#CicloMujeresCreadoras presenta a la fotógrafa Zaida González: “Me gusta manipular el cuerpo y descubrir su propia sensualidad”

 

Por Jorge Letelier

Dueña de un imaginario pop que toma elementos de un kitsch latinoamericano, la fotógrafa Zaida González ha construido una obra tan teatral como visual, con temas como la muerte, la familia y las disidencias sexuales. La artista es nuestra segunda invitada al #ciclomujerescreadoras, proyecto ganador del Fondo Regional de Medios.

Zaida González no se define como fotógrafa. “Desconozco los aspectos técnicos”, dice. Tampoco se considera artista visual en el sentido clásico (“quizás autodidacta”). Entiende que lo que hace son fotografías muy coloridas aunque tampoco es tan así, puesto que toma fotos en blanco y negro y luego las pinta a mano. “Hago una puesta en escena. Tal vez lo que yo hago podría hacerlo en pintura, dibujo, teatro”, reflexiona. Probablemente tenga razón.

Desde un rincón iconoclasta, provocador o refractario a las convenciones, es que Zaida entiende su trabajo. Uno en que el travestismo, la religiosidad popular y la sexualidad se unen para hablar de marginación y clase. Pero también uno que responde a una estética popular que se nutre de miles de referentes. “Una clase media baja que es latina, doméstica y honesta con sus gustos”, como la define.

Con exposiciones colectivas e individuales desde el 2000, ha lanzado cinco libros con sus series, lo que la ha puesto en una posición singular en el escenario de las artes visuales, donde tiene reconocimiento local e internacional pero se resiste a ser parte de los circuitos oficiales de exhibición ni menos ser funcional al mercado del arte.
De oficialidad y disidencia, rasgos autobiográficos en su trabajo y de cuerpos como escenificaciones políticas, hablamos con Zaida González en el #ciclomujerescreadoras, proyecto ganador de un Fondo de Medios y financiado por el Gobierno Regional Metropolitano de Santiago.

Trabajas creando una puesta en escena, ¿Cómo construyes esas imágenes desde esta idea más bien escénica? ¿De dónde viene esa primera inspiración?

Estudié fotografía publicitaria técnica y ahí hacíamos unos ensayos trabajando en el estudio, fotografiando productos y encontraba que era muy fome. También tenía otros ramos en que hacíamos ejercicios de tomar fotografías en la calle y siempre me pasaba algo o me retaban o le estaba tomando una foto a un niño y me decían “qué le andas sacando fotos al niño”. La calle no me llamaba la atención, no era una buena fotógrafa en los sentidos técnicos. Y descubrí la puesta en escena donde podía recrear todo lo que yo tenía en la cabeza y lo que quería fotografiar o quería decir. Entonces comencé a trabajar a partir de bocetos. Primero ideas vagas, luego escritos y luego bocetos que se inspiran en otras cosas, referencias pictóricas como láminas chinas, cosas que venden en Patronato o Meiggs. Y a partir de eso elaborar ideas, dibujos.

En las antípodas de la idea del realismo asociado a la fotografía, o a la fotografía documental.

Esa es fotografía en sí. Lo que yo hago no creo que sea tan fotográfico. Ocupo la fotografía para capturar aquello pero tal vez lo que yo hago podría hacerlo en pintura, dibujo, teatro, en otros tipos de disciplinas. La cámara para mi es el elemento con que lo registro, lo plasmo. Pero la fotografía documental y todo lo que tiene que ver más con arte purista es fotografía en sí. Requiere saber de luz, de mirar, del encuadre, de profundidades, cosas que yo no aplico.

¿Entonces cómo definirías tu trabajo? Porque el concepto de artes visuales también te genera distancia.

La verdad es que no lo sé, como que no me gustan las clasificaciones. Arte visual no, porque no soy artista visual de estudio. Tal vez podría ser artes visuales autodidactas, pero también estudié fotografía. Finalmente, es una mezcla entre fotografía y pintura. Y bueno, el dibujo, porque viene de la base del boceto.

Fotografías en blanco y negro, pero todos los trabajos en color lo haces posteriormente a través de un método de pintar en acuarela, ¿Cómo llegaste a ese método?

Cuando comencé a hacer las primeras fotografías las hice en blanco y negro, en color y en un tratamiento cruzado que estaba muy de moda en el año 2000, que era una diapositiva en revelado negativo y saturaba mucho los colores. No me gustaba ninguno, sentía que uno endurecía, otro exageraba y el otro era nada que ver.

Resulta que yo había estudiado diseño gráfico un año, y me fue muy mal. Ahí aprendí la técnica de colorear dibujos que se calcaban y después aplicábamos la línea, trazos de tinta y colorear con la técnica del plumón acuarelable en papel. Cuando entré a estudiar fotografía, también nos hacían pintar fotocopias como platos de comida, uno que se viera rico, