Por Anastasia Agüero
En el marco del Primer Festival de Teatro Factoría Franklin, conversamos con Carolina Díaz, directora y protagonista de Bosque Inútil: Manifiesto en defensa de la naturaleza nativa, obra creada por Inútil Laboratorio que pone en escena una reflexión sensible y política en torno al territorio, el bosque nativo y las amenazas que enfrentan quienes lo defienden.
A partir de un proceso de investigación escénica desarrollado en diálogo directo con la naturaleza de Curarrehue, el montaje articula cuerpo, paisaje sonoro y espacio escénico para construir un manifiesto artístico que interpela la relación entre lo humano y lo no humano, así como las lógicas de producción que atraviesan tanto al arte como a los ecosistemas.
Esto fue lo que Carolina Díaz nos contó sobre el origen de la obra, su dimensión política y el lugar del teatro en la defensa del territorio.
Bosque Inútil es una obra que dialoga directamente con el territorio. ¿Cómo nace este proyecto y qué motivaciones estuvieron en su origen?
El origen de la obra fue en 2018, cuando yo había trabajado harto tiempo como asistente de dirección, productora y actriz en varias producciones. Sentía que había una forma de producir el arte que era muy atrapante, que es la lógica de los fondos de cultura a los que pueden postular los artistas emergentes e independientes. En esa época no existía el fondo de residencias artísticas, que es un fondo que se sale un poco de esta lógica de pedirte un producto. En esa lógica tienes un tiempo acotado, fondos acotados, y tienes que hacer obras que más o menos se vendan, que sean taquilla, o no cobras. La investigación y el tiempo de montaje están orientados a producir una obra. Yo me sentía con mucho malestar, no solamente por ese sentido de producir el arte, sino también porque estaba muy autoexplotada, trabajando en todo lo que podía y sin siquiera subsistir muy bien ni sanamente.
Empecé a leer a Byung-Chul Han, el filósofo coreano, que habla de El aroma del tiempo y La sociedad del cansancio, y me hizo mucho sentido. También estaba leyendo a Gastón Soublette en esa época. Leí una frase que dice algo así como: “¿Desde cuándo empezamos a llamar a la naturaleza recursos naturales y a los humanos recursos humanos?”. De hecho, esa frase quedó en la obra. Yo sí me sentía un recurso humano y sentía que la naturaleza estaba productivizada, y yo quería navegar en el arte desde la acción de investigar cómo sucede la creatividad. Entre esas lecturas y ese malestar —que fue justo antes del estallido social— sentía que todo eso se iba acumulando en mis células.
Entonces llamé a un grupo de estudiantes recién ingresados —de hecho, uno de ellos fue el actor que viste en la obra— y les propuse irnos a la montaña. La pareja de una amiga tenía un terreno en Curarrehue, en la Araucanía, cerca de Pucón, hacia la cordillera, donde se podía ir. No había señal de celular, había agua, cocinábamos con fuego. Les dije: “Vamos a hacer prácticas en medio de la naturaleza”. Bailábamos entre los árboles, hacíamos improvisaciones sin celular. Les dije que llegaran a Curarrehue y que un vecino los iba a buscar en camioneta. Yo no tenía señal y ellos tampoco. Empezamos a danzar y a hacer prácticas que después se llamaron Prácticas Inútiles. Ese fue el primer fondo que ganamos con Inútil Laboratorio, que fue llamando a colaboradores.
Después conocí a Claudio Zorena, a través de la Municipalidad de Curarrehue, porque me dijeron que era un gran actor, y le hablé para comentarle de mi propuesta. Él tenía una gran trayectoria en las artes escénicas y un espacio en la montaña, y ahí, con él, profundizamos estas prácticas. Nos ganamos un fondo de Artes Escénicas de residencia para investigar sin ningún objetivo más que comprender la práctica del actor y la inspiración de la naturaleza.
Yo estaba con la pregunta de cuál es la voluntad creativa de la naturaleza, cuál es el impulso natural para crear de un ser humano. De ahí empezaron a salir materiales y le propuse a Claudio hacer una obra. Así escribí Bosque Inútil: Manifiesto en defensa de la naturaleza nativa, porque las prácticas habían surgido del territorio.
Empezaron a aparecer conversaciones sobre las especies nativas, pero también sobre las amenazas: la quema de bosques, la extracción de minerales, la militarización de zonas como Lautaro, donde estrenamos la obra. Quise hacer un homenaje a las especies nativas: aparece el puma, el espíritu del bosque, porque yo también estaba muy influenciada por Miyazaki, por La princesa Mononoke y por la idea de personajes no humanos. Yo quería hacer personajes así, porque sentí al espíritu del bosque cuando estuve en la montaña. Quería hacer algo inspirado en eso y en todas las amenazas que uno sabe que existen ahí. Intentamos hacer una investigación con respecto a eso, pero los medioambientalistas no quisieron hablar debido a la exposición que esto conllevaba para ellos y porque es muy peligroso.
