Werner Herzog en La ciudad y las palabras: “Hay que escribir con urgencia para que quede lo esencial”

 

Por Paulina Aldana

“El caminar comparte con el hacer y el trabajar aquel elemento crucial del compromiso del cuerpo y la mente con el mundo, del conocimiento del mundo y del cuerpo a través del mundo”.

Rebecca Solnit.

El 2018 será un hito histórico para el ciclo de charlas “La ciudad y las palabras”, programa dependiente del doctorado en Arquitectura y estudios urbanos de la Universidad Católica. Loreto Villarroel, organizadora del evento y heroína indiscutible, perseveró por más de una década y cumplió su palabra con la conferencia del cineasta, documentalista, productor, guionista y escritor Werner Herzog, el pasado 27 de noviembre. Una tarde inolvidable que congregó a más de 1000 personas en los patios de la FADEU en la facultad de Lo Contador.

18:00 h. Como el concierto más esperado del año, la previa destilaba expectación y emoción. Las filas fueron ocupadas, reservadas y negociadas rápidamente por los primeros asistentes. Los mismos que colapsaron el correo de inscripción inmediatamente después de leer la noticia en el diario La Tercera. Y con ellos los invitados de honor, una mixtura de personalidades académicas, literarias y de las artes visuales.

El sol no da tregua y la venta del libro editado por Hueders “Del caminar sobre hielo” (2017), con la traducción de Ariel Magnus, se vende como el último juguete de moda en la víspera de Navidad. Mientras, en las afueras de la casona, la cola para entrar se extiende por calle el Comendador hasta Carlos Casanueva: avanza lento bajo un sol cegador, pero la espera no doblega a los viejos y nuevos seguidores de Herzog, que, por herencia o interés propio, están a minutos de ser evangelizados por el realizador alemán. Es la hora presupuestada para el comienzo del evento. Aun no llega, no sucede nada, las cámaras y grabadoras están listas, algunos llevan audífonos para la traducción simultánea, otros esperan que las clases de inglés escolar sirvan de algo. Esperamos.

Con veinte minutos de retraso cuatro personas se acercan a contraluz, el auditorio comienza a murmurar, los celulares despiertan: fotos, fotos y más fotos de un hombre que resalta sobre los demás. Las miradas se posan sobre él, alto y erguido, con mochila al hombro y lentes para el sol: podría confundirse con un turista más, una calificación imperdonable para el soldado del cine. Los aplausos son espontáneos, muchos de ellos de pie para dar la bienvenida al flaneur por excelencia, al peregrino que aprecia las pasiones profundas y el comportamiento extremo escribe Rebecca Solnit en su aclamada historia del caminar “Wanderlust” (Huerders, 2015), y defensor acérrimo del acercamiento etnográfico ≪el mundo se revela a aquellos que viajan a pie≫ sería una de las muchas frases inolvidables, que, en forma de mantra, fueron predicadas en esta clase magistral.

Fernando Pérez inicia la presentación mientras, de pie tras él, Herzog acerca un par de vasos y sirve agua para ambos. Un gesto de amabilidad y humildad que se repite a lo largo de toda la conferencia. La espera se había hecho eterna, y solo escuchamos las palabras finales de Pérez ≪un hombre de muchos talentos y oficios con una visión única de nuestro mundo, nuestras ciudades y paisajes (…) y el día de hoy nos privilegia con su presencia≫. Es su turno.

Sentado junto a su mochila, comienza su presentación sobre su último proyecto en curso; un documental sobre Bruce Chatwin para la cadena BBC. En la órbita de la ciudad y las palabras, Herzog ahonda en la importancia del lenguaje y la protección del legado cultural de las comunidades y pueblos originarios. Con vehemencia reflexiona sobre la protección de las lenguas orales, el patrimonio de quienes nos precedieron y el vínculo que nos une a ellos. Tal como en sus filmes su voz nos captura y es el vehículo de una prosa que emerge con naturalidad y lucidez.

El mundo de Herzog tiene algo de épica y está lleno de simbolismos. El mejor ejemplo de ello es el peregrinaje de Múnich a Paris, en la década del 70, como ofrenda para su amiga, Lotte Eisner. Un trayecto de 20 días a pie, el que posteriormente se convertiría en el libro “Del caminar sobre hielo”: un encuentro con la naturaleza, la soledad y la escritura como única compañía. Y así como nos hizo parte de su peregrinaje de Alemania a Francia, hoy nos regala algo más. La historia detrás de la mochila que lo acompaña desde 1989, objeto y símbolo de su amistad con Chatwin, y el compromiso que carga con ella.

Cuando estaba grabando en el Sahara, Bruce quería que lo visitara en el sur de Francia. Cuando llegué su esposa me dijo ≪no te asustes, él está muy ocupado muriendo, no temas cuando lo veas≫. Al verlo no quedaba nada de él, solo su esqueleto y sus ojos brillantes, solo era esqueleto. Alcanzaba a ver 10 minutos de la película y luego caía en una especia de coma, de delirio. Despertaba luego de media hora y decía ≪quiero ver más≫ y yo le mostraba algo más. Hablamos de viajar a pie, él siempre viajaba a pie y en eso nos entendíamos. Siempre le decía ≪el turismo es un pecado, viajar a pie es una virtud≫ y a él le encantaba. En sus momentos de lucidez vociferaba ≪ahí es donde pertenezco, voy a seguir tus pasos, pero ya no puedo caminar≫ entonces miraba sus pies, que les llamaba “mis chicos” ≪mis chicos nunca volverán a caminar≫. No quedaba nada de lo que alguna vez fueron sus piernas ≪no puedo cargar mi mochila es demasiado pesada≫ y yo le respondí ≪Bruce, soy un hombre grande y fuerte, y puedo cargar la mochila, la llevaré por ti para que vengas conmigo≫. Era demasiado claro que nunca volvería a caminar y que moriría. Entonces me dijo ≪tú eres el que debería llevar la mochila≫. Él cargó esta mochila en su espalda unos 10.000 km y yo la he llevado por unos 2.000 km. Es una pieza muy importante para mí, y un objeto muy importante para la película que estoy haciendo.

Bajo la predica de Herzog y nuestra escucha atenta, anochece en Lo Contador: ≪el caminante descubre tesoros≫. El viajero a pie y el valor de la soledad permite admirar la naturaleza y sumerginos en el mundo que nos rodea. Olvidemos los parajes recónditos y eliminemos lo exótico. Dejar que las historias nos encuentren, estar alerta y contemplar. Así como lo hizo A.J. Baker al estudiar por 10 años a dos halcones peregrinos en Inglaterra. Una lectura obligada para todo aspirante a cineasta, para todo creativo u artista. Porque los libros son más que una pieza de decoración. Leer es alimento para la creatividad, la mejor arma contra la estupidez y la mediocridad. El mantra resuena hasta hoy ≪Leer, leer, leer, leer≫. Somos sus estudiantes.

Guiados por el compás de su voz nos acercamos un poco más a su complejidad: un soldado del cine, lleno de energía criminal, el rebelde que no pide permiso ni disculpas; y un hombre que contempla, que admira la naturaleza y reflexiona sobre nuestra humanidad. El que se refugia en la escritura y escribe guiones en tres días ≪Hay que escribir con urgencia para que quede lo esencial≫. El que es fiel a su visión, aun cuando nadie crea en ella. El que nos habló por más de dos horas, y respondió preguntas que no eran preguntas, declaraciones de amor, validaciones del ego e historias equivocadas con sabiduría y empatía, tal como lo hace un maestro.

 

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