Crítica de danza “Ya no sé flotar”: Danza de un cuerpo inacabado

Por Romina Burbano Pabst

el tedio colosal

no es del cuerpo:

es de las mañanas quietas,

del silencio profundo,

de lo que no sé nombrar,

es todo aquello que no cabe dentro de mí

El incienso impregna el espacio con un olor fuerte pero acogedor; ligeramente nostálgico. Su aroma suspende el tiempo, lo carga de calma. La luz cálida sostiene una sacralidad silenciosa.

Un velo separa al público de los cuerpos en el escenario, que aparecen primero como sombras y fragmentos, acompañados de un movimiento lento y constante que desdibuja su presencia en un tejido colectivo.

Ya no sé flotar, obra de danza contemporánea de la compañía Alborotada CO, dirigida por Alicia Pizarro, abre una reflexión sobre la depresión, no como un diagnóstico, sino como un fenómeno íntimo y social, una herida común que pide nuevas formas de relacionarnos. La obra explora ese cansancio extremo que rompe con el ritmo cotidiano, en la pérdida de sí que deja al cuerpo suspendido en una automatización caótica. Aquí la depresión no es abstracción; tiene forma, es: presencia, peso, materia. Es un cuerpo que se mueve, se arrastra, se agita, se agota y que, solo en el encuentro con el otro, parece tener un respiro.

Inspirada en libro de Byung-Chul Han La sociedad del cansancio – texto que cuestiona la forma de estar en el mundo y de vivir la vida activa: “la depresión por agotamiento no es el imperativo de pertenecer solo a sí mismo, sino la presión por el rendimiento” (p.29). Ya no sé flotar, propone una coreografía que atraviesa por dicha presión, la autoexigencia y la hiperproductividad que erosionan el cuerpo hasta el agotamiento y la depresión, anulando la posibilidad de detención. El cuerpo inacabado que vemos en escena es un corpóreo obligado a actuar, pero que se extravía, se desconoce, pierde sus contornos, se abstrae bajo el peso de su propia fragmentación. Es un cuerpo que intenta seguir, aun cuando ya no sabe cómo habitarse. Es aquí donde el encuentro con el otro se manifiesta con una ternura inmensurable. Otorga calma y detención, una presencia acogedora que no intenta sobrepasarse, acompaña desde la distancia y su cercanía es cautelosa.

Cuatro cuerpos (Catalina Herrera, Michelle Venegas, Daniela Gonzalez, Valentina del Pino) exponen la violencia del cansancio en un escenario en constante transformación. En un mundo individualizado y consumista aparece este cuerpo inacabado: exhausto, fragmentado, reprimido, obligado a seguir aun cuando ya no puede más. En escena, todo se sostiene en tensión: lo visto y lo oculto, la euforia y el agotamiento, lo íntimo y lo social, la vitalidad y el cansancio. Estas dualidades traspasan la mente, revelan la depresión como una presencia que desgasta, como una fragilidad que insiste en seguir existiendo.

Los cuerpos emergen tras el velo como presencias sin identidad: sombras que apenas respiran y se mueven. Son figuras suspendidas donde cada gesto parece venir desde muy dentro de cada intérprete. La danza comienza lenta, difusa, como si cada cuerpo recordara de a poco cómo habitar su movimiento. Un cuerpo “desnudo” se presenta ante nosotros, comienza a buscar y ponerse capas de ropa que se acumulan sobre sus pieles vulnerables una y otra vez. Así entre capas y capas de ropa surgen formas que rozan lo monstruoso: cuerpos que reptan, que se alargan como insectos gigantes o que se vuelven sombras indescifrables. Es entre tanto ropaje donde se hace presente su vulnerabilidad, el agotamiento se manifiesta como un ser que no busca la belleza ni la perfección sino la apertura al encuentro. Cuando un cuerpo roza a otro, cuando una mirada se alinea con otra, cuando alguien sostiene un hombro, cuando un abrazo breve interrumpe con el desgano; allí sucede algo delicado: dejamos de estar solos frente al “monstruo” del cansancio y, por un momento, la fragilidad se abre hacia el otro con ternura y comprensión.

La obra propone una reflexión que va más allá del diagnóstico: la depresión como consecuencia de una hiperproductividad que exige mucho más de lo que el cuerpo y la mente pueden sostener. Ese “monstruo” de la obra -abstracto y sin forma fija- es la traducción del desgaste: una presencia que deforma el tiempo, desorganiza el movimiento, arrastra al cuerpo hacia dinámicas asincrónicas donde perderse es inmediato. Los elementos escenográficos rescatan esta idea: el velo que separa, la ropa acumulada, las luces oscilantes entre claridad y penumbra. Los elementos son aquí extensiones del propio agotamiento, los objetos irrumpen para intervenir en el cuerpo. Todo ello construye un paisaje coreográfico donde la depresión se expresa y se habita, deja de ser invisible; se vuelve materia, lenguaje físico y visual.

Ya no sé flotar es una obra exigente, densa en capas y significados, profundamente emocional y reflexiva. Invita a un tipo de atención, casi contemplativa, para entregar en su ritmo y dejarse afectar por lo que propone la compañía y su directora. Aún en su crudeza, su esencia indescifrable, su caos ofrece momentos de una humanidad llena de ternura, donde sostener y ser sostenido se vuelven gestos esenciales para el cuidado del otro. Es un viaje honesto hacia la fragilidad humana que deja al espectador con una sensación de haber atravesado sus propias emociones y haberse asomado, por un instante, a la sensibilidad de la otredad.

Ficha Técnica

Título: Ya no sé flotar

País: Chile

Dirección general: Alicia Pizarro Peña

Intérpretes creadoras: Catalina Herrera, Michelle Venegas, Daniela Gonzalez, Valentina del Pino

Creación musical y diseño sonoro: Enya de la Jara

Canción original «soñar con el día»: Daniela Gatica

Diseño Vestuario: Niba Manríquez

Diseño escénico y lumínico: Pablo de la Fuente

Asistencia coreográfica: Niba Manríquez

Asistencia dramatúrgica: Bruce Gibbons

Registro fotográfico: Tamara Müller

Coordenadas

Del 20 al 29 de Noviembre

Jueves a Sábado 20:00hrs

Teatro La Memoria

Edad: +12 años

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