Esta obra es como un tic-tac de cuánto tiempo queda antes de que la depredación contra las especies nativas avance más. Es una obra muy inútil, como dice el título, pero también una especie de memorándum, un homenaje en vida a esa naturaleza que todavía existe, con la esperanza de que los pequeños actos comunitarios puedan hacerle frente a esta amenaza constante.
El título incluye la idea de “manifiesto”. ¿Qué declaración o urgencia sentías necesario poner en escena con esta obra?
Era denunciar, por un lado, todas las muertes que han quedado impunes de los medioambientalistas. Ahora tenemos el caso de Julia Chuñil, que aún no se sabe si es un montaje o no. En ese momento estaba muy presente el caso de Macarena Valdés, que fue muy triste porque supuestamente fue encontrada suicidada, pero hay muchos testimonios que indican que no fue así. Era hacer una denuncia de todos estos casos.
Pero también mandar un pequeño mensaje esperanzador, aunque a mí me cuesta un poco. Mostrar que las comunidades organizadas han logrado mantener a raya el avance depredador de empresas y personas corruptas. Que sí hay posibilidad de tener gente no corrupta en el poder y comunidades organizadas que se informen bien. Hoy no es tan fácil llegar y ofrecerle dinero a una persona rural incomunicada, porque con la comunicación, la organización y la información se puede mantener la resistencia comunitaria. Ese era el mensaje del manifiesto de Bosque Inútil.
En la obra conviven el cuerpo, el paisaje sonoro y el espacio escénico como un todo. ¿Cómo pensaste esa relación entre naturaleza, cuerpo y escena?
Es el resultado de la investigación inicial. Yo quería entender cómo funciona creativamente el cuerpo en un entorno natural. Pusimos el cuerpo en juego en la naturaleza y empezamos de forma muy rudimentaria: palos, coligües, piedras del río. Todo nos servía para improvisar. La escena surgió porque había un cuerpo dialogando con la naturaleza, improvisando, inspirándose en el movimiento de cada elemento. Nuestro cuerpo ya era naturaleza. Puede sonar hippie, pero es real. Uno entra en un trance, en un diálogo somático con el entorno.
En ese tiempo también estaba intentando descifrar la inteligencia somática: la inteligencia del cuerpo en relación con el entorno y la naturaleza. El cuerpo dialoga orgánicamente con el movimiento del follaje, del clima, de la montaña. Hay un texto que dice: “La montaña respira, está viva y me está hablando”, y eso es real. Empiezas a percibir con tu cuerpo esa sinergia con la naturaleza. Eso se traslapó naturalmente en la puesta en escena de Bosque Inútil.
La obra se construye a partir de las «Prácticas Inútiles» desarrolladas por Inútil Laboratorio. ¿Cómo fue ese proceso de investigación y qué lugar ocupa la noción de “lo inútil” en la creación?
Lo inútil y lo útil me traicionan todo el tiempo. Traer ramas a la sala de ensayo y preguntarse qué se hace con esto es hacer una práctica inútil: investigar la rama. Después la rama forma parte de la escena. Lo mismo con las rocas, con los palos, con los cuerpos. Todo empieza a tener una utilidad, pero desde la inutilidad. Es contradictorio, porque culturalmente todo nos empuja a ser útiles y productivos. Hacer el ejercicio contrario te desconfigura el cerebro, porque al final terminas haciendo una obra que entra en un festival y se vuelve “útil”. Pero el ejercicio fue al revés. Queríamos mover esa rama inútilmente para ver su gravedad, su relación con el cuerpo. Después quedó ahí, después descubrimos que era fuego. Fue un ejercicio muy orgánico, de descubrir cosas sin querer hacer una obra. La escena se fue construyendo así, como el espectador también la va descubriendo.
La obra también visibiliza las amenazas que enfrentan quienes defienden los ecosistemas. ¿Qué lugar ocupa lo político en Bosque Inútil?
Todo. Me han cerrado muchas puertas por ser tan política, pero es el precio de ponerse de un lado de lo que está pasando. Todo es político. A veces siento que hacer una obra en medio de tantos incendios es inútil, pero tiene sentido porque de eso se trata la compañía: hacer arte con sentido, elevar discursos que no son rentables. Defender la naturaleza no se sostiene económicamente. En los territorios rurales las personas están más expuestas, más vulnerables. Con toda la tecnología se sabe dónde están sus casas, quiénes son, y pueden estar más expuestos a ser atacados. Entonces uno pone al servicio lo que sabe hacer para visibilizar estos temas y hacer algo de justicia. No es suficiente, pero espiritualmente uno puede aportar. Quién sabe en qué corazones puede despertar una tranquilidad o una pequeña esperanza de que no estamos solos.
Desde tu experiencia, ¿qué rol puede cumplir el teatro en la defensa del territorio y en la construcción de conciencia comunitaria?
Yo soy una militante de la belleza, como Andrés Pérez. Es una forma de resistencia. Prácticamente es bastante inútil, pero también ser parte de la resistencia es estar haciendo pequeñas acciones, estar en los territorios y reunir testimonios. El teatro necesita presencia, comprensión del otro y trabajo en equipo; por lo tanto, puede aportar o generar puentes. No se trata de decirle a la gente “aquí te traigo algo nuevo”, porque la conciencia ya existe. Es más bien tomar de la mano a la otra persona y decirle “estamos en esta, no estamos solos”. En una sociedad que empuja al individualismo, el teatro recuerda que la comunidad todavía existe, que la empatía todavía existe, también hacia la naturaleza.
Bosque Inútil ha recorrido distintos territorios del sur. ¿Cómo ha sido la recepción de la obra?
Siempre ha sido muy hermosa. Siempre ha sido muy aplaudida. Se me acerca gente a hablar al final. Una vez se me acercó a hablar una Lonko. En postulaciones me han cerrado puertas, pero en otros lugares me reciben con los brazos abiertos. En la Araucanía, sobre todo en lugares más afectados como Lautaro o Victoria, que están militarizados y llenos de monocultivos, la recepción ha sido muy hermosa. La gente siempre nos agradece, nos pide que volvamos. Va público diverso: adultos, niños, familias. La obra se ha vuelto familiar. No sé por qué se infantilizó un poco; han llegado muchos niños de cinco años. No sé qué entenderán de la obra, pero la reciben muy gratamente. Así que siempre hemos tenido una hermosa recepción y lindos comentarios.
¿Qué significó presentarse en el Primer Festival de Teatro Factoría Franklin?
Fue muy hermoso. Es un espacio popular, independiente, y era el primer festival. Tuvimos la sala llena. Fue un honor traer la obra a Santiago, porque aquí no la hemos presentado mucho, y presentarla en un barrio popular como Franklin es muy bonito. Es un festival hecho a pulso, con apoyo de estudiantes de la Escuela de Teatro Popular de La Cisterna, con la compañía Le Popular, ex Teatro Godot. Es un espacio que reúne público diverso: gente que va por nosotros, otros que van por otra cosa y terminan viendo la obra, y eso me emocionó mucho. Personas que no sabían qué iban a ver y se quedaron. La recepción es distinta que en regiones. Aquí fue muy afectiva, y eso da a entender que las obras como ésta, y los espacios populares como estos, son muy necesarios y que hay que seguir resistiendo en esos espacios.
¿Qué te gustaría que el público se lleve después de ver Bosque Inútil?
Una hermosa experiencia y esperanza de poder continuar imaginando una utopía de seres humanos que existan en armonía con la naturaleza nativa. Es la última frase de la obra. Hacer un ejercicio de imaginación hoy es muy difícil, con toda la información terrible que recibimos a diario. Pero conectar con el pequeño poder que cada uno tiene para generar cambios prácticos, desde lo cultural, lo emocional y lo comunicacional, y ejercerlo.
¿En qué está trabajando actualmente Inútil Laboratorio y cuáles son sus proyecciones?
Siempre tengo muchas ideas. Estoy imaginando una obra musical para niños, junto al músico de Bosque Inútil, Martín Rica, que es multiinstrumentista y compositor. La obra se llamaría Tornasol, basada en los colores y en cómo cambian según la luz y la perspectiva.
También tengo ideas de obras inmersivas, de juegos, de creación colectiva de leyes. Inútil Laboratorio soy yo como directora y voy conversando con colaboradores. Es difícil mantener un equipo fijo, pero voy avanzando según las posibilidades de investigación y financiamiento.
Ficha técnica
Título: Bosque Inútil: Manifiesto en defensa de la naturaleza nativa
Compañía: Inútil Laboratorio
Dirección: Carolina Díaz Martínez
Dramaturgia: Carolina Díaz Martínez
Elenco: Carolina Díaz Martínez, Claudio Zorena
Diseño sonoro / Paisaje sonoro: Martín Rica
Música original: Martín Rica
Año de estreno: 2022
Duración: 60 minutos aprox.
Coordenadas
Fecha: Domingo 25 de enero a las 12:00 horas
Factoría Franklin
Franklin 741, Santiago
Barrio Franklin
Metro Franklin (L2 – L6)
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