Por Andrés Infante
Tras 47 años de docencia en la Universidad de Chile, el profesor y dibujante Jaime León regresa al Instituto Nacional para la exposición Mapamundi. León reflexiona sobre una educación que a menudo uniforma el talento y el dibujo como un lenguaje de resistencia que busca, ante todo, hacernos mejores seres humanos.
Hasta el 26 de abril, en el Centro Cultural CEINA estará Mapamundi, una exposición colectiva que reúne a 31 artistas de distintas trayectorias y generaciones diversas. En medio de esta destaca Narrativa visual, la selección de Jaime León.
En conversación con Culturizarte, el artista y académico habla de los desafíos de dialogar en una muestra tan diversa y profundiza en su visión del arte. A través de su experiencia, León nos propone entender el dibujo no como una técnica de representación, sino como un ejercicio meditativo de rescatar la individualidad.
¿Por qué fue usted el que dio el que dio el discurso inicial para la exposición de Mapamundi?
Fue más que nada por pertenecer a la categoría de exalumno del Instituto Nacional. Además, yo estuve 47 años haciendo docencia en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile y quien organizó esto, Enrique Matthey, me ofreció aquello, por esa doble instancia yo creo, porque ya no estoy haciendo clase, me jubilé. Entonces, fue como una cosa de amistad y además insisto en la categoría de ser exalumno del Instituto.
¿Qué se siente exponer en el lugar que lo vio crecer, en su instituto?
Yo podría decir que fue como una compensación o un ajuste de cuentas. Con cierta ironía lo digo, como lo dije en esa oportunidad, no fui un alumno destacado, todo lo contrario. En ese entonces, cuando llegué a sexto humanidades, el Instituto Nacional tenía solamente un sector de letras. El resto eran tres sectores biólogos y tres matemáticos. Con eso indica que la orientación del país no iba hacia las Humanidades y yo en las asignaturas, ya sea Biología, Física, Química, Inglés, Francés, etcétera, siempre fui alumno de exámenes para marzo. Dada la empatía que tuve con algunos compañeros, ellos incluso hasta me ayudaban a veces, dejando que les copiara algunas respuestas en pruebas. Pero sí se suscita que cuando estoy en quinto de humanidades, se abre la posibilidad de participar en la Academia de Teatro del Instituto. Ahí me di cuenta de que tenía habilidades o tendencias hacia todo lo que era creativo, que no era lo que se buscaba en el Instituto. No fui un alumno destacado. El Instituto me dejó una gran marca, sobre todo, en lo empático, en lo somático, en lo social. Me fui argumentando y ayudado, también, por la gran humanidad que había, tanto en los compañeros como en los profesores, que más allá de las asignaturas que impartían, entregaban también su modo de ser. Por lo que siempre me llamó la atención que hablábamos del profe de Historia, o la profesora de Matemática, o el profesor de Biología, para decir, no hablábamos de Biología, Matemática, sino que hablábamos de quién nos la entregaba, como una suerte de hermeneutas. Era muy importante quién hacía esa materia. Y eran los profesores, individuos, seres humanos empáticos, muy profundos, muy generosos, muy afectivos, eso fue lo que me nutrió.
Del instituto yo saco el nutriente personal, de las personas que estuvieron en mi formación, más que las asignaturas que impartían. De eso casi no me quedó nada, nada. Porque yo era muy somática, era pura emocionalidad. Cuando ingresé a la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, ya siendo alumno primero, me di cuenta de que estaba en lo que era lo mío. Y me fue muy natural, al punto que siendo alumno de segundo año me piden ser ayudante. Cosa que era impensable en un alumno que en las humanidades siempre dejaba exámenes para marzo. Era porque no se me estaba dando lo que yo requería. Con esto no quiero decir que haya tenido que tener como una suerte de privilegio. Pero esto habla de cuántas veces le imponemos a las personas que se ajusten a una estructura preestablecida sin ocultar cuáles son sus apetencias, sus con naturalidades. Y eso me ayuda a mí a tener un juicio crítico a esta educación que uniforma y no que atiende las capacidades individuales. Por algo las humanidades son lo que está como en retroceso. Vemos a las personas como oficiantes, trabajadores, pero no como individuos.
Mapamundi busca construir una suerte de geografía del arte ¿Qué lugar ocupa su obra, en este mapa, en esta geografía?
Yo en el medio, el conocimiento que se tiene de mí es por el lenguaje del dibujo. Hice esa clase durante muchos años, en el taller central de dibujo de la Universidad de Chile. Porque el dibujo es un lenguaje y Mapamundi habla justamente de una geografía. Y la geografía lo que tiene es su diversidad y no su unidad. El lenguaje del dibujo, cuando uno lo vive, lo permea, lo incorpora, se da cuenta de que en realidad no es una cosa direccional, no hay paradigma. Eso es lo maravilloso.
Hay mucha gente que se niega a la cosa artística porque dice: yo no sé dibujar. A todos nos enseñaron a escribir, no por ello todos somos literatos, pero sí sabemos escribir. Esta es una enseñanza que sí se puede aprender. El dibujo no es para servir a una representación más o menos virtual o mimética, para eso está la fotografía o está el cine. Si no que el lenguaje del dibujo lo que hace es facultar al individuo a poder expresarse con este lenguaje que lo pone afuera.
Pero no porque tenga un paradigma. Un buen dibujante no es aquel que necesariamente dibuja como Rafael Sanzio. Puede estar en las antípodas, pero se está expresando y por algo el arte, afortunadamente, tiene diversas especificidades. Hablamos del arte abstracto, este arte abstracto, todo lenguaje es abstracto finalmente, apunta a que no solamente es válido aquello que podemos nombrar conceptualmente. No es válido solamente lo que podemos describir porque si no, dejamos de lado un porcentaje altísimo que todo ser humano tiene y que es lo somático, que es tener percepciones que no necesariamente tienen que pasar por un lenguaje común. Por algo está la poesía. La poesía actúa con metáforas, de manera que no es una cosa práctica, funcional, pragmática. Y Mapamundi es eso. El cómo la geografía se enriquece cuando hay diversidad y no uniformidad.
¿Hay algún punto en común entre estos 31 artistas que exponen en esta muestra?
Es el lenguaje, si traemos a un castellano de la Edad Media, dificulto que le entendamos muy bien todo y él a nosotros. Y, sin embargo, hablamos el mismo idioma, la diversidad no se da de una manera gratuita. La diversidad se da cuando la cosa es diversa pero de una unidad, y la unidad es el lenguaje. La gran mayoría de los expositores de Mapamundi son profesores o alumnos de la Universidad de Chile, que sí tuvieron un contacto con el lenguaje.
Por ejemplo, a ti te enseñaron a hacer una A, a mí también me enseñaron a hacer la A, que es paradigmática, pero tu experiencia, tu modo, tu físico hace que tu A tenga una estructura diversa a la mía, pero no por ello deja de ser. El lenguaje es la apropiación de una entidad objetiva para que pase por la experiencia personal. Ahí se hace individuo. La unidad que hay en Mapamundi justamente es el conocimiento de ese lenguaje, que se ocupa diversamente, pero tiene esa unidad. Eso es lo lindo del lenguaje.
¿Las obras que presentó fueron diseñadas exclusivamente para Mapamundi?
No, yo tuve un problema traumatológico y me tuve que poner una prótesis en el brazo derecho, en el manguito rotador, que me dejó un año y tanto solo en recuperación del brazo. Por lo tanto, esas obras no fueron hechas especialmente para esto, porque recién estoy reinstalándome de nuevo con la memoria del cuerpo. Y aquí aprovecho de ahondar en ello.
Es muy bonito cuando el lenguaje se incorpora. Y cuando se te incorpora, tú tienes un manejo que fue aprehendido de hendidura y que el cuerpo guarda. Y por mucho que yo mental o cognitivamente sabía qué hacer, mi cuerpo no me respondía. Había perdido esa facultad, esa memoria, esa plasticidad. Eso fue lo que me ha tomado tiempo para recuperarla, que el cuerpo vuelva a ese manejo, a esa pertinencia en que se maneja ya desde el inconsciente, pero desde un inconsciente aprehendido, no de un inconsciente desconocido. Esas obras necesariamente tenían que ser obras hechas antes de este momento.
¿Este alejamiento producto de su lesión, le dio una nueva perspectiva, o una mirada?
Vino a ahondar algo que a mí siempre se me tuvo presente, en que en realidad uno aprende el lenguaje, en este caso puntual del dibujo, para ser mejor persona. Porque como es un acto reflexivo, por mucho que tenga acción gestual, entre paréntesis hay una frase muy linda de William Blake, el poeta que dice que el camino del exceso también conduce al palacio de la sabiduría. Eso viene a ratificar lo que los griegos ya hablaban de lo apolíneo y lo dionisiaco.
Toda esta experiencia, el trasfondo es ser mejor persona, ser reflexivo, meditativo, ser más contemplativo. Y este periodo en que no pude dibujar mucho, me hizo darme cuenta de que en realidad las cosas podían versar por otro lado. La conversación, dibujar sin dibujar, seguir teniendo el lenguaje del dibujo que es la apropiación en una bidimensionalidad, en cómo reducir tres dimensiones, y todo eso es un ejercicio muy meditativo.
Si fuéramos orientales tendría que decir que es como una suerte de Satori, es estar en una situación de contemplación y de experiencia pragmática del presente. Hay una poesía japonesa que es maravillosa que es el Haiku, que es pura presencialidad, no tiene explicación. No tiene ni explicación ni justificación, es estar presente ojalá con todos los sentidos abiertos.
Como un estado de iluminación, pero no en términos fantasiosos, ni de un esoterismo pasado por agua. Es presencialidad pura. Además que trabajamos con los órganos de los sentidos, artes visuales, donde comprometemos, no solamente la vista como órgano que capta, sino que está la suerte de sinestesia que también dije en la inauguración, es que cuando todos los sentidos se acoplan para una sola experiencia y los órganos de los sentidos siempre trabajan desde la no memoria.
¿Cuál fue el mayor desafío en dialogar visualmente con los otros 30 expositores, que tienen obras tan distintas a las suyas?
Más que nada, y vuelvo a la primera parte, es el afecto, porque me encontré con colegas, con antiguos alumnos, y más que nada es el decir, pertenecemos a una cofradía que seguimos actuando, por mucho que no nos hayamos visto, seguimos trayendo obras, seguimos ahondando en esta plaza pública que es el lenguaje del arte. Eso fue para mí lo más importante, reencontrarse en este lenguaje, por ser justamente contemplativo, toma mucho en consideración la presencia del otro y los modos del otro, que no necesariamente son los modos de uno, eso enriquece y hace que la diversidad sea plena en la individualidad de quienes la ejercen.
¿Qué buscar plasmar a través de su obra Narrativa visual?
Nada en concreto, por eso es que yo nunca le pongo nombre a lo que yo hago, porque no es transferible, porque si yo le pudiera poner un nombre, a lo mejor me podría dedicar a la narrativa literaria, y por eso que forzosamente tuve que poner el nombre Narrativa visual. Pero cuando yo comienzo a trabajar, no busco nada, nada concreto, busco que el lenguaje se haga cargo de lo que yo estoy observando. Esto es como llevar todo a pesos y medidas, por así decirlo, y siempre a mí me llamaba la atención, y me llamaba la atención hasta que pude racionalizarlo, cuando se me preguntaba qué pesa más, un kilo de fierro o un kilo de algodón, y yo obviamente decía un kilo de fierro. Sin embargo, cuando yo me dedico solamente a pesos y medidas, el resultado interpretativo, puedo tener injerencia en ver cosas que no propuse, porque dejé que el lenguaje, dejé que los pesos y las medidas actuasen. Obviamente, trabajo con la figura humana sobre todo, porque, somos nosotros mismos, y somos en apariencia una complejidad que guarda mucho con lo psicológico, con lo esencial. Por eso me interesa como modelo. Pero me es un modelo, me es un pretexto para instalar el lenguaje.
¿Siente que tal vez el arte actual ha perdido esta presencialidad un poco emocional?
Sí, pero a lo mejor es lo que busca. En un principio uno tiende a ser más conservador, pero en la medida en que va madurando, en que va creciendo, en que va siendo mayor, se da cuenta de que los modos se enriquecen cuando se enriquece esa diversidad. Yo recuerdo haber tenido mucho freno en un principio por esa suerte de conservadurismo, frente a obras de Giacometti, por ejemplo, estas esculturas de estos individuos largos, largos, que no guardan relación con una anatomía normal, pero que, sin embargo, hablan del concepto del existencialismo, de este vacío social, de esta pérdida de sentido, que lo habla mucho Víctor Frankl, el psiquiatra, que habla de la logoterapia. O no podemos exigirle al arte, insisto, que sea táctil, visible, emocional. Es la expresión de los individuos y que también son parte de esta fenomenología social. A mí puede no gustarme, a lo mejor no tendría una obra en mi casa. No por ello no dejo de entender su propuesta, pero que no es la mía. Tampoco pretendo ser un misceláneo que guste de todo, porque también no sería cierto. Me es más empático aquello que yo puedo visualizar y en esa cosa visualizada, en este caso la figura humana, encontrarme con estas reverberancias que, más allá de su sola presencia, están dando. Y no estoy tan adscrito a otro tipo de arte, como las instalaciones, o el arte, el videoarte, u otras líneas mediales. No desconozco que son sustantivas. Pero, por ejemplo, en la música selecta a mí me gusta mucho el periodo clásico, el periodo romántico y no el concreto.
No me gusta la comida francesa, la cocina francesa, que es obviamente espectacular, pero me gusta más la enjundia de una comida más criolla. Son gustos personales que no vienen a decir que esas se otorgan en verdades absolutas. Llega un momento, en que uno se da cuenta de que es un segmento, un fragmento, un todo, donde uno no puede tener sino su verdad. Y que esa verdad no es transportable ni imponible. Es la verdad con la cual uno se codificó para poder andar, sabiendo que hay muchos otros andares tan válidos como el nuestro o como el de uno.
¿Cómo definiría el estado actual del arte contemporáneo?
Está en crisis, pero yo creo que siempre estuvo en crisis, siempre. Es que no hay nada consolidado. Nosotros hoy en día miramos a los impresionistas clásicos colgados en los museos. Hay que ver lo que ocurrió con la academia, que era lo que se estaba dando, y sobre todo en Francia. Y la palabra impresionista viene de impresión, que fue un concepto peyorativo que le dieron a esos pintores. Porque decían, aquí no hay nada. Acostumbrado a la academia. O con la música, cuando Stravinski estrena su pájaro de fuego, la gente salía de la sala, y hoy en día es un clásico. El arte siempre está merodeando en una experiencia que no ha sido constituida como un objeto. Por lo tanto, no es utilizable. Siempre está carcomiendo el establishment, carcomiendo lo establecido, pero no con un afán de molestar o de incomodar, sino que porque siempre está en diálogos con una otredad. Esto me trae a colación una frase muy linda de Lorca, que dice: «El misterio nos hace vivir, sólo el misterio». Y el arte, por esa sensibilidad junto con la religión y la filosofía, están siempre conectados a ese misterio. A ese misterio que no está allá, que cuando éramos niños lo teníamos acá, en nosotros, porque teníamos muchas percepciones, que una educación radicada solamente en lo cognitivo nos fue desalojando esas experiencias que como cuerpo tenemos.
¿Tiene algún mensaje, dirigido a futuras generaciones de artistas, en torno a salir de esta crisis que menciona?
Yo más que nada diría fortalecerlo, porque en crisis siempre ha estado en crisis. Por eso los artistas son generalmente desalojados. Platón lo desalojó de su república, una república muy racional. Los artistas siempre son, para la gente que es más conservadora, esos loquillos. Pero no lo es, no lo es en absoluto. Yo creo que lo que podría decir es que las personas que sienten tempranamente que tienen esa inclinación, que no tengan temor de cultivarla, de aprenderla, de caminar por donde han caminado otros que han tenido esas mismas aptitudes.
Yo creo que el arte enseña al ser humano el darse cuenta de que somos una experiencia que se está dando siempre en sí misma. Y que todo lo otro es el velo de malla, por así decirlo. Todo lo otro que funciona es lo ilusorio, porque la realidad es mucho más profunda y está siempre aquí, siempre la experiencia está aquí. No hay que esperar, está siempre dada en donde uno está. Es no cesar en lo que se siente.
Ficha técnica
Título: Mapamundi
Artistas: Exposición colectiva de 31 artistas visuales (Adolfo Martínez, Ariel Ortega, Boris Jiménez, Catalina Donoso, Catatte Tapia, César Gabler, Constanza Urrutia, Cristián Silva, Enrique Matthey, Felipe Parada, Francisca Medel, Gabriel Iñaki Uribarri, Ignacio Gumucio, Ignacio San Martín, Jaime León, Jorge Cabieses, Leonardo Murialdo, Mabel Sepúlveda, Magdalena Atria, Marcela Serra, María Karantzi, María de los Ángeles Cornejos, María Jesús Schultz, Milena Gröpper, Nicole Beaupuits, Pablo Ferrer, Pablo Rivera, Paz Escandón, Tomás Fernández, Tomás Rivas y Vanessa Fuentes).
Organización: Centro Cultural CEINA en colaboración con el Departamento de Artes Visuales de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile.
Lugar: Centro Cultural CEINA (Arturo Prat 33, Santiago).
Categoría: Artes visuales / Exposición colectiva.
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