Crítica de teatro “La gaviota”: Inmersión y descentramiento

Por Álvaro Guerrero

La gaviota es un montaje que desafía todas las expectativas que podría llegar a tener un espectador al ir a ver una obra de Antón Chejov, y en realidad de cualquier otro dramaturgo clásico que el colectivo La disvariada hubiera elegido para llevar a “escena”, y coloco entre comillas esa palabra, ya que la obra que ahora nos convoca no se desarrolla exclusivamente en el espacio asignado para la representación teatral, el escenario.

La representación se inicia afuera de la sala de teatro, cuando los actores, aun preparándose para la interpretación, se acercan al público que está sentado en orden en esa larga fila de asientos que media entre las puertas de la sala, y el arco desde donde se ingresa al complejo del teatro Mori Bellavista. Caracterizados ya como los personajes de la obra rusa, los intérpretes exclaman algunas frases junto a mesas de vestidor, mientras lentamente van invitando a pasar a una sala donde todos los asientos del público han sido cubiertos con plásticos: en principio, el lugar indicado a los espectadores es el escenario, donde compartirán espacio codo a codo con los actores. Hay asientos típicos de plaza, pisos, y una mesa de centro surtida de un pequeño cocktail. En los extremos del escenario fragmentos de espejos pegados al muro y una mesa de DJ, por un lado, y por el otro papelitos sueltos, con frases de la obra. La primera sensación, tras la novedad evidente que comporta un montaje que subvierte la relación del espectador y el actor, es la de haber “tridimensionalizado” la dramaturgia, al incluir al público como muchedumbre entre personajes que no solo se pasean o emiten gestos en los bordes o zonas laterales, desde donde no todo el público puede verlos, sino que también establecen diálogos entre sí, de forma separada y muchas veces al mismo tiempo, haciendo imposible concentrarse en un solo punto de la “acción”.

En La gaviota, Chejov presenta a Konstantin, hijo de una actriz famosa y egocéntrica, Irina. El joven dramaturgo experimental, dueño de una personalidad insegura, eclipsada por la sombra de la madre narcisista, prepara una obra de teatro que se representara dentro de la otra, la que el público ve. Este elemento de “modernidad” incluido por el autor ruso, es un punto de partida para que La disvariada rompa toda convención tradicional haciendo que los personajes extiendan su significancia hacia el contexto de vida contemporáneo en Chile. Un actor parado arriba, atrás de las butacas, como una estatua brillante, declama en alta voz expresando la perplejidad que le comporta el diario vivir en nuestro Chile post estallido y plebiscitos constitucionales. Este es un montaje en el que se juega la necesidad de vincular el pasado con el presente a través de un hilo invisible, afincado las más de las veces en la ruptura de lo que se espera al ir a ver a Chejov hoy en día, en ese acto de asistir al teatro burgués para sentir emociones surgidas de la representación y la empatía: “ah, ¿ustedes querían venir a emocionarse al teatro?”, pregunta de improviso una actriz de frente a un público que finalmente ha sido conducido a su lugar de origen, las butacas. Otro, Trigorin, el escritor de éxito moderado que sabe que nunca llegara al nivel de los clásicos, piensa en voz alta sobre cómo vivir del arte en un país como este, sin tener que pasar por tropelías ni miserias, como un trabajador más que puede soñar con una vida mínimamente tranquila, planificada. Nombra varias a veces a su hijo, y la impresión evidente es que en ese momento está hablando el actor, la persona tras el personaje.

Entre lo primero, es decir el público de pie o sentado en el escenario, los actores rompiendo la cuarta pared al acercarse a ellos para hacerles preguntas sin salirse de sus roles, mientras se invita a degustar y beber vino espumante (de forma literal), además de un Trigorin que aparte de actor se autodefine como músico y juega un rato con las pistas de la mesa de música (simplemente como testimonio de otra de sus facetas profesionales), y los monólogos que sueltan dos de los personajes en la recta final, lo que se aprecia es una sobre fragmentación de elementos y estímulos físicos (en el diseño teatral) y dramáticos (risas ahogadas de fondo, imprevisibilidad de la próxima acción, frases con sentido en los muros), tan dispersos como delimitados por la tensión que ejerce el elenco a través de esa pregunta, también muy descentrada, de la relación de la ficción, lo clásico, y la reflexión personal frente a lo que ocurre allá afuera, en el diario vivir. Todo eso es una provocación y una expulsión de la zona de confort. Los actores repiten en varias oportunidades, como un mantra, que lo que está pasando allí, ocurrirá muchas veces, quizás refiriéndose a esa continuidad de ficción y realidad sombría alrededor de todo el grupo presente: “artistas” locuaces y espectadores silenciosos, o tímidos. Vidas sueltas en un país también sin centro. Se trata de un quiebre y adaptación constante entre el texto de Chejov como muestrario de personalidades atormentadas por el miedo al fracaso, el olvido, el desamor, o directamente el hambre y precariedad de los que no están en ningún puesto de mínimo poder, y el punto de vista de los actores sobre la realidad chilena post función. Casi como si se tratara de una culpa inocente que debe ser transparentada a través del grito abrupto, o el desnudo colectivo que se instala hacia el final por parte de los actores de espaldas al público, y que viene a ser una especie de versión contemporánea del teatro dentro del teatro en el texto original. Esa representación del joven suicida en Chejov. Esos cuerpos desnudos ya lo han expresado todo, de las formas más diversas y dan un cierre más concentrado hacia la noción de “transparencia” como ética y estética, lo que un montaje plausiblemente muy disperso necesita para despedir una obra que no tiene principio ni final.

Ficha técnica

Título: La gaviota

Dramaturgia: La disvariada y Anton Chejov

Dirección: Octavio Navarrete León

Producción y asistencia de dirección: Yohali

Asistencia de dirección, diseño integral e iluminación: Isidora Guital

Elenco: Linus Sanchez, Gabriela Basauri, Juan José Acuña, Antonia Salazar, Paulo Stingo, Bárbara Bodelón, Iván Hernández 

Producción: Octavio Navarrete León

Diseño de vestuario: Tamara Sovier

Diseño sonoro: Juan José Acuña

Compañía: Colectivo La disvariada

Edad recomendada: + 14 años

Duración: 70 minutos

Coordenadas

Teatro Mori: Bellavista 77, Recoleta

Hasta el 1 de febrero (de jueves a domingo, 20:00) 

Entrada general $10.000

Entrada estudiantes $8.000

Descuentos sobre valor general:

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