salir.

Mientras los demás meten su vida en cajas, Frida acentúa su mirada nostálgica de una vida ya vivida, trazando un hilo que hace desaparecer el presente y lo vuelve de inmediato pasado, el recuerdo del verano definitivo, como si fuera un tocadiscos pegado en la canción Photographs and memories de Jim Croce. En su dimensión protegida encuentra un modo de intervenir y manipular las cosas que son más pequeñas que ella: muñecas, insectos, un gato, su pequeña y extraordinaria prima con quien reproduce, casi en modo teatral, diálogos, encuentros y dinámicas del mundo adulto. Al menos en ese fragmento de realidad, ella vuelve a ser la reina de su reino desaparecido.

Si la infancia se construye de dos dimensiones opuestas ―el relato ficticio de los cuentos frente al descubrimiento de la realidad― Frida se encuentra de golpe en un rito de transición, quizás prematuro, el final de la fábula, pero sin moraleja y final feliz. En su manera de comportarse hay un cierto sentido de nostalgia prematura, como si supiera que ya es parte de un recuerdo definitivo, de una imagen difusa y también de un momento infinito que un día se transformará en parte de su memoria. Esta nostalgia se percibe, además, en los primeros planos de las telas viejas y arruinadas, en los pedazos de madera abandonados en la bodega, en las muñecas rotas, objetos de consistencia envejecida que transmiten la ilusión de un vencimiento inminente, pero que al mismo tiempo subrayan su inmortalidad.

Si el cine es un acto de nostalgia anticipada, la infancia también lo es. Ese pedazo de historia que destruye y construye, que cambia el estado de nuestra materia y nos vuelve más concretos, que significa presente, pero al mismo tiempo la promesa de un recuerdo.

Dirección: Carla Simón
Año: 2017
Intérpretes: Laia Artigas, David Verdaguer, Bruna Cusì
País: España
Guion: Carla Simón
Duración: 97 minutos
Plataforma:
https://cl.qubit.tv/

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