Teatro del Puente presenta la obra «Hay adiós sin despedida»

“Hay adiós sin despedida: aferrarse a la pena para no olvidar nunca las cosas que nos pertenecieron y no van a volver jamás.”

Los personajes:

“Hay adiós sin despedida” es una obra fragmentaria que entrelaza las voces de tres mujeres y la existencia de una niña que sólo aparece a través de los recuerdos de las otras. En el centro está Maite, la madre-pareja-hija que muere. Se hace presente como un recuerdo, un ensueño, una posibilidad, el “y si…” que queda siempre sin respuesta.

Mónica es la pareja de Maite, la no-madre de Natalia, la nuera poco querida de Elena. Lucha por la no-hija que cuidó toda la vida, que ama sólo como una madre podría amar. Se enfrenta a un sistema legal y familiar que no la reconoce cómo madre. A lo largo de la obra se sostiene al relato desde el dolor y el intento del humor, aferrándose a la memoria como única forma de permanecer junto a quienes ya perdió para siempre.

Elena es la madre de Maite y abuela de Natalia, representa la necesidad de continuidad y el miedo a la fractura, aferrándose a lo que tiene buscando ahí lo que ya perdió para siempre. Intenta reconstruir una idea tradicional de familia desechando los fragmentos que le parecen incómodos de la vida de su hija, negándose a aceptar la relación que tuvieron Maite y Mónica como pareja. Su amor, aunque cargado de control y culpa, también nace del duelo y de la imposibilidad de aceptar una pérdida antinatural: la de una madre que entierra a su hija.

Natalia, de cinco años, es el punto de unión entre todas. La niña que tenía dos mamás y que, sin saberlo, se arriesga a perderlas a ambas para siempre: una por la muerte y otra por la vida. Ella aparece sólo a través de recuerdos y relatos; es una figura sin voz propia en la obra, pero sumamente vital. Constituye la representación del futuro que las otras mujeres intentan proteger y reclamar.

El argumento:

El conflicto comienza a raíz de la muerte de Maite en un accidente automovilístico. Mónica y Elena se enfrentan en un juicio por la custodia de Natalia. Lo que podría parecer una disputa legal se convierte en una pregunta por el amor, la maternidad y el duelo. En un espacio donde lo real y lo imaginario se confunden, las mujeres dialogan con sus propias culpas mientras nos dejan entrever momentos claves de su vida como un presente reconstruido.

La obra transita entre el presente del duelo y el pasado del recuerdo, buscando un equilibrio entre los vínculos que persisten más allá de la muerte. La animita en el centro del escenario funciona como espacio simbólico y emocional: altar, tumba y testigo. Desde allí, las voces intentan reconstruir una historia que se deshace constantemente en su incapacidad de aceptar la muerte prematura de Maite.

Intereses temáticos: Duelo, maternidad y disidencia

La obra comienza con Mónica encendiendo velas frente a la animita de Maite. El duelo se instala desde que el espectador entra a la sala del teatro. Desde ahí, se va desarrollando cómo una pregunta constante sobre cómo lidiar con el dolor de la pérdida por la muerte y la pérdida por la vida.

Maite muere y Elena, Mónica y Natalia deben atravesar el duelo de esa muerte. Pero antes ya existían duelos en proceso en sus vínculos. Elena atraviesa el duelo de rechazar la identidad de su hija, del negarse a que la persona que cuidó toda su vida establezca una relación amorosa con otra mujer. Para ella eso es inconcebible, lo que crea una distancia con su hija que termina drásticamente con la muerte de ella. Desde ahí, Elena busca eliminar de su versión de los hechos el vínculo de Maite y Mónica, para tratar de reescribir la historia de una forma que le permita amar nuevamente a la hija que la hizo sentir tan decepcionada. Elena manipula, con o sin querer, la biografía de su hija, para construir una versión a la cuál pueda aferrarse para sobrellevar este duelo antinatural. El dolor de una madre que pierde a su hija y que exige un nombre que le haga justicia a esta pena que siente, para que deje de sentirse tan fuera de lugar.

Mónica atraviesa el duelo en la relación que tiene con Maite, dándose cuenta de que quién ha amado tantos años nunca podrá darle lo que ella necesita. A lo largo de la obra vemos a Maite aparecer como un recuerdo y un pensamiento en la memoria de Mónica. Cómo recuerdo, encontramos la complicidad, el humor, la alegría de su relación y la opinión de la liviandad del vínculo. Cómo recuerdo, podemos ver discusiones álgidas sobre la forma de vincularse y sobre los dolores que cada una acarrea. La conclusión de esas discusiones pareciera ser siempre una respuesta de término que no se concreta por el deseo de permanecer juntas. Frente a la incompatibilidad, ambas eligen el silencio del duelo, el aplazar la ruptura un poco más con tal de no perder la vida que, sin querer, construyeron juntas. Ese duelo que atraviesa Mónica se ve interrumpido por la muerte de Maite, quién ahora ya no puede entregar respuestas ni admitir responsabilidades. ¿Cómo sobrevivir a la pena inmensa del duelo? ¿Cómo nombrar las cosas qué no tienen nombre?

