Crítica de Teatro “La desobediencia de Marte”: duelo de egos de tamaño astronómico


Crítica de Teatro

“La desobediencia de Marte”: duelo de egos de tamaño
 astronómico
 Por Jorge Letelier
Quien haya leído a Juan Villoro, en especial sus cuentos, habrá identificado un lenguaje torrencial y rítmico, pleno de humor cáustico y con disgresiones a menudo delirantes. Es una mexicanidad desbordante reflejada en una prosa virtuosa y llena de referencias culturales. El dato sirve para adentrarse en el tono en que se mueve “La desobediencia de Marte”, un texto escrito por Villoro a los 26 años cuyo estreno mundial fue el año pasado en Chile, durante el Festival Puerto de Ideas y luego en enero del 2018 en el Festival Santiago a Mil.
El montaje toma el encuentro real entre los astrónomos Tycho Brahe y Johannes Kepler, en 1600, en la casa del primero. Eran los principales investigadores de esa ciencia por esos años y su vínculo era a la vez un brioso intercambio de conocimientos y teorías como de desconfianza y celos profesionales, cuando no verdadera envidia. De ese encuentro que duró dos meses hay abundantes referencias y el texto de Villoro los muestra en un ciclópeo choque de dos inteligencias superiores acechadas por las más bajas pulsiones.
El texto de Villoro y las actuaciones de Néstor Cantillana y Francisco Reyes dan cuenta de un tono farsesco en esta confrontación, donde el uso del lenguaje entre el latín y el alemán juega al equívoco en la primera parte, cobrando protagonismo. De fondo está la densidad intelectual respecto a la astronomía, el misterio en torno a la órbita de Marte y apuntes sobre la filosofía empirista que ha permitido los recientes descubrimientos en el cielo. Todo es una mezcolanza ágil y liviana y el encuentro de estos dos genios egocéntricos que además están borrachos es por momentos desopilante.
Brahe es un astrónomo mayor, descreído y con gran desconfianza por el ímpetu vital de Kepler, 25 años menor. Esta primera media hora, con la pluma aguda de Villoro enfocada en la confrontación de ideas y una sobria puesta en escena con una proyección del espacio en una animación, permite enfocarse en estos hombres brillantes e imperfectos. Pero luego, sobreviene el cambio. La ficción se suspende y los actores tras los personajes se revelan en un ensayo. Uno –el joven- es un tipo destacado en el teatro artístico y tiene todos los tics asociados a su estatus: es “engrupido” y ambicioso, y Cantillana le aporta una sutil dosis de caricatura que le viene muy bien. El otro es un actor ya en decadencia, que se “vendió” a la tele y al teatro comercial pero sigue añorando sus tiempos en que brilló con “El rey Lear” mientras intenta resguardar sus logros pasados con más patetismo que nada.
Pese a lo brusco del cambio, el contrapunto funciona porque ambos actores (los de la ficción) son talentosos, carismáticos y ridículos. El diálogo sigue siendo agudo e irónico pese a los riesgos de los clichés de esta vieja idea del “teatro dentro del teatro”. Villoro contrapone el duelo entre Brahe y Kepler a un paralelo entre Hamlet y Lear para dimensionar los talentos de cada actor y mantener la intensidad, pero la gracia se va diluyendo porque lo que es parte de un tipo de comedia al estilo Billy Wilder del inicio da paso a una reflexión sobre la dimensión intelectual de los astrónomos en boca de sus actores con toda la autoconciencia que significa estar “pensando” sus roles. Así y todo, el entramado completo resiste los cambios y el segundo paralelo entre las vidas personales de los actores, donde se juega ambiguamente con la idea de paternidad proyectada del personaje de reyes, dispara la dirección hacia otro nivel quizás si más dudoso.
Pueden ser muchos elementos los que Villoro pone en juego en el texto y que el director Álvaro Viguera se esfuerza en mantener. Con buen ojo, le carga las tintas de patetismo suplementario al personaje de Reyes, una especie de fantasma que deambula tal como el padre de Hamlet buscando ese momento pasado de gloria que ya no volverá. Ese cinismo y negrura le viene bien y es más interesante que la subtrama sobre su amor por la madre del personaje de Cantillana que da pie a esa posible paternidad.
Por sobre todo, y pese a algunas situaciones de comicidad forzada como un canto gregoriano que poco aporta y la proyección animada del cosmos que progresivamente va perdiendo relevancia, la gracia del montaje se maneja firme desde sus actores, quienes van girando sobre sí mismos echando mano a sus recursos y oficio, en un divertimento siempre entretenido y ágil que permite soslayar las vueltas de tuerca de un argumento que se desdobla como un juego de espejos a la medida de su autor.
La desobediencia de Marte
Dramaturgia: Juan Villoro
Dirección: Álvaro Viguera 
Elenco: Néstor Cantillana y Francisco Reyes
Teatro Finis Terrae, viernes y sábado, 21:00 hrs. Hasta el 28 de abril.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *