Por Álvaro Guerrero
El día de la revelación narra la historia de Margaret Fairchild (Emily Blunt), una lectora de noticias en la sección del clima, disconforme con su vida, que recibe la inesperada visita de un pequeño pajarito que entra por la ventana al departamento que comparte con su novio. Tras mirarlo a los ojos se producirá una misteriosa transformación interna en ella, algo que en el largo y adrenalínico camino de la película la va a reencontrar consigo misma y por sobre todo, hará que los demás también hagan lo propio consigo mismos. Por otra parte, Daniel Kellner (Josh O’Connor), un ex empleado de la corporación Wardex que ha escapado con un misterioso objeto del tamaño de una mano e información ultra clasificada de un misterio tan grande como la vida, debe huir de la cacería liderada por Noah Scanlon (Colin Firth), villano que desde la elección misma del actor para ese rol, ya adelanta una veta trágica, sensible. Kellner va acompañado de su novia Jane (Eve Hewson), una mujer que como rápidamente se sabrá, tiene un pasado de fallida iniciación como monja, aun cuando la fé no la ha abandonado del todo. La película entonces corre sin parar por dos vías paralelas, una de las cuales, la de O’Connor, entronca de lleno con el subgénero de cacería implacable, a veces ciega en este caso, del gato y el ratón.
Lo primero que llama la atención en El día de la revelación, es la disparidad en el magnetismo escénico que los dos actores protagónicos pueden cobrar, en el contexto de una película de acción trepidante como ésta. Mientras Josh O’Connor, como siempre presenta un rostro que parece guardar un secreto o una carta impredecible de apostar, pero acompañada de una expresión que navega entre un cinismo literal y una cierta dosis de ternura del que no ha logrado despertar aún del todo de la siesta, Emily Blunt, en cambio, rebasa todo lo que se le va poniendo en el camino, en la piel de una periodista que no ha logrado encontrar aún su destino, y en la que la actriz británica equilibra su arte dramático con una suave ironía que es más una coraza para enfrentar lo extraordinario que le va ocurriendo: entre comedia y terror, sorpresa absoluta y reencuentro consigo misma. Repito, para una historia cuyo ritmo está marcado por el frenesí y una constante posibilidad de paranoia, Blunt con su entrega total y su presencia carismática, fina y sensible, sostiene la arquitectura de la película, a nivel formal y simbólico. O’Connor, en sentido inverso, no se acopla totalmente al estilo desenfrenado de acción. Se le recuerda, perfectamente adecuado para el tono surreal y romántico de La Chimera (2023), con su pinta de arqueólogo rockstar algo desastrado, o en Challengers (2024), donde sus ojos de párpados caídos y sonrisa a ratos burlesca, encaja con el tono de fracaso y competitividad permanente de su personaje. Ahora simplemente me cuesta asociarlo al género de acción. Hay algo que no termina de cuadrar entre su expresión somnolienta y la necesidad de correr y enfrentar a cada minuto desafíos físicos y peligros inminentes.
Alrededor de la entrega con la que Blunt construye su personaje y lo hace funcionar en el contacto con los demás seres, y que se agradece con devoción casi religiosa de amor por el cine, El día de la revelación se constituye secuencia a secuencia en una especie de trailer permanente. Ya la primera escena en un escenario de lucha libre, más que conectar con la tradición del eternamente “joven” Spielberg, parece sacada de una improbable mezcla de los hermanos Safdie con los Russo. Luego ya estamos en el territorio del director de Tiburón y Munich, pero sin ningún filtro y con cada vez más breves detenciones para dosificar el frenesí. Solo la pasión de Blunt logra, no diré aterrizar, pero si al menos suspender en el aire y exponer la carga simbólica que va cobrando la película, es decir el poder ir vislumbrando entre tanto vértigo de cámara y de persecuciones automovilísticas, el norte hacia donde apunta una historia cuyo eje no es la ciencia ficción en sí, sino la teología y el misticismo. Es Spielberg, pero sobregirado.
Y entonces entra a tallar la verdadera naturaleza de una historia que apunta en la superficie al peligro de la revelación de lo que se considera el gran secreto: que esa misma noticia no tiene que ver solamente con la forma en la que la humanidad va a lidiar consigo misma, tras saber que los extraterrestres han venido desde hace mucho a visitarnos, y de que hay poderes fácticos muy humanos, que en el camino se han ido pudriendo a la hora de ocultar y utilizar tal conocimiento. Esa es la corteza del relato cuyo centro, los archivos robados y la misión de Blunt, entronca finalmente, y de forma trascendente, con una noción también muy humana: la sencillez, la simpleza que es la sustancia misma de lo revelado ante los perplejos ojos del mundo. Basta con ver la expresión final de Jackson (Wyatt Russel), el novio de Margaret, al ver lo que está mostrando la televisión, para entender el sentido cristiano de una reconexión con el espíritu perdido de sí mismo en medio de la vorágine egótica de una sociedad forzada adelante más por el miedo a perder el “juego” que sea. La revelación es entonces lo “humano”, y lo humano es el ‘otro’, el que está al lado. Se trata de verlo realmente y de confiar, de encontrarnos a nosotros mismos a través de ese otro, sea humano o alienígena, pero siempre víctima.
Este proceso se sintomatiza, desarrolla y desemboca, en dos secuencias claves. En la primera conoceremos el misterio que subyace al origen del porqué estos dos adultos han sido “elegidos”. El retorno breve, frágil, a la infancia, tema preferido de Spielberg, cuenta con un problema que en parte puede ser subjetivo mío. La verdad me desconecté en gran medida de lo que prometía ser una escena de gran carga emocional, de esas que ponen la “piel de gallina” y los ojos humedecidos, cuando lo humano se encuentra con lo abismal, pero esto último está generado digitalmente. La estética de cuento de hadas muy del estilo del cineasta, necesitaría en mi forma de ver y sentir el cine, de dos cosas: sujeto A físico, y sujetos B igualmente físicos, orgánicos. Lo digital bien puede en cosa de segundos matar la espiritualidad, lo mágico de lo que prometía ingresar al catálogo de escenas clásicas del cineasta californiano.
La otra secuencia es el final. Hay películas donde nada parece ocurrir hasta que lo hace, y entonces se genera una especie de milagro en la mirada. Hay otras, como Disclosure day, donde la acción no se detiene hasta que ocurre la revelación, y todo lo anterior se condiciona y rinde ante tamaña profusión de magia cinematográfica. El arte del montaje, en especial, cobra aquí un carácter sobrecogedor, tal como se esperaba y exigía, tras el arrebato adrenalínico de más de dos horas. Incluso cabe un pequeñísimo espacio para la ambigüedad y la pesadilla, que puede quedar a juicio de cada espectador: ¿Abrimos los ojos a la revelación de la empatía universal o a una especie de venganza muy finamente planificada? Puede que sea una excentricidad el solo planteárselo, pero queda resonando en una película que, de una u otra forma, resulta extraña en su arquitectura. La cinematografía pasada de revoluciones que agota, es la misma que emociona en el cierre, en un silencio prolongado y que nos hace partícipes de la película, como población asombrada de este mundo. Y los significados del viaje se articulan entre la fé de trascendencia, y la aceptación reverente de que toda esta “cruda” materia es lo que hay que cuidar como si fuera algo sagrado, porque es lo único que tenemos.
Ficha técnica
Título original: Disclosure Day
Director: Steven Spielberg
Guión: David Koeep, Steven Spielberg. idea: Steven Spielberg
Elenco: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Eve Hewson, Colman Domingo, Wyatt Russell
Montaje: Sarah Brochar, Michael Kahn
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Duración: 145 minutos
País: Estados Unidos
Género: Ciencia Ficción, acción, alienígenas
Distribuidora: Andes Films
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