Entrevista al director de teatro Cristián Plana: “Cada creador incomoda al espectador a su manera, con sus mejores armas”

 

Por Carla Alonso

Cristián Plana (40) es uno de los nombres fuertes de la escena teatral local. Se formó en el Centro de Investigación Teatro La Memoria, en Santiago, y ha trabajado como creador escénico en 20 montajes dirigidos por él. Este mes fue parte del Ciclo 10 Años del centro cultural GAM, contexto en el que regresó con la reposición de su obra Excesos -un montaje estrenado en 2019-, con los actores Alfredo Castro y Felipe Zepeda, en el Teatro La Memoria. Con una puesta en escena que sorprende e incomoda al espectador, Castro protagoniza cuatro textos del escritor chileno Mauricio Macquez.

Crédito de Foto: Loreto Gilbert

El montaje se sumerge profundo en temas como el deseo, lo sexual, la violencia y los juegos de roles, temáticas que de algún modo atraviesan toda la obra de Cristián Plana.

Como director te caracterizas por los montajes vanguardistas a nivel estético. ¿En qué sentido Excesos y tus obras anteriores recogen tu sello en la puesta en escena? ¿Qué tienen en común estos montajes?

Todas las puestas en escena que he creado, incluyendo Excesos, son realistas en cuanto a su severa subordinación a las condiciones de producción en las que han sido realizadas. Como casi siempre los presupuestos de producción independiente con los que he trabajado han sido muy bajos, me ha tocado habitar y fascinarme por una especie de “estética de lo arcaico”. Esto se traduce en la creación de relatos sintéticos, breves parlamentos para los actores, lo que permite ensayar no más de dos meses con ellos.  Asimismo, la materialidad de los montajes se vuelve esencial y precaria.

En una entrevista pasada, en Culturizarte, dijiste que “nuestra época carga todas las épocas, no somos un momento de la historia independiente, estamos en constante reflexión y debemos siempre ponernos en crisis con el hoy”. ¿De qué manera tus obras nos hablan del contexto actual y hacen “crisis con el hoy”?  

Cuando decía eso me refería a que siempre es más fácil criticar las obras “antiguas”, ofenderlas, tildarlas de añejas y pasar por encima de ellas, en un acto arrogante, a mi parecer, como director. Sin embargo, pocas veces hacemos el acto humilde de enfrentarnos de verdad a esa obra escrita en otra época y ver cómo nos pone en crisis con nuestra realidad.

En mi trabajo, desde lo arquetípico, puedo hablar de un hoy que se contacta con un principio, un origen, que es universal y que nos ha seguido a lo largo del tiempo, así como el embrión sigue actuando en los tejidos de nuestro organismo ya adulto. El arquetipo del militar, encarnado por Alfredo Castro, no requiere presentación ni descripción tridimensional: es un sujeto social que habita en el inconsciente colectivo chileno y es una imagen que habla desde su sola presencia.

También has señalado que “si un artista no es remecido por lo que él mismo hace, no vale la pena hacerlo”. En Excesos se puede ver al personaje de Alfredo Castro “remecido”, quien logra traspasar eso al publico. ¿Cómo consigues eso, en la dirección actoral, en tus montajes?

Creo que el espíritu de lo que uno quiere llevar a escena se logra traspasar a los actores con una claridad tácita, que se expresa no sólo con palabras directas sino desde el oficio total que le compete a uno como director -sugestiones, imágenes, tiempos, reminiscencias, contingencias, etc.-, y que se vuelve evidente en el momento en que ellos, los actores,  saben más que uno, que es director. ¿Qué saben? Un misterio.

Estoy de acuerdo con que Alfredo Castro logra remecerse y proyectar eso al que mira la escena, pero desde una estética de la cual sólo él es dueño y es secreta. No me deja de sorprender su gestualidad como actor, en el amplio sentido de la palabra, tanto en el plano físico como mental. También me han remecido sus gestos como director teatral, tanto, que me impulsaron a dedicarme a esto antes de salir del colegio.

Asimismo, en la obra, el actor Felipe Zepeda logra trazar la escena con una identidad inédita, abriendo una dimensión interpretativa profundamente poética.

En Excesos todo el relato recae en una voz en off en prosa poética y también destacan otros sonidos grabados, que la transforman a ratos en una experiencia sensorial. ¿Qué rol juega el sonido? ¿Por qué decides que el protagonista hombre-mujer no hable durante todo el montaje y su lenguaje sea más bien corporal?

El rol del sonido, a cargo de Damián Noguera, es fundamental en Excesos, ya que la palabra hablada debía proliferar en el espacio a lo largo de la obra. El personaje nunca habla con su voz teatral en vivo, porque el desafío era cómo instalar en la escena el rol de la mente, de su pensamiento, que discurre internamente. Su monólogo interior que, por convención, nunca es audible.

La dimensión sexual de los textos  

En Excesos hay un tema relacionado con lo sexual más explícito que es crudo, al punto de llegar a incomodar al espectador. El tema sexual está presente también en tu obra No despiertes a los niños y en otra protagonizada por Jesús, María y José. ¿De qué manera este tema y el juego de roles es transversal a tu obra?

La sexualidad y la violencia siempre han estado vinculadas. La escena a la que haces referencia pertenece a la novela de escritor chileno Mauricio Wacquez Frente a un hombre armado y narra un sueño del protagonista, donde dos versiones de sí mismo se encuentran: el sodomizador y el sodomizado. El primero posee al segundo, lo golpea brutalmente, abusa sexualmente de él y al final el segundo lleva a cabo su venganza ominosa: muerde los genitales del primero en el momento de su orgasmo.

