Por Ignacio Rubio
Juan Carlos Montagna no concibe el teatro como un acto de representación, sino como una experiencia de transformación. Actor, dramaturgo, director y creador del método psicofísico que ha desarrollado durante décadas, su trabajo escénico se sitúa en un territorio donde el cuerpo, la voz y la energía no ilustran un texto, sino que lo encarnan. Su trayectoria, marcada por estrenos en Chile y España, por la investigación constante y por una búsqueda estética radical, ha consolidado una propuesta que desborda los márgenes tradicionales de la escena.
En Fausto II, Montagna revisita el mito clásico no para repetirlo, sino para tensionarlo desde una pregunta inquietante: ¿Qué ocurre con el diablo cuando se queda solo? Lejos de ofrecer una continuación literal de Goethe, el creador construye una obra que dialoga con la pérdida, el despecho y la vulnerabilidad. El Mephisto que aparece en escena ya no es únicamente una figura de poder y manipulación, sino un ser desgarrado, atravesado por la ausencia y el duelo.
En esta conversación, el artista profundiza en las motivaciones personales que dieron origen a la obra, en la dimensión íntima que se filtra en su creación y en los principios de su método psicofísico. Habla también del Tarot como estructura simbólica dentro de la dramaturgia y de la decisión consciente de exponerse en escena desde el despojo. Más que una entrevista sobre una puesta en escena, este diálogo revela la manera en que Montagna entiende el teatro: como un acto vital, político y profundamente humano.
¿Cómo nació la idea de Fausto II? ¿Por qué decidiste inspirarte en este mito?
El mito de Fausto es un clásico, pero más allá de su condición literaria, hay un axioma que ya pertenece a la cultura popular: venderle el alma al diablo. La obra aborda la relación entre Mephisto, el diablo, que puede llamarse Satán o Lucifer, pero que para nosotros es simplemente el diablo en todo lo que simboliza y Fausto, quien se acerca a él para obtenerlo todo: juventud, poder, experiencia, logros. A cambio, le entrega su alma. Es decir, pierde su libertad.
Esta historia funciona como una gran metáfora. Todos los seres humanos tenemos ambiciones, deseos, queremos evitar la frustración, queremos ser atractivos, exitosos, millonarios. A Fausto se le concede todo eso, pero con un precio: un aprendizaje ético tormentoso. El diablo lo seduce, le concede lo que quiere, pero al mismo tiempo lo destruye. Finalmente, en el clásico, Fausto logra salvarse.
Primero realicé Fausto I, una versión muy condensada, casi ceremonial, presentada en espacios alternativos, con el público muy cerca. Era un resumen del conflicto central. En una de sus secuencias, el diablo, encarnado por mí, realizaba lo que llamo “los oráculos”: le decía cosas al público, leía su energía, su aura. Dramáticamente, eso mostraba a Fausto cómo aprender a leer a las personas. Pero también era un ritual performativo que yo quería hacer.
Años después surgió la necesidad de crear Fausto II: ¿qué pasa con el diablo cuando se queda solo? Fausto logra escapar, no le entrega su alma, y Mephisto queda abandonado. Ahí quise construir una metáfora no solo sobre la relación maestro-discípulo, sino también sobre el despecho, sobre el amor perdido. No es una segunda parte literal del libro de Goethe; es una continuación imaginada. Tomé fragmentos del texto original, pero desarrollé una pregunta propia: ¿Qué ocurre con el diablo cuando se queda sin su poseído? Además, quise incorporar el tarot en escena, algo que forma parte de mi vida profesional desde hace más de 21 años. Lo interesante es que muchas personas creen que, por mi experiencia, realmente “veo” cosas en ellas. Ese imaginario me interesaba teatralmente. En el fondo, Fausto II es, cada vez lo veo más claro, una historia de amor desgarrada.
¿Fausto II también una historia de amor?
