Por Violeta Díaz
Cerrando la temporada de verano, llega a la cartelera santiaguina una comedia negra que sitúa su conflicto al interior de un convento y pone en tensión los roles tradicionales de la Iglesia. Se trata de La Sagrada, montaje dirigido por Nicolás González y producido por la Compañía Gato Chino.
Estrenada en 2022, La Sagrada suma cinco temporadas y ha recorrido distintos espacios de Santiago, entre ellos la sala de teatro de la Universidad Mayor, Teatro Camino y actualmente, Teatro Mori Bellavista. La comedia se inicia tras el accidente que deja a tres monjas como únicas sobrevivientes de su convento, hecho que motiva a la Iglesia a enviar a un clérigo para supervisar su comportamiento. A partir de esa intervención, el montaje despliega una comedia de equivocaciones que, a través de la sátira y referencias a la cultura pop chilena, expone tensiones de poder, jerarquías y contradicciones humanas al interior de la institución eclesiástica.
Actualmente, González no solo dirige el montaje, sino que también interpreta al Padre Evaristo, uno de sus personajes centrales. En esta entrevista, aborda el origen de la obra, su evolución a lo largo de las temporadas y su apuesta por una comedia que dialogue con el público desde el humor y la contingencia cultural.
Si tuvieras que describirle la obra, La Sagrada, a una persona que aún no la ha visto, ¿cómo la describirías?
Describiría a La Sagrada como una comedia. Es una comedia de equivocaciones, que narra cómo se gesta una revolución en espacios que llevan estos discursos hegemónicos hacia el final. En este caso el contenido de nosotros es la Iglesia, pero para mí va más de la mano, dentro de ese germen de revolución. Es una comedia que habla de una revolución en la Iglesia. Ahí uno empieza a tramar cuáles serían estos eslabones bajos, que son los que siempre se revolucionan finalmente. Ahí estarían las chicas, las monjas, los curas que están como desde un primer a un nivel más bajo, y sería eso, más que nada, un gesto revolucionario desde la comedia para precisamente torcer un poco estos discursos, y también, con harta referencia pop. Para nosotros, hay un valor cultural muy entretenido y muy rico ahí, con estas imágenes, con los íconos, más que con personas reales, tangibles, de íconos religiosos. Pero la cultura chilena está muy rica de referentes, a ratos, religiosos. Hemos pasado por ahí, hemos tenido comerciales emblemáticos, hemos tenido lugares o gestos que nos llevan hacia ese lugar, y yo siento que, como obra, intentamos hacernos cargo un poco de eso. A ratos creamos los nuestros propios, ahí hacemos nuestras mezclas con otros elementos. Para mí, sería definirla tal vez como un buen momento entretenido, teatral, que es lo que intentamos entregarle al espectador que va a ver La Sagrada.
Esta es la quinta temporada ¿cuándo se estrenó la obra?
Creo que la estrenamos el 2022, terminó la pandemia y nosotros nos fuimos a estrenar la obra. La estrenamos en la sala de teatro de la Universidad Mayor. Como Compañía Gato Chino hay un gran núcleo, somos egresados de la Escuela de la Mayor, tuvimos nuestra primera temporada, después volvimos a la Mayor de nuevo, por éxito de verano, nos tiraron ahí unos días extras, que agradecemos.
Pasamos por Dōjo Teatral, pasamos por Teatro Camino, anduvimos por Peñalolén y La Reina, y tuvimos una temporada cortita para el 18 (de septiembre) en Teatro Mori Bellavista, y ahora volvimos en una temporada más larga, pero sería como nuestra quinta temporada. Uno está acostumbrado ahora a tener estas temporadas más bien cortas. Es nuestra primera vez en cartelera un buen tiempo, y también sentimos que le va a hacer muy bien a la obra, porque si bien nos sirve a nosotros para moverla, también le sirve a la gente para llegar, porque hay una gran parte de la difusión que todavía sigue siendo boca a boca, y lo hemos ido viviendo. Como llevamos hartos años con la obra, llevamos cuatro años haciendo el montaje, ya no va el mismo público, sin embargo, hay gente que se la repite, que lleva a la familia, y es muy entretenido cuando pasa eso, familias enteras que vienen a ver, o exestudiantes. Nosotros igual hacemos clases en la Mayor, con varios del elenco, entonces viene por ahí un núcleo, hay amigos que traen a sus familias, que vienen con sus papás, y eso es bacán, porque nos damos cuenta que la obra, al ser tan abierta desde la comedia, convoca gente de distintos lugares, de distintas edades, y eso para nosotros es muy entretenido.
