“Tebas Land”: Explorando los Niveles de la Representación.

Crítica de Teatro

“Tebas Land”: Explorando los Niveles de la 
Representación.
Por Jorge Letelier F.

La metateatralidad que propone Tebas Land, aplaudida pieza del uruguayo Sergio Blanco, es la permanente reflexión en torno a los mecanismos de la representación, en cómo convertir el proceso de creación en la obra misma. Y para ello, sus dos dimensiones (la ficción y la construcción de esa ficción) se superponen de manera orgánica generando un relato de fronteras nítidas que progresivamente van superponiéndose.
Si en “La ira de Narciso”, pieza vista en la edición 2016 de Santiago a Mil, Blanco se sumerge en los vericuetos de la autoficción, o de la realidad del creador -él mismo- convertidos en materiales dramatúrgicos, en “Tebas Land” ese creador –alter ego suyo- expone su proceso de creación de una obra inspirada en un joven que asesinó a su padre de 21 estocadas hechas con un tenedor. Martín, el parricida (Lucas Balmaceda), está en la cárcel y el dramaturgo interesado en su caso (Freddy Araya), le cuenta a los espectadores su plan de acción: conseguir el permiso oficial para visitarlo en prisión, mientras presenta su expediente personal del caso.
El texto es concreto, informativo y como espectadores se nos muestra lo que ha investigado el dramaturgo, cómo va “pensando” la ficción y sus cruces con las inspiraciones que lo mueven: la figura del santo medieval San Martín, el semiólogo Roland Barthes, el mito de Edipo. Cuando el escritor conoce al parricida hay un desplazamiento del tono que hemos visto e ingresamos a otro nivel de “representación” (lo que podría corresponder a la “actuación misma”), y la puesta en escena nos muestra una celda devenida en cancha de basquetbol donde el interno practica con una pelota. Los espacios están claramente demarcados, donde esta celda es la puesta en escena y al salir, en su escritorio, el dramaturgo vuelve a escapar de este metarrelato y nos cuenta sus impresiones del encuentro y cómo va armando el futuro texto.
Estas dos miradas representacionales son expuestas bien demarcadas entre sí, tanto en la dimensión escenográfica como en la manera en que lo vemos. El dramaturgo se pregunta “cuándo se empieza a escribir un texto” mientras en una pantalla vemos parte de esos materiales. Los relatos representados son tensionados entre sí cuando aparece Federico, el actor convocado por el dramaturgo para encarnar a Martín, quien es encarnado por el mismo actor. Federico revisa el caso, hace preguntas, duda de poder interpretar de manera verosímil a Martín, mientras que en los encuentros en la cárcel, Martín no entiende que una tercera persona vaya a interpretar su vida cuando él fue el protagonista de los hechos.
La superposición de ambos niveles es lo más interesante del montaje dirigido por Lucía de la Maza. Porque la reflexión sobre los límites de la representación o sobre lo que es parte de la ficción y la construcción de esa ficción, genera una dinámica en que una conversación entre Martín y el dramaturgo en la cárcel, luego es ensayada por Federico y el autor para buscar las maneras de representar fielmente ese diálogo y llegar al punto exacto en que ese hecho (real) puede reinterpretarse. Así, como espectadores vemos las distintas búsquedas entre actor y autor para representar el crimen y al mismo tiempo, como el crimen se va analizando según el cuestionamiento al mito de Edipo, reflexión del que Martín también interviene, al poner en duda que haya sido un parricidio puesto que Edipo no era consciente de que estaba asesinando a su padre.
Todas estas líneas narrativas pueden parecer excesivas en sus cruces y reflexiones, pero el minucioso texto de Blanco lo hace ágil y nunca sentencioso, apoyado por dos actuaciones sobrias y bien integradas entre sí. En ese punto, el crimen y las razones por las que Martín lo cometió (la relación con el padre, el desprecio de este por su homosexualidad, la muerte de la madre) pasan a ser materiales vistos tanto desde lo moral como luego son parte de la búsqueda estética del autor, relacionando la pintura flamenca con las fotografías del crimen, o la imagen del padre muerto como una obra casi de fotoperiodismo.
Como obra replegada en sí misma, “Tebas Land” alcanza una rara claridad para nunca convertirse en un texto pesado y autista. Es indudable mérito de la escritura de Sergio Blanco, pero también del trabajo de adaptación local para que estos variados y complejos niveles de significación sean presentados de manera llana y expositiva. En este punto, la representación de la muerte del padre de Martín, escenificada tanto por su hijo como por cómo el actor logra imaginársela, es uno de los momentos más líricos del montaje, en cuanto exponen una idea de proceso creativo que es un juego travestido de realidad llevado a múltiples niveles de ficción. Y a la vez es un juego de espejos que nos interpela como espectadores preguntándonos desde dónde y cómo miramos lo representado.
Tebas Land
Dramaturgia: Sergio Blanco
Dirección: Lucía de la Maza
Elenco: Freddy Araya y Lucas Balmaceda
Diseño escenografía: Andrea Contreras

Asistente de dirección: Soledad Gaspar

GAM, Edificio B, Sala N1, 20:30 hr. hasta el 26 de agosto.

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