Todos los creadores trabajamos con un secreto. Aunque adaptemos un clásico, siempre hay algo íntimo que se filtra. Fausto II nació en 2008. Fausto I lo estrené en 2001, en Madrid. Yo viví diez años en España. En ese momento atravesaba una ruptura afectiva muy dolorosa con un hombre más joven que yo. En nuestra relación se reproducía, de alguna manera, el vínculo entre Fausto y Mephisto: yo era mayor, su maestro, lo amaba profundamente. La ruptura fue devastadora. Y, casi al mismo tiempo, murió mi madre de manera abrupta. Todo eso ocurrió mientras yo estaba de gira en Chile. Volví a España profundamente afectado. Entonces apareció la necesidad de hacer esta obra. Por eso, cuando ves a Mephisto clamar a la madre y cantar ese blues, es un homenaje a la mía. El diablo comienza a volverse humano, derruido. Ya no es solo una figura sobrenatural; se confunde conmigo. Quise hacer una obra que integrara el Tarot, la pérdida amorosa, la muerte de mi madre y mi investigación psicofísica. No fue solo un gesto cultural; fue una necesidad vital.
¿De qué trata el método psicofísico y cómo lo reflejas en esta obra?
La palabra “psicofísico” no la inventé yo; incluso Stanislavski la utilizaba. Pero yo la adopté para nombrar mi investigación teatral. Es una metodología de altísima intensidad física, vocal, emocional y espacial. No se trata solo de representar, sino de encarnar, de transformarse. Aunque estamos en una ficción, el actor debe vivir lo que ocurre. Desde mi perspectiva, deben movilizarse energías reales. Es un trabajo de años, con ejercicios vocales, exploraciones personales y una profunda investigación sobre la respiración en estados extracotidianos. Puede recordar disciplinas orientales, pero no me basé en ellas: fue una investigación propia.
Mis obras buscan que el espectador no solo “consuma” teatro, sino que quede capturado, atravesado por la experiencia. En Fausto II, el espacio, como ese subterráneo en la Sala Máquina, también forma parte de la escenografía viva. El lugar no es neutro: es parte del rito.
Yo vi a Mefisto vulnerable. ¿Qué buscabas transmitir con esa transformación?
Quería mostrar que vivimos en una cultura de máscaras e impostaciones. Estamos normados por el poder. Mefisto se va desmoronando hasta llegar a la verdad de su ser. Cuando uno se enfrenta a esa verdad, que también es terapéutica, aparece otra forma de poder: más pura, más honesta. También había algo personal. Siempre he interpretado personajes poderosos, manipuladores, intensos. Quise experimentar en escena el despojo, el dolor profundo.
En el método psicofísico no puede haber mentira. Existe una relación directa entre tu biografía y el material performativo. Para que Mefisto se desarme, yo también debo desarmarme. Lo que el público ve no es solo actuación; es algo que me está ocurriendo. Quería vulnerarme a mí mismo en escena.
¿Cómo fue trabajar la performance con la lectura del Tarot y los Arcanos Mayores?
La puesta en escena fue concebida desde lo espacial, corporal y vocal. A diferencia de Fausto I, aquí los textos funcionan como un monólogo interno. Existen dos versiones de la obra; En una, participa Tomás Luna como el ánima de Fausto. No tiene texto, solo sonoridades y respiraciones. Me rodea, me observa, pero yo nunca puedo mirarlo. Es una metáfora de la clausura emocional: a veces no percibimos lo que nos rodea porque estamos sumergidos en nuestro propio dolor. En la otra versión estoy completamente solo. No hay otro performer. Debo crear energéticamente esa presencia ausente. Es más perturbadora.
Respecto al Tarot, quise integrar los Arcanos Mayores como parte de la dramaturgia. No es un recurso anecdótico; es estructura simbólica. El Tarot dialoga con la caída, la pérdida, la transformación. Se convierte en una herramienta dramatúrgica que tensiona lo ritual con lo teatral.
Ficha artística
Título: Fausto II
Dramaturgia y dirección: Juan Carlos Montagna
Elenco: Juan Carlos Montagna; Tomás Luna
Coordenadas:
Fecha: 12, 13, 21 y 22 de Febrero
Horario: 20:00 hrs.
Sala Máquina. Sofá. Santa Isabel 0151 (Metro Santa Isabel)
Valores: $8000.- Adultos | $4000.- Estudiantes, Vecinos y Tercera edad.
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