Estar presentándola varias veces ¿Es un síntoma de que tiene una buena recepción?
Sí, ha tenido buena recepción la obra. A mí me da risa, yo escribí el montaje, entonces es un bloqueo propio que uno pasa sentado frente a su computador … esto es una porquería, si fuera algo más serio, obviamente me lo tomaría más en serio, pero el otro día lo pensaba, porque yo ahora estoy actuando también en el montaje, pero eso pasó mucho después. Estoy haciendo el rol del padre Evaristo, uno de los curas del montaje, que era un rol originalmente que tenía Pablo Cāncār, quien ya no está con nosotros porque vive en el extranjero. También, estuvo Eduardo Fuenzalida ejecutando este rol, y ahora estoy yo, y es distinto afrontarlo así.
Es gracioso darse cuenta de que la gente entiende las referencias, lo pasa bien, entiende el ritmo de la comedia, la gente se ríe de distintas cosas y hay distintos tipos de humor presentes en la misma comedia, humor físico, hay harto slapstick, hay citas o referencias poperas de la televisión, y está la comedia como tal, la comedia de texto, la comedia de ritmo, y es entretenido estar afuera y también estar adentro e ir escuchando cómo eso funciona y cómo la gente tiene muy buena recepción y sale comentando, o que tenemos la suerte de tener públicos bien onomatopéyicos.
La gente va viendo la obra junto con nosotros, y van reaccionando, «oh no te creo». Ahora la función del sábado nos pasó que había una chica que sonaba un montón y a nosotros adentro, igual nos da risa, entonces, venía esta parte del, puede ser un mini-spoiler, pero esta parte más cercano al funeral, que era lo que sucedía en ese momento, y alguien que se desinflaba diciendo, «¡ay, no! ¡ay, no! ¡ay, no!» y nosotros como, «¡ay, sí! ¡ay, sí!» Entonces, pasa como este gesto en el que la gente se involucra. Siento que ese es un valor de la referencia pop, que de repente es menos dramática, pero encuentro que es un gesto súper entretenido que la gente conviva con la referencia, entender que esto viene de un comercial, entender que esto tiene que ver con tal programa de televisión, o que esto es muy parecido a eso otro, o tenemos citas de repente muy directas a ciertos lugares, entonces es entretenido darse cuenta que tiene esa recepción. Cada uno ahí llama a sus cosas, así que para mí ha sido una muy linda experiencia poder montar y remontar y remontar La Sagrada.
Sobre la idea original de esta obra, ¿cómo nació, por qué se te ocurrió hacer esto, y hacerlo de esta forma? y ¿por qué comedia, y hablar de tales temas?
Primero, como compañía Gato Chino llevamos trabajando, vamos a cumplir siete años, la compañía la formé yo con Javiera Barrientos, que es otra directora y dramaturga, y ambos tenemos como punto de partida la comedia, desde distintos lugares. Somos distintos al momento de escribir y al momento de dirigir también. Sin embargo, nos hace mucho sentido esa idea de entretención dentro del teatro. En ese sentido, yo creo que La Sagrada es la comedia más comedia que tenemos como compañía, las otras tienen otra bajadita después de comedia, tenemos comedias pesimistas, tenemos comedias de acción, hay comedias de equivocaciones, pero La Sagrada se define como una comedia, comedia.
El antecedente de La Sagrada es que nosotros estudiamos en La Mayor, que antes fue un convento, y todavía parte de la escuela de La Mayor, que no es parte de la escuela, si no parte del edificio, sigue siendo convento. En el momento en el que yo estaba en la escuela estudiando quedaban tres monjas solamente en este convento del fondo, entonces era como ficcionar esa idea, cómo será, estas personas ¿abrirán matrícula? ¿se apagarán junto con el convento? Había muchas de estas leyendas urbanas de las escuelas de teatro que hay de repente, que se paseaban en la noche, dicen que penan, que andan con su lamparita, son como gestos que finalmente se fueron robando hacia el montaje, que ha sido súper rico. Tenía una tía, que ya falleció, que era monja en mi familia, y eso también fue bien torcido, porque ellas vivían en Argentina, pero venían a Chile a pasar el 18. Yo veía a mis tías de monja tomándose un copete, sentadas en la mesa conviviendo con la familia y ellas eran las tías con el hábito, entonces yo decía, es como un disfraz, es como que fuera una tela, que te pone en un contexto, es como tener la banda presidencial, esa persona sigue siendo un ser humano, sigue teniendo pretensiones, sigue siendo egoísta, sigue pasándolo bien, pero están contenidos en un rol, y desde ese lugar particular, desde esa idea de disfraz, de torcer estos roles que estamos tan acostumbrados a verlos tan empaquetados, por decirlo así, surge esta intención de la dramaturgia, de poner esta historia finalmente ahí.
También responde, por supuesto, a los procesos que uno está viviendo, y a los procesos de escuela que pasaban en esa época. Había cambios de dirección, había movimientos sucediendo ahí entremedio, entonces hay esta idea del símbolo de lo interino, de esta cosa que no perdura, que a veces parece que todos remamos para el mismo lado, pero te das cuenta de que cada uno está remando en su propia barquita, entonces hay una lucha de poder ahí. Es muy interesante, es un concepto que me gusta a mí trabajar harto en la dramaturgia, este juego de poder, y yo encuentro que ahí hay mucha comedia, porque los personajes no son conscientes de lo que pasa en escena, pero para el espectador todo es transparente. Hay una complicidad con el espectador que entiende lo que los personajes no entienden, que finalmente te hace entrar en el juego del montaje. Para mí ha sido una experiencia muy entretenida y bonita poder escribir el montaje, verlo puesto en escena y llevar los años que llevamos moviéndolo. Para uno es como una batalla ganada.
Con todos estos años que lleva ¿ha ido evolucionando, o se ha mantenido igual desde el principio?
Yo creo que, obviamente, va evolucionando con los años. Uno crece igual, han pasado pocos años, pero uno partió veinteañero y ya tienes 30, y eso se nota en el montaje. Ya no nos vemos iguales. Eso nos daba risa la otra vez, las monjitas ya no tienen tanta carita prístina de ángel, sino que empiezan a parecer mujeres.
Yo me sumé al montaje hace muy poco, entonces me imagino que eso hace que el montaje cambie. En ese sentido, como actor es distinto, porque en este momento Sara Marambio, que es la asistente de dirección, asume más el rol de la dirección, porque finalmente el director está adentro. Si bien ya está todo dirigido, por decirlo así, estar adentro significa obviamente no estar afuera, tener que apagar un poco el cerebro de la dirección que a veces cuesta, y dedicarse a la actuación, y eso también es muy entretenido. En ese sentido me hago cargo, a propósito de que han pasado más actores por este rol, de sumar el ritmo que yo creo que tiene el texto. Viene de cerca el comentario, pero uno entiende ese ritmo desde un lugar particular. Por ejemplo, en estas funciones, no está Kevin Yévenes, que es el actor que interpreta a Padre Félix, sino que estamos trabajando con Mario Olivares, que ha sido un refresh sumar a una persona nueva al elenco, encontrar o reensayar cosas que nosotros ya las tenemos muy aprendidas. Ha sido como un aire nuevo que entró a renovar un poco, tanto la compañía como el montaje y yo creo que justamente, en esta temporada en particular, hemos dado un pie hacia adelante.
