Por Victoria Bustos Arancibia
Polvo serán, la obra más reciente del realizador catalán Carlos Marqués-Marcet, se instala con firmeza en la encrucijada entre la vida y la muerte, entre el amor y la despedida, y entre el silencio y la música. En este musical trágico y romántico, la muerte asistida provoca sentimientos que se reflejan como actos coreografiados, no como evasión, sino como una expresión íntima e inevitable adecuada a sus protagonistas.
Coescrita junto a Clara Roquet y Coral Cruz, la película toma como punto de partida el inminente final de Claudia (Ángela Molina), una artista de las tablas veterana diagnosticada con una enfermedad terminal. Decidida a no sucumbir a una agonía prolongada, decide viajar a Suiza para acogerse en la eutanasia. Flavio (Alfredo Castro), su compañero de vida de quien se entiende que llevaba una profesión en el mismo rubro, opta por acompañarla… hasta la muerte. La hija de ambos, Violeta, es la más afectada como testigo accidental de esta despedida doble, quien se encuentra entre el deber y el desconcierto al que se somete sin querer, cuando decide dejar su trabajo en una orquesta por otro laburo que le permita cuidar de su madre.
El título, tomado de los versos del poeta Francisco de Quevedo (“su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”), es más que un guiño poético, es una brújula ética y estética que estructura la cinta en tres actos y la dota de una dimensión literaria. Su realizador se vale de la imaginería barroca no sólo para embellecer la forma, sino para subrayar la inevitabilidad de la muerte como único destino aceptado, independiente de cuándo llegue. Lo que podría haber sido una tragedia convencional, Marqués-Marcet lo convierte en una propuesta visualmente innovadora: una tragicomedia musical donde los silencios se rompen con números de danza contemporánea de la compañía La Veronal, atravesados por la música de María Arnal. Es un largometraje que no huye del dolor y que tampoco le tema a la belleza del final de la vida.
Desde su apertura –un estallido de crisis psíquica transformado en ballet–, Polvo serán declara su singularidad. Cada número musical, aunque esporádico, actúa como una cámara interna que revela lo que Claudia calla. A veces, esos momentos funcionan como alivio, otras, como intensificación del abismo.
Ángela Molina se entrega al papel con la gracia que sólo una actriz de su recorrido puede ofrecer, y con la naturalidad que su propio personaje le exige. Su Claudia no es víctima, es autora de su propio final, protagonista incansable. Castro, por su parte, encarna con notable contención un Flavio inmutable, de ideas fijas y devotas, entre el deseo de no seguir viviendo en ausencia del amor de su vida o el deseo de marcar su propio compás, buscando validación sólo en su pareja, su musa. La relación entre ambos personajes, marcada por años de complicidad artística y emocional, se sienten en pantalla como un vínculo complejo, tácito, hasta poco desarrollado en términos de guion, pero salvado por una increíble colaboración entre los actores que le interpretan.
Uno de los aciertos del filme está en cómo plantea preguntas incómodas sin querer resolverlas. ¿Es un acto de amor seguir a alguien en su muerte? ¿O una forma extrema de terror a los cambios disfrazada de romanticismo? ¿Qué lugar ocupan los hijos adultos con vidas propias, cuando los padres deciden marcharse? A todas estas cuestiones se responde con escenas llenas de ambigüedad, a veces incluso con humor negro, pero jamás con certezas ni moralismo, menos con doctrinas espirituales o religiosas. Siendo esta mirada laica y lúdica sobre la muerte poco común y absolutamente necesaria de expresar.
Aunque la propuesta no está exenta de riesgos. El equilibrio entre los géneros que maneja (drama, el cine intimista, musical, ensayo visual) no siempre es perfecto, y al menos un número de baile y canto puede parecer desconectado. Además, la caracterización de los hijos previos al emparejamiento de Claudia y Flavio es superficial y escasa, entregando todo el peso de la historia al par principal, dejando con ganas de saber más, de adentrarse un poquito más en las heridas del pasado, las tensiones existentes o en el posible impacto posterior al acto, pero aquí el guion se resigna a sólo enfocarse en el amor presente. Lo que se puede entender como una reafirmación más del Memento Mori: al final da lo mismo cuándo, o por qué, si de todas maneras va a pasar, la pareja ha tomado su decisión.
Incluso en su desequilibrio, el relato mantiene una coherencia emocional y una apuesta estética que desarma a la audiencia que va a verla por el luto. Porque más allá de la eutanasia –tratada con seriedad, sin caer en el morbo–, Polvo serán es, de forma transversal, una película sobre la libertad: de morir cuando se desee, sí, pero también de vivir hasta el último instante que poseas conciencia y control sobre tu vida. En un tiempo en el que el tabú sobre el morir sigue tan presente, este relato propone mirarlo de frente, bailar con él, cantarle, soltar unas lágrimas y un par de risas a la vez… antes de la última nota.
Ficha técnica
Título original: “Polvo serán”
Dirección: Carlos Marques-Marcet
Guion: Carlos Marques-Marcet, Clara Roquet, Coral Cruz
Fotografía: Gabriel Sandru
Montaje: Chiara Dainese
Música: María Arnal
Sonido: Xavier Lavorel
Reparto: Ángela Molina, Alfredo Castro, Mónica Almirall
Producción: Lastor Media, Kino Produzioni, Alina Film, RTVE, Movistar Plus+
País: España (Coproducción con Suiza e Italia)
Año: 2025
Duración: 106 minutos.
Género: Drama musical
Participante de la Competencia Internacional de SANFIC 21, de 2025.