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miércoles, diciembre 7, 2022

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Crítica de Teatro “Pompeya”: el baile de los que sobran

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Crítica de Teatro
“Pompeya”: el baile de los que sobran
Por Jorge Letelier
En septiembre de 2017, cuando se estrenó en la sala N1 del GAM, “Pompeya” coincidió con la obra “Diatriba el desaparecido”, que se presentaba en la sala contigua, la N2. Este montaje fue dirigido por Rodrigo Pérez e iba una hora antes que “Pompeya”, donde Pérez hacía el personaje de Zuzú. Era divertido imaginar cómo rápidamente el director coordinaba los detalles de cada función para luego ir raudo a vestirse y maquillarse para el montaje dirigido por Rodrigo Soto.
Ese mes, el don de ubicuidad de Pérez fue notable: a estos dos montajes le sumó el reestreno de “Violeta Parra al centro de la injusticia” en el Teatro UC, y fue un justo corolario al incesante trabajo de los últimos años, donde se apunta además como director uno de los mejores títulos de los últimos años: “La viuda de Apablaza”.
En “Pompeya”, que luego de su exitoso paso en el GAM se está presentando nuevamente hasta el 18 de marzo (sala N2), el dramaturgo Gerardo Oettinger genera un diálogo con “La manzana de Adán” (1990), obra paradigmática de la marginalidad sexual, dirigida por Alfredo Castro y protagonizada por Pérez y el mismo Castro. El gesto del director Soto y Oettinger no es azaroso y propone vincular dos Chiles de distinta época pero que mantiene la virtual invisibilidad de una de las caras más abyectas de la marginación social: la de la prostitución, antes de travestis hoy de transgéneros, según el nuevo ordenamiento semántico.
El personaje bisagra que encarna Pérez es Zuzú, una vieja travesti hoy retirada que en su pequeño departamento de Santiago acoge a jóvenes prostitutas transgénero. De pañuelo en la cabeza, lentes gruesos y una dignidad de señora de barrio muestra ecos del último Pedro Lemebel mientras le reza a la Virgen de Pompeya para no tener que enterrar a más compañeras. En torno a ella se concentra una familia adaptada de sobrevivientes de la violencia y exclusión que incluyen a la Beyoncé (Gastón Salgado), una idealista joven que sueña con operarse y participar en un concurso cantando como su ídola; Leila (Gabriel Urzúa), quien ya parece conocer los violentos códigos de la calle y alimenta un resentimiento contra la sociedad y las rivales colombianas y peruanas que la hace ser una bomba de tiempo. El cuarto elemento es Lucho (Guilherme Sepúlveda), un gay que opera en un rango similar a un proxeneta y que sueña con instalar su propio emprendimiento.
El registro es realista, de lenguaje violento y callejero, con un inicio estridente que por momentos hace poco audible los diálogos. Los cuatro personajes son un microcosmos de la sociedad chilena, la que aún intenta adaptarse al nuevo paisaje social de los inmigrantes mientras lidia con sus propias carencias y demonios. El detonante es la muerte de la Karen, una colega que ha sido aparentemente ultimada por prostitutas transgénero colombianas y que provoca que Leila ataque a una de ellas. Ahora, encerradas en el departamento, esperan la venganza.
A partir de una investigación documental, el montaje va describiendo cómo ese mundo marginal se ha ido adaptando a los nuevos habitantes. Ese mundo de hace algunas décadas, igual de marginal y violento pero más binario en su complejidad, era cruzado por una clandestinidad de las costumbres sexuales que hoy parece superado. El elemento común es ser igual de invisible que en el pasado: a la ley, la policía, el estado, donde ser extranjera o chilena no hace ninguna diferencia en cuanto a la exclusión en que viven. Los cuatro personajes representan a su manera cuatro arquetipos: Zuzú y la figura de la experiencia, cansada de la violencia, vieja y enferma, que acepta el nuevo escenario y que se ampara en cierta dignidad artística. Beyoncé, en su dimensión naif, sueña con un príncipe azul y una casa normal, mientras que Leila entiende su condición como un campo de batalla donde solo sobreviven las más fuertes y ante la cual debe dar el primer golpe. No es casualidad que las dos más radicales, Leila y Lucho, son las más lúcidas al momento de entender el país en que viven y del desencanto que respiran y donde podría estar la posibilidad de salvación.
El texto es muy descarnado en cuanto al diálogo y el énfasis callejero, y el elemento que lo eleva de la caricatura es la notable composición que cada uno de los actores hace de su personaje. El registro es complejo puesto que la exageración y la desmesura por momentos copan la interpretación y para sortearlo se necesitan actores de sobrado carisma y sensibilidad. Rodrigo Pérez –quien e mayo volverá con otro personaje transgénero en “Los arrepentidos”- construye una Zuzú de enorme humanidad, reflexiva y golpeada, un símbolo del marginado vencido por las evidencias y que en su generosidad con las más jóvenes, hace latir esa vieja imagen maternal de clase obrera, siempre dispuesta a dar abrigo y contención, pero consciente de la derrota del entorno. El notable Gabriel Urzúa (ganador a la mejor actuación masculina del Círculo de Críticos por este rol), y quien ha descollado en “Bowie”, “Donde viven los bárbaros” y “Paul & John”, resulta conmovedor como Leila, un ángel caído que trasunta la derrota y frustración en cada uno de sus poros, mientras que el notable actor que es Guilherme Sepúlveda (“Demonios”, “Gospodin”, “Inútiles”) encarna como Lucho a un especie de filósofo de población, un sujeto complejo que oscila entre la protección y la explotación y que parece estar debatiendo consigo mismo respecto al rol y su identidad de género. Finalmente Gastón Salgado aporta ingenuidad al personaje menos denso del montaje, Beyoncé. El ensamble está ajustadísimo en su descripción de un grupo arrinconado que malvive su dignidad entre esquinas violentas y esperanzas de un futuro mejor que no llegará.
Rodrigo Soto es más conocido como un sólido actor de carácter (“El padre”) pero cuya labor directorial es breve y contundente: En 2014 dirigió una versión de “Las criadas”, de Jean Genet en el Teatro del Puente, y antes ya había explorado de la marginalidad sexual femenina en “Dios es un lujo”, donde también apostó por un espacio único y una unidad de tiempo. En el caso de “Pompeya”, esta opción resulta adecuada para ir estableciendo la progresión dramática frente a la venganza que los protagonistas esperan y perfilando a los personajes en sus diferencias, aunque las transiciones no son del todo logradas y por momentos el exceso de diálogo se convierte en un elemento distractor. Pero por sobre sus fallos, el montaje destaca por ser una apuesta realista y visceral, que expone una problemática social con rudeza y con actores de primer nivel, uno de los mejores ensambles en lo que va de la temporada.
Pompeya
Dirección: Rodrigo Soto 
Dramaturgia: Gerardo Oettinger 
Elenco: Guilherme Sepúlveda, Rodrigo Pérez, Gabriel Urzúa, Gastón Salgado 
Diseño sonoro: Daniel Marabolí 
Diseño integral: Gabriela Torrejón
Producción: Alessandra Massardo 
Maquillaje: Bárbara Soto
GAM, Sala N2
Miércoles a domingo, 21:00 hrs.
Preventa Gral.: $5.000 Gral.: $6.000 3ed. y Est.: $3.000

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