A propósito de los chistes y a propósito de los lugares por donde pasa la obra, siempre estamos intentando mantenernos al día con la cultura pop, o con el festival, o con la nocturna que esté dándose en ese momento para poder siempre arreglar un pelito esas cosas porque el humor se desactualiza más rápido que algunas otras cosas, cosas que ya no están en boga, y chiste repetido sale podrido. Uno tiene que estar ahí, refrescando un poco los materiales, pero yo creo que la obra nunca es la misma. También enfrentarse en este teatro, el Teatro Mori, que tiene de alguna manera su público, es conocer gente nueva. Hay mucha gente que viene a ver la obra por primera vez, y eso también es muy entretenido, porque hay gente que se repite la obra, que se repite con su familia, eso es un germen muy entretenido que tiene el montaje.
Sobre los personajes, las tres monjas, que cada una tiene una personalidad muy marcada, y quería saber ¿cómo trabajaron esas personalidades?
Me acuerdo que en algún momento pasamos por todos eso proceso, pasamos por esos lugares de la lógica de equipo de que debe tener distinciones, y esta era nuestra lógica desde la dirección, más allá del texto incluso. ¿Se van a vestir todas iguales? desde ahí empezar a mezclar, porque también la Iglesia tiene toda esta idea de uniforme. Estamos todos ensimismados en lo mismo, pero ensimismados en cada uno, en su soledad, habrá algunos en manga corta, otros en manga larga, otros con chaleco, pero desde la puesta es poco lo que se puede diferenciar. Desde la construcción de personajes, ahí es pega mucho más de las chicas. El texto describe o detalla a los personajes así, sobre todo a Agnes, que es la extranjera, que ahí, tal vez, tiene un punto de partida más claro, porque es jugar a ese extranjero que, en nuestra versión no viene de ningún lugar, porque uno no sabe si es gringa, si es alemana, el acento es medio raro, de repente habla en inglés, de repente no se le entiende. Esa idea, ese gesto extranjero, que está muy presente en nuestra cultura.
Andrea es esta madre superiora, tiene esta choreza que tiene la mujer chilena más descentralizada. Irene es también la mujer que se crió con las gallinas, es un extremo desde distintos lugares. Pero desde el diseño de personajes, ahí hay mucha pega de las actrices la verdad, levantarlos de ese lugar. Javiera Barrientos, Magdalena Llanos, Maite Pino han hecho un trabajo muy genial con las monjas, todo es basado en parte en el texto, sin embargo, son ellas las que buscan esas distinciones. El texto también les permite modificarse hacia ese lugar, pero la intención siempre ha sido diseñar estos personajes desde aristas distintas, desde la dramaturgia precisamente para generar un conflicto. Si uno lo pone en la mesa del realismo, por decirlo así, ninguna de estas tres monjas podría ser una madre superiora decente para el convento, como que tú dices, no hay mal menor en estas tres presentadas, porque, si bien desde algún lugar la narración nos lleva a reivindicar lugares, también nos transparenta que todos somos humanos y que todas estas personas tienen pretensiones, que en todas pulsa una violencia que puede estar contradecida o no con su lugar religioso y ahí yo creo que es donde está lo entretenido. El origen de los personajes va siempre ligado más a la dramaturgia, sin embargo, son las actrices quienes completan este cuadro y es muy entretenido verlas juntas porque es cierto que son muy distintas y desde la primera escena, el puntapié inicial, en el momento en el que están las tres juntas, uno queda claro que se prepara para ver todas estas cosas. También, de subvertir las mismas pretensiones que tendrá uno o esas mismas expectativas que uno se hace al ver el montaje. Cada escena, cada cuadro de la obra es muy distinta, prometen cosas, pero finalmente no se desarrollan, se interrumpen por otras. Cuando uno cree que la obra va a ir por un camino, aparece otro personaje y hace que la cosa se vaya a otro lugar, después hay un accidente, entonces todo se va guiando como la vida misma, a puntapié y patada.
Esta es una obra 100% comedia ¿cómo lo haces para equilibrar la comedia y por otro lado la trama? que es súper densa, si no fuera por la comedia sería muy densa para hablar de estos problemas internos de la Iglesia Católica.
