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domingo, octubre 2, 2022

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Crítica de teatro “No llorar”: La desnaturalización de un paisaje cercano

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Por César Farah

El teatro como forma política puede manifestar sus intereses en diversas formas, en este sentido, desde el testimonio hasta la reflexión épica, vemos maneras distintas de abordar los conflictos sociales a través de las diversas puestas en escena y, por consiguiente, del eventual interés que pueden suscitar en el público.

No llorar, obra que se mantiene en temporada en el teatro La Memoria, entra en el ámbito de lo que se suele denominar “teatro político”, digo “lo que se suele denominar”, puesto que este es un campo en discusión y que, como se ha mencionado, puede tener múltiples formas de articularse en escena.

El montaje se solventa en torno al conflicto de tres observadores de DDHH que graban, documentan y analizan el proceso del estallido social y que, por extensión, lo discuten. Es en este último proceso donde la acción dramática se estructura, en tanto los personajes poseen lecturas desiguales a partir del mismo fenómeno y, desde cada una de sus posiciones ideológicas, manifiestan las necesidades de una sociedad que busca comprender un proceso como el de una revuelta social con las consecuencias que ello supone.

La dramaturgia de Tomás Henríquez es una de las bases más sólidas de la obra. A partir de la intertextualidad con la Antígona de Sófocles, se levantan una serie de preguntas y posiciones políticas que ponen de manifiesto la necesidad de cuestionar, elucubrar y repensar, los acontecimientos de aquel estallido que marcara la historia cercana del país. El enlace con el clásico griego también llama a densificar la lectura de la civilización occidental, sus valores, sus miedos y sus ocupaciones. Si Sófocles tiene una irremediable preocupación por los sujetos y sujetas de una sociedad democrática, Henríquez parece seguirla, ampliándola a una crítica feroz en torno no solo a las necesidades políticas de la élite conservadora, sino también al papel que juegan en nuestra sociedad las élites intelectuales y progresistas, allí se encuentra -creo yo- el principal acierto de la dramaturgia, los diálogos no son una mero panfleto, sino un permanente y dinámico sistema de problematización de las bases ideológicas de todos los partícipes de una sociedad, es decir, de esos animales -hoy en peligro de extinción- a los que solíamos llamar ciudadanos y ciudadanas.

La dirección de Juan Diego Bonilla es pertinente al texto, organiza las acciones y cuenta la historia con el interés de generar una reflexión en la audiencia, es capaz de liberar los lugares de lo no dicho, buscando no sobre explicar ni la acción ni a los personajes, dándole rienda suelta a los diálogos y las acciones en su propio desarrollo. Ciertamente, falta articular allí una pregunta en torno al propio lenguaje teatral y determinar qué se hace con el teatro además de representar, es decir, el problema modal aquí desaparece y se busca instalar ideas, preguntas y conflictos que, si bien están liberados de un exceso de tendenciosidad o pedagogización, no exponen en su manifestación escénica una pregunta clara por ese ámbito que podríamos denominar “lo teatral”.

El diseño de Fernanda G. Herrada aporta con una ambientación que sostiene el universo representado; semióticamente hablando, logra generar efectos de espacio y atmósfera que dan continuidad y sustento a la acción; en la misma línea la composición musical de ÁjiZu se interna en las emociones, en las subidas y bajadas de energía de las diversas escenas, completando los espacios planteados.

Las actuaciones son eficientes en orden a la propuesta general. Ignacia Agüero, Victoria de Gregorio y Xabier Usabiaga coinciden en la energía, expresividad y cinética de sus personajes, de tal manera que se consigue un mundo ficcional creíble y que, como totalidad, marcha sin grandes faltas, la historia se cuenta, las posiciones políticas se clarifican, los personajes se extienden competentemente a lo largo de la acción; en este ámbito, cinética, vocal y expresivamente, Usabiaga es quien mejor dota de verdad escénica a su carácter, en la medida que logra generar mayor afección en el público con su desempeño.

No llorar es un montaje que invita a repensar nuestros procesos históricos cercanos, sopesándolos a partir de una larga tradición occidental en torno a los asuntos políticos y su constitución como límite determinante de las sociedades. Se trata de una buena obra, con una dramaturgia muy bien construida, un conjunto escénico que logra extrañar o desnaturalizar nuestra historia cercana que, de tan cercana, a menudo, no vemos.

Ficha artística:

Título: No llorar

Elenco: Ignacia Agüero, Victoria De Gregorio, Xabier Usabiaga

Dramaturgia: Tomás Henríquez

Diseño Integral: Fernanda G. Herrada

Composición musical: ÁjiZu

Asistencia de Diseño: Gabriela Torrejón

Asistente de montaje: Juan Diego Rivas

Difusión: Abigail Navarrete

Fotografía: Juan Moya

Edición gráfica: Solo Jano

Producción: Pablo Cisternas

Asistencia de Dirección: Valentina Gavilán

Dirección: Juan Diego Bonilla

Coordenadas:

 Del 11 al 28 de agosto en el Teatro La Memoria, Bellavista 0503.

 

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