La maternidad aparece en torno a la figura de Natalia, la hija. Sabemos que Maite es madre indiscutiblemente, ya que la llevó en su vientre. En la práctica, el rol de madre lo lleva activamente Mónica, quién ama y cuida a Natalia solo cómo una madre puede hacerlo. Pero no es su madre, no hay ningún papel y ninguna adopción legal que demuestre la tutela compartida entre ambas. Tampoco es su madrastra, pareciera que ese nombre no tiene cabida en esta relación. La ha cuidado toda su vida y, frente a la muerte de Maite, pareciera ser que los 5 años de cuidado ya no tienen valor ni en lo judicial ni en lo social, al menos, para Elena. Elena se aferra al vínculo sanguíneo con su nieta como prueba irrefutable de que, legal y socialmente, la niña necesita estar con ella. ¿Quién tiene derecho a ser madre? La tensión de este término aparece como una competencia de quién tiene más derecho para criar. ¿Qué pesa más? ¿El vínculo sanguíneo o el vínculo emocional? ¿Es acaso posible que uno sea capaz de anular al otro?

La disidencia aparece en la profundidad de los conflictos en la relación de Maite y Mónica, que van más allá del rechazo social y familiar de la relación: ¿Cómo nos permitimos observar los conflictos de una relación lésbica? El rechazo y la homofobia están siempre presentes y trascienden la esfera pública y privada de quienes son víctimas de ellas, pero no es el único problema que aparece en la relación. Los celos, los proyectos de vida diferentes, las responsabilidades que se precipitan y las hacen constituirse como una familia de forma prematura, la búsqueda de equilibrio entre la liviandad y el peso de la vida abren otras dimensiones de su vida en pareja que las vuelven más reales y atingentes a la experiencia de una relación amorosa no sana.

Contexto nacional y teatral:

En el proceso de escritura, aparece la necesidad de crear una narración que respondiera a una pregunta de escenificación que venía desde hace un tiempo. Históricamente, la representación de la disidencia en la literatura ha sido principalmente sobre la muerte y la represión. Ahí aparece el interés de contar una historia que tuviese como problemática principal una situación a la que se le sumara el hecho de que sus protagonistas tuviesen una relación, en este caso, lésbica. Es decir, que al conflicto principal pudiéramos sumarle cómo una capa más los conflictos intrínsecos de una relación homosexual, que vienen a nutrir de preguntas y contradicciones la trama principal, pero no son el enfoque narrativo principal de la obra.

En este sentido, cómo lenguaje escénico se trabaja con que el carácter lésbico de la relación no fuese el foco principal de la trama, si no que apareciera como una capa narrativa más que dialoga con la trama principal, sin llegar a definirla por completo, apareciendo capas de identidad personal que van más allá de la orientación sexual de los personajes. El lenguaje escénico busca apuntar a la normalización de la relación lésbica, que comienza a definirse desde el nacimiento del amor y el horror del duelo, para más adelante ahondar en las dificultades propias del rechazo social, familiar e incluso, propio, de su vínculo.

Hay adiós sin despedida es una interrogante sobre la imposibilidad de desprenderse del todo de las cosas que alguna vez amamos y ya perdimos para siempre. La maternidad, el amor y la memoria aparecen entretejidos en un mismo gesto: el de negarse al olvido.

La tensión entre el presente, el pasado y la imaginación construye la imposibilidad de los personajes de admitir sus pérdidas y negociar con su duelo. Los cambios de lenguaje construyen una experiencia sensorial y reflexiva que entrega preguntas sin respuestas fáciles. ¿Quién tiene derecho a ser madre? ¿Cómo perdonar a los muertos? ¿Cómo escapar del dolor del duelo? En este relato, la ausencia insiste en hacerse presente a través del pensamiento, el recuerdo y la humana necesidad de aferrarse a la pena para no olvidar nunca las cosas que nos pertenecieron y no van a volver jamás.

Ficha artística:

Dirección y dramaturgia: Sofía Contreras.

Codirección: Gabriela Grandy.

Composición musical y diseño sonoro: Camilo Caroca.

Elenco: Roque Artiagoitia, Matías Acevedo, Rosario Asenjo, Sofía Contreras, Gabriela Grandy, Ignacio Irarrázaval, Natalia Nagel, Tamara Quivira y Pascual Vera.

Diseño y técnica de iluminación: Romina Acuña.

Producción: Sofía Contreras.

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