Yo creo que el equilibrio lo hace el espectador. No sé si corresponde dejarle esa pega al espectador, sin embargo, yo creo que en este montaje sucede. Nosotros tenemos clara la narrativa, sabemos los lugares en donde el ritmo de la obra se va hacia otro lugar. De alguna forma, bien tramposa, bordeamos los conflictos sin entrar del todo y eso permite que la obra salga del género de la comedia, sin embargo, nos permite entrar en los discursos que precisamente queremos torcer o que queremos exponer, sobre todo exponer. Es un malabar medio extraño el que uno tiene que hacer para que la obra no deje nunca de ser comedia, en ese sentido yo siento que es una bola de nieve porque la obra parte desde el conflicto, desde el conflicto mismo va rodando, creciendo en comicidad hasta que ya termina en un espectáculo, termina con las canciones y vuelve a bajar hacia la arista de la realidad en el final.
Para mi toda la anécdota se condensa en ese último monólogo, en este caso interpretado por Mario Olivares o, en la gran mayoría de las ocasiones, por Kevin Yévenes, que es este monólogo final que cierra desde la perspectiva de un puro personaje, eso para mí es bien interesante, de ese monólogo que nos resume la obra pero desde un punto de vista y ahí uno se da cuenta de este germen, de escena callejera, donde todos tenemos nuestra versión, pero para saber qué pasó verdaderamente hay que estar ahí y eso tiene mucha veracidad junto con estos mismos diálogos de los poderosos, de repente.
A nosotros se nos baja la información, pero siempre torcida, los medios de comunicación manipulan a ratos la información o la manejan o la direccionan hacía algún lugar en donde uno quiera, es esta suerte de reality que la edición nos dice que es lo que estamos viendo y aquí se transparenta. Yo creo que ahí es donde está el punto más político del montaje; exponer, de alguna forma y en este caso directa, esos diálogos, esas otras versiones, esos otros puntos de vista. Para mí es muy entretenido desde ese lugar que cierre ese personaje en particular, que es el último, que es el menos jocoso a ratos, y es también el antagónico desde el punto de vista de la dramaturgia y queda este final muy abierto, con esta idea de revolución, de que pudo pasar cualquier cosa al final. Después la gente me pregunta, «oye, pero ¿se murieron?» «oye, pero si se murió, ¿está como en el infierno? y uno dice «no sé». El final es muy abierto, ellos (los personajes) están haciéndose cargo de las cagadas que se habrán mandado. Siento que es tener claridad del ritmo desde nuestra línea editorial, como Gato Chino, de no salirnos de la comedia, en particular en este montaje, otros montajes abren más caminos hacia otros lugares.
Sobre las referencias de la cultura pop, sobre todo de Chile, lo de los comerciales, la música las canciones del final ¿cómo nació eso? ¿Por qué quisieron agregarlo?
Desde la idea de la comedia todas las referencias que se nombran en el montaje están presentes en la dramaturgia, no así la canción. La canción fue una coreografía que se hizo como grupo, donde Octavio O’Shee que es nuestro compositor, tuvo mucho que ver con esa decisión, con ese montaje, con ese mix que se hace en algún momento. Spoileando terriblemente, es muy entretenida. De partida, aparte del icono eclesiástico, es muy entretenida toda la referencia que hay alrededor, pero también empieza a haber un germen, que cuando uno está escribiendo, a mí me pasó, que empieza a atacar el recuerdo. Por ejemplo, tenemos esta referencia al Old England Toffee, que es un comercial que yo dudo que lo haya visto en mi infancia, tal vez en mi infancia más pequeña, pero para mí ahí está la referencia chilena primaria de lo que es el extranjero, el gringo, hablando de escocés. Magdalena dice el diálogo tal cual lo dice el comercial. Hay harta referencia a series, a momentos y esto es hacerse cargo de esa referencia que encuentra complicidad con el público. «Margarina o mantequilla», que son comerciales emblemáticos de monjas. También, este momento musical que tiene esta lógica de Cambio de hábito, pero que no pasa por ese lugar, sino que nos lleva a canciones que no son religiosas, pero que pasan o bordean por la orillita porque dice «Jesús», esa es la lógica. Partimos cantando Aleluya y la gente pensará que es un lugar cristiano o no sé, alguna canción típica de la iglesia, sin embargo, es la canción de Cecilia, pero modificado su ritmo. Entra Juan Luis Guerra y empieza a atacar un mar de referencias musicales en ese lugar, que no son para nada cristianas, pero te llevan hacia ese ícono y te das cuenta de que, en el fondo, está todo en la punta de la lengua, está siempre ahí presente ese germencito.
