Por Galia Bogolasky
Historia de un jabalí (o algo de Ricardo) es una obra que se mueve con inteligencia en un terreno resbaladizo: el de la ambición artística, el ego del actor y el poder como pulsión íntima y política. A partir de la figura de Ricardo III, la pieza no propone una adaptación de Shakespeare, sino una disección contemporánea de su monstruo más célebre, trasladado al cuerpo y la biografía de dos intérpretes que llevan demasiado tiempo esperando su gran oportunidad.
Escrita por Gabriel Calderón y dirigida por Cristián Plana, la obra logra poner en escena un texto complejo con una escenografía sencilla y un vestuario muy teatral, para hacerle honor al meta relato.
El punto de partida es tan sencillo como eficaz: dos actores secundarios, curtidos en la frustración y el resentimiento, se enfrentan al reto de interpretar a Ricardo III. Ambos creen merecer el papel y desprecian tanto al resto del elenco como las indicaciones del director, al que perciben incapaz de comprender la verdadera dimensión del personaje. Desde ahí, la obra despliega un juego metateatral en el que los límites entre actor, personaje y persona comienzan a difuminarse peligrosamente.
Ricardo III, de William Shakespeare, es una tragedia histórica que narra el ascenso y la caída de Ricardo de Gloucester, uno de los villanos más complejos y fascinantes del teatro universal. La obra trata, esencialmente, sobre la ambición desmedida y el ejercicio cruel del poder.
Marcelo Alonso y Francisco Reyes interpretan a actores que ensayan esta obra, se supone que hay más gente, pero solo vemos sillas, vestuario y textos en un espacio que parece una típica sala de ensayo de teatro. Salen y entran de personaje y transitan entre el trabajo actoral y el teatro dentro del teatro. Este es un elemento que puede resaltar la endogamia que existe en este ambiente, donde lo que pasa en una sala de ensayo es tan importante y trascendental que se convierte en otra obra, incluso a partir un clásico de Shakespeare.
Uno de los grandes aciertos del montaje es mostrar cómo Ricardo III no se “interpreta”, sino que se infiltra. A medida que avanza la construcción del personaje, las similitudes entre el monarca shakespeariano y los actores se hacen evidentes: la inteligencia afilada, la ambición sin concesiones, la necesidad de imponerse a los demás. El texto sugiere que Ricardo no es solo un villano histórico, sino una lógica de poder que sigue viva, especialmente en espacios donde el reconocimiento es escaso y la competencia feroz.
La tensión entre los dos intérpretes sostiene buena parte de la obra. No se trata únicamente de quién hará el papel, sino de quién está dispuesto a llegar más lejos, a traicionar más, a despojarse de cualquier escrúpulo en nombre del arte —o del éxito. El desprecio hacia los “actores blandos, hipersensibles o mediocres” funciona como un espejo incómodo para el espectador, que asiste a una escalada de violencia verbal y simbólica tan seductora como inquietante.
Alonso y Reyes interpretan a actores que, más allá de ellos mismos, logran transmitir una potencia sobre el escenario extraordinaria. Nunca había visto a Francisco Reyes interpretando a un personaje como éste, con mucha presencia escénica, carácter, intención y ferocidad brutal. No debe ser fácil actuar sobre otro personaje, hacer una obra sobre el ensayo de otra obra, sobre todo un clásico como Ricardo III pero ambos actores lo logran y funciona.
La puesta en escena, contenida y precisa, refuerza la cercanía con el público. La obra no busca grandes artificios, muy al estilo de Plana, sino un espacio casi confesional en el que el espectador se convierte en testigo —y cómplice— del proceso. Esa proximidad es clave para que la reflexión cale: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para no sentirnos irrelevantes?, ¿en qué momento la ambición deja de ser motor y se convierte en justificación moral?
En ciertos momentos la obra aborda demasiados temas, lo que se vuelve un tanto abrumador; el teatro, los procesos creativos, el ego, el poder, el machismo, la sobrevivencia, la ambición y el autoritarismo. Todo esto bajo la metáfora del jabalí, que remite a una imagen poderosa y ambigua que suele asociarse con la violencia, la ambición y el poder ejercido de forma salvaje. En el contexto de Ricardo III, el jabalí funciona como una figura simbólica del tirano.
Historia de un jabalí (o algo de Ricardo) no ofrece respuestas fáciles. Más bien incomoda, rasga la imagen romántica del actor y expone las zonas oscuras del deseo de poder en el mundo contemporáneo. Como Ricardo III, sus protagonistas no quieren conformarse. Y como espectadores, salimos del teatro con la incómoda sensación de haber reconocido algo propio en esa ferocidad.
Para los que apreciamos el teatro como proceso creativo, nos puede parecer una propuesta interesante, pero me pregunto si a un espectador que no acostumbra a ver teatro regularmente, ¿le podrá interesar un montaje como éste?
Ficha técnica
Título: Historia de un jabalí (o algo de Ricardo)
Texto de: Gabriel Calderón
Dirección: Cristian plana
Elenco: Francisco Reyes y Marcelo Alonso
Diseño integral: Carolina Sapiain
Asistencia de producción: Paula Galleguillos
Coordenadas
14 al 30 de enero de 2026
20,30hrs
Teatro Finis Terrae
Festival Teatro a MIl
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