Editorial La derecha y la cultura: El año en que vivimos en peligro

Editorial

La derecha y la cultura: El año en que vivimos en peligro

Por Jorge Letelier

La comedia de equivocaciones encabezada por Sebastián Piñera, por insistir en el error de nombrar a amigos personales y parientes en cargos públicos, tuvo su peor versión con el fugaz nombramiento de Mauricio Rojas a la cabeza del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, quien no ostentaba la cercanía mínima al área para desempeñarse con propiedad. Su opinión respecto a que el Museo de la Memoria es un montaje y que está descontextualizado de la historia reciente (galvanizada en el libro “Diálogo de conversos” que, recordemos, fue escrito junto al Canciller Roberto Ampuero, ex ministro de Cultura), la cual provocó esta batahola mediática, es un argumento tan sesgado ideológicamente que hace imposible un diálogo y mucho menos gobernabilidad en un sector difícil y con demasiadas expectativas sobre su ordenamiento futuro.

Dichos más, dichos menos, lo que demuestra el affaire Rojas es la dramática ausencia de profesionales competentes en el mundo cultural que puedan ser representantes cabales de un programa de gobierno que enfrente responsablemente las necesidades y exigencias del que es quizás el momento más importante para la cultura en los últimos 25 años. La implementación del nuevo ministerio supone una serie de cambios, ajustes y reacomodos de extraordinaria complejidad que en los cinco meses transcurridos del nuevo gobierno no ha tenido ni la celeridad ni la eficiencia mínima que se espera. No vamos a descubrir ahora que este gobierno ve a la cultura como un asunto de acceso, de tipo mercantilista, como lo deja claro el tristemente célebre Pase Cultura Joven, que la ex ministra Alejandra Pérez se encargó de sepultar. La medida del poco interés en el área, en un momento de definiciones tan relevantes, quedaron claras en la cuenta pública del 21 de mayo, la más pobre de los últimos años.

Porque acá el asunto es que no se trata de mera administración ni de eficiencia en procesos de recursos humanos, áreas en que podemos encontrar tecnócratas de derecha debajo de cada piedra. Tampoco de egresados de magísteres en políticas públicas de alguna universidad estadounidense. Menos de la lógica gerenciadora con que Piñera entiende el área y que fracasó estruendosamente con la anterior ministra Pérez. La creación de la nueva institucionalidad arrastra desde su creación (en el gobierno de Bachelet) críticas por el diseño de su estructura burocrática, incongruencias por las orientaciones de las subsecretarías (culturas y artes por un lado, patrimonio por otra) y porque uno de sus objetivos parece ser el insistir en la política del asistencialismo: la subvención y el financiamiento de la producción cultural y artística más que en la educación o mediación cultural.

Los cinco meses de la gestión anterior significaron un estancamiento general al no avanzar en ninguno de los varios flancos abiertos: ni en la gestión de recursos humanos del nuevo ministerio (reclamado por los propios funcionarios) ni en la urgente reformulación de los fondos de cultura, ni mucho menos en la compleja situación presupuestaria de los museos nacionales como el de Bellas Artes, la que se agudizó con la polémica apertura del Centro Nacional de Arte Contemporáneo Cerrillos, inaugurado en 2016 y que ha puesto en crisis los criterios de asignación de presupuestos. Los despidos de los directores de varios museos y centros culturales (DIBAM, MNBA, MHN y CCPLM), sin razones de peso ni sujetos a evaluaciones técnicas, añadieron otro flanco de dudas respecto al manejo -en este caso político- de la ministra saliente y añade más complicaciones a un panorama convulso.

En este escenario marcadamente sectorialista y gremial, la recién nombrada ministra Consuelo Valdés, quien por lo menos proviene de la dirección de un museo -que más que celebrarlo como una perogrullada se entiende como un atisbo de sensatez de parte de Piñera o sus asesores- deberá enfrentar la continuidad de los procesos recién iniciados y quizás –solo quizás- podría darse que de acuerdo a su gestión reciente en el Museo Interactivo Mirador (MIM), de clara orientación educativa, pueda imponer una visión menos utilitarista de la cultura de la que ha evidenciado tradicionalmente la derecha, la cual permita entender que las políticas culturales del área no buscan retribución ni directa ni inmediata y están indisolublemente ligadas a fortalecer su vínculo simbólico a través de la educación y la formación.

Por lo pronto, la ministra Valdés deberá hacer frente a procesos inminentes como la tramitación final de la Ley de Fomento de las Artes Escénicas que se entrampó en una polémica por la exclusión de los artistas de la ópera, ballet y coros. En el mismo apartado, surge la incógnita sobre cuál será la posición del ministerio frente a las precarias condiciones laborales de los trabajadores de la cultura, demasiado dependientes de la fondarización de ésta, y que lleva necesariamente a repensar el modelo completo del nuevo ministerio respecto a los fondos concursables. También se espera una reacción activa al Programa de Fomento a la Economía Creativa lanzado el año pasado por Michelle Bachelet, para que de una vez por todas se pueda materializar en hechos concretos lo que tanto se ha hablado por años.

Por otro lado, la modificación de la Ley de Monumentos también deberá definirse prontamente puesto que su retraso está dejando en indefensión la protección del patrimonio en un momento en que la expansión inmobiliaria ha demostrado una voracidad inusitada y ha puesto en peligro inmuebles patrimoniales de Ñuñoa, La Reina y Santiago, activando movimientos ciudadanos con los que la autoridad respectiva no ha generado diálogo alguno.

Un poco más lejos, y dependiendo de la capacidad de gestión que demuestre la nueva autoridad, se mantiene pendiente  el fortalecimiento de un plan de fomento lector y las preocupantes señales dadas por algunos teatros y centros culturales regionales entrampados en graves problemas de gestión y presupuestarios.

La aplicación de la nueva institucionalidad cultural conlleva un fortalecimiento y control mayor del Estado, revirtiendo la noción neoliberal de la autorregulación del mercado y la participación de privados. Es una tarea de enormes alcances y que requiere capacidad técnica, conocimiento profundo del sector y audacia. Hasta ahora, Piñera ha demostrado estar improvisando en el cargo con nombramientos que no ofrecían antecedentes, manejo político ni expertise para hacer frente a tamaños cambios. “En Chile la palabra cultura y la palabra derecha son términos absolutamente excluyentes”, dijo hace pocos días el poeta Raúl Zurita y pese a la abierta generalización, no hay hasta ahora un solo hecho que demuestre que está equivocado

1 Comment

  1. hola ,somos un colectivo que se dedica a la gestión cultural en la región de a
    Antofagasta, Y estamos generando un encuentro de gestores culturales independientes
    en esta desolada tierra, buscamos a un experto en alguna área que considere relevante para nuestra insipiente industria , un abrazo

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