Aparecen elementos que ya son más coetáneos nuestros, como Pokémon, que son nuestros pequeños “porque sí” para hacer estas distancias etarias entre una monja y la otra, y, sobre todo, yo creo que la referencia cultural más grande que tendrá es nuestro español, nuestro bello español coa que se sale de repente. Es muy entretenido verlo con estos íconos porque ahí es donde, yo digo, es que la gente es así, finalmente. Uno está con un uniforme y debajo de ese uniforme, debajo de ese disfraz, de este hábito, hay una persona común y corriente que tiene esas pretensiones, que habla de una forma, que se contiene de otra, que aspira a llegar a un lugar y que si los molestas mucho te van a mandar a la chucha tal y como te va a mandar a la chucha cualquier persona en la calle. Eso es muy entretenido para mí, ver estas tías, monjas, tirando chuchadas en la mesa y eso era disruptivo. Yo busco con la obra que repliquemos eso mismo y es entretenido porque se logra.
Hay otras referencias que no son tan ligadas a la misma iglesia, pero están estas correcciones de palabras que finalmente nadie sabe cómo se dice. Acá en Chile hablamos mucho de que “no caigo, no quepo” y son errores lingüísticos que tenemos todos acá, pero que a algunos les molestarán más que a otros. Uno siempre se encuentra referenciado o reflejado en alguno de estas aristas de los personajes y luego hay referencias desde la puesta. Está la entrada de Padre Félix, donde intentamos traer un poquito este germen de estos exorcistas, que llega esta autoridad máxima de la iglesia que no es necesariamente el Papa, sino que son estos tipos que ya son más bien sombríos, irrumpen en estos lugares y también es contradecir un poco este mismo dogma que te presenta la iglesia.
Creo que casi todos en el elenco estudiamos, o pasamos por algún colegio católico en algún momento, entonces, también levantamos esa idea. Yo me acuerdo una vez con mis compañeritos del colegio botamos la virgen de yeso sin querer y era como «o me compran otra virgen o me la arreglan». Terminamos arreglando la virgencita. Hay gente a la que sí le importa una virgen de yeso. Ahí surge toda esta trama y referencias que no tienen nada que ver con el mismo mundo eclesiástico, pero es entretenido. Hay referencias también a un par de escenas de unos sketches desfachatados, cosas que son mucho más contemporáneas, pero que están presentes en estos mismos instantes de confesionario, ahí ya entra la persona real, pensaríamos; qué diría yo sí estoy en esa instancia de confesión, tal vez no voy a poder medir la lengua y se me van a salir varias chuchadas y se van a poner curitas del otro lado porque nadie lo sabe, pero hay que mostrar ese otro lugar, pasar por esos lugares que finalmente son tan conocidos pero a la vez desconocidos y que tienen esa posibilidad de torcerse de mil maneras y que finalmente es muy entretenido.
Como director ¿Cuál es el mensaje que te gustaría que la audiencia se llevara después de ver esta obra?
Yo creo que la primera intención del teatro es entretener, entendiendo que fuimos o somos un medio masivo de comunicación aún, pero sobre todo entretención, entendiendo entretención, no necesariamente como la risa, sino como entre-tener un algo. Yo creo que quizás, lo que a mí, como director, me gustaría que la gente se lleve, es la experiencia más que el mensaje, que de verdad pasen un buen rato. A mí me da risa porque la gente después no se acuerda de cosas de la obra puntual, sino que se acuerda de chistes, se acuerda de tallas y yo creo que ahí también hay un punto ganado.
Es hermoso cuando alguien repite tu texto, pero a nosotros nos pasa como desde los otros lugares también, aunque nos ha pasado desde el texto. Entonces, yo creo que lo más bonito para mí, como director, podría llevarse la gente es la experiencia de venir a ver la obra, venir a compartir con nosotros, venir a pasar un buen rato. Yo creo que la obra tira para tantos lados que en algunos le achuntará a esa persona en particular y en algún momento van a sonreírnos desde el público, aparte que uno ve a todo el público, que eso es terrible, porque la iluminación es bacán porque es muy abierta, pero uno les ve la cara todo el rato, entonces uno va como siguiendo al público. Está este diálogo con la risa, que de repente hay que esperar un poquito porque no se va a escuchar el texto que sigue. Yo creo que es una experiencia completa.
Hace poco hicieron esta entrevista al público que me gusta verla y alguien decía “La Sagrada, qué es eso” o como “yo vi La Sagrada, salen las monjas y ya” y de repente te encuentras con una comedia que apunta hacia más lugares. También nos ha pasado al revés. Me imagino que ha llegado gente pensando que se trata de algo mucho más serio en contenido y se termina frustrando porque le salió el tiro por la culata de vuelta, pero hay para todos los gustos. Yo creo que es llevarse esa experiencia, venir a pasar un rato entretenido, reivindicar este teatro de comedias que la gente lo ve más distante, lo ve menos serio, lo ve menos importante, lo ve menos teatro, menos teatral y por eso nosotros siempre, o yo sobre todo, intento reivindicar en el lugar de La Sagrada, porque yo creo que es una comedia y no pretende ser más que eso. Es una comedia para venir a pasarlo bien, para venir a recibir un mensaje desde otro lugar. Somos un elenco que lo está pasando la raja, en una obra que parece que la gente también lo pasa la raja, entonces es venir a pasarlo a la raja, pero es entretenido y es entretenido porque incluso la gente que ha venido como media reticente al montaje termina pasándolo bien. Uno se da cuenta de este teatro para artistas, para actores que estamos tan acostumbrados a ver o hacer, no es tanto lo que la gente común y silvestre quiere ver. Para mí el público más importante siempre va a ser la familia y que vengan las familias a verlo, que vengan las abuelitas y entiendan la obra, para mí es mucho más interesante, más entretenido.
Los invoco a venir a vernos para que nos pelen con razón. Para mí que vengan los vecinos y que llegue la gente que realmente no va tanto al teatro es muy entretenido. Hay mucha gente que ha venido al teatro después de mucho tiempo, llega a vernos a nosotros y sale encantada, con ganas de ver más teatro. Yo creo que esa es la invitación que nosotros tenemos que hacerle a la gente, reencontrarnos y qué mejor que reencontrarnos con algo entretenido, hablo por mucha gente, pero yo creo que ese es mi punto de vista.
Además, vamos a tener funciones en la sala de teatro de La Universidad Mayor, en abril, vamos a tener Pulp, que es otra obra que escribo y dirijo yo, y en junio vamos a estar con Requisitos, que es una obra que escribe y dirige Javiera Barrientos, que es la otra directora de la compañía y ahí actúo yo también. Ambas están enmarcadas en nuestras comedias de Gato Chino. Requisitos es una comedia pesimista que habla del tema inmobiliario, de pretensiones de los treintañeros que tenemos en estos momentos y Pulp es una comedia de acción que toma esta idea de tarantinesca de crímenes y lo tira hacia una comedia de acción, ambas en la sala de la Mayor por si se quieren dar una vueltecita, quedan invitadísimos.
FICHA ARTÍSTICA
Título: La Sagrada
Dirección y dramaturgia: Nicolás González Burgos
Asistencia de dirección: Sara Marambio
Elenco: Javiera Barrientos, Nicolás González, Magdalena Llanos, Mario Olivares, Maite Pino
Diseño sonoro: Octavio O´Shee
Diseño escenográfico y vestuario: John Álvarez
Diseño de Iluminación: Fernando Solis
Producción: Gato Chino
Coordenadas
Teatro Mori Bellavista
Del 19 de febrero al 14 de marzo, jueves a sábado, a las 20.30 horas
Entrada general: $10.000, Entrada estudiantes: $5.000
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