Esa sexualidad parece grotesca, exagerada, falsamente literaria. Pero no es así, porque en el plano de la sexualidad las escenas reales y soñadas pueden ser de una bestialidad que no se pueden narrar. Pasa que no lo sabemos mucho porque la sexualidad siempre ha sido algo de lo que casi no se habla.

El tema de la sexualidad existe a priori en las obras que he llevado a escena; no lo he inventado, no es un antojo perverso de dirección. Lo que he hecho es hacerme cargo de esa dimensión sexual de los textos. Es verdad que siempre me ha fascinado la escritura que gira en torno al erotismo, tanto en la literatura como en la filosofía, y por lo mismo he intentado traducir dichas ideas a la escena y a los cuerpos que la habitan.

¿Hay una intención o decisión a priori de incomodar al espectador con esta rudeza en torno a lo sexual que se puede ver en tus obras? 

La intención de incomodar uno puede percibirla en cualquier artista, entendiendo que la creación siempre se gesta en un deseo de rebeldía. Ahora bien, cada creador incomoda al espectador a su manera, con sus mejores armas, o mejor dicho, con las únicas que posee. Algunos son conscientes de su provocación y articulan un discurso muy coherente. En mi caso no, mi intención no es consciente, para nada. De hecho, cuando lo es, me da un pudor tremendo y renuncio a esa idea. Las decisiones rudas que tomo como director son ineludibles porque responden a una necesidad vital, sin la cual no tendría sentido mi oficio. Además, la vida siempre me ha resultado muy incómoda.

¿El teatro debería ser un lugar para incomodarse como espectador?

Ya es incómodo el hecho de sentarse en un teatro: un lugar oscuro donde estamos solos, en el sentido de que se interrumpe la comunicación con el mundo, y en el que debemos permanecer silenciosos. En Excesos el público se enfrenta a una adaptación de textos literarios que no han sido escritos, como la dramaturgia, para ser representados. Hacer pública la voz de un escritor implica invadir la zona íntima en la que se despliega el acto de la lectura, un acto silencioso y solitario por regla. En la obra Excesos se desvanece ese límite inaudible de la lectura, se exhibe al espectador una escritura obscena que debiera haber permanecido oculta, como lo ha estado durante décadas la literatura de Mauricio Wacquez en nuestro país. Y digo oculta por no decir censurada, pues sabemos que el silenciamiento de un creador es una forma de censura.

María Magdalena y la orfandad de las artes escénicas

¿En qué estás trabajando ahora? ¿Qué puedes adelantar de tus próximos proyectos en teatro?

Estoy pensando la puesta en escena de un texto escrito por el dramaturgo chileno César Farah, que gira en torno al personaje bíblico de María Magdalena. Por ahora las lecturas son bien dispersas, partiendo por la Biblia, pasando por José Saramago, Georges Bataille y Nancy Qualls-Corbet.

Pero no se trata de una obra histórica, sino más bien de una alegoría contemporánea sobre esa mujer, que aparentemente fue la primera elegida por Cristo para expandir su visión sobre el sentido humano. Pero ella fue acallada y tildada de loca por parte de los doce apóstoles. Estoy leyendo sobre ella para poder configurar mi propia lectura y poner en crisis dicho relato con los días en los que estamos.

Respecto al escenario actual, en el que los trabajadores de las artes escénicas están pidiendo más apoyo gubernamental para no verse afectados por el cierre de salas y la suspensión de temporadas, ¿cuál es tu visión al respecto? ¿Qué hace falta?

El apoyo gubernamental tiene que venir para todos los sectores de la población que se vean realmente afectados económicamente por este contexto de epidemia global. Que las salas y compañías de teatro tengan subvención permanente del Estado suena maravilloso. Pero lo que desgraciadamente se hace patente hoy, en el ámbito de las artes escénicas, es el estado de orfandad: los directores estamos huérfanos, los actores están huérfanos, los diseñadores, los dramaturgos y las salas de teatro independiente también están huérfanas. Nadie se hace cargo de nadie, no hay a quien reclamarle nuestra pensión alimenticia retroactiva, eterna.

Quizás nos caiga en estos días un modesto bono de $50 mil desde las manos del “solidario Leviatán”, esta bestia marina que describe el Antiguo Testamento. Porque las productoras independientes, las fundaciones artísticas e incluso algunos teatros institucionales, que son los que reciben y administran aportes estatales y privados, no hacen mucho por los creadores que sostienen a sus empresas. Como en un orfanato, les dan lo justo para sobrevivir, pero no los escuchan de verdad ni los toman en serio. Lo he visto y vivido, y es bastante triste y desolador.

Obras de Cristián Plana:

Hijo póstumo (2002); Werther (2003); Mi madre (2005), Partido (2008); Comida alemana (2009); Almagro (2010); La señorita Julia (2011); Velorio chileno (2012); Castigo (2013); Paso del Norte (2014); Proyecto de vida (2014); Gastos de Representación (2014); Bendita sea tu pureza (2015); No despiertes a los niños (2016); Dioses suicidas (2016); Locutorio (2017); Nostalgia (2017); Idiota (2018); Yo soy el cartón que hace que la mesa no cojee (2018); y Excesos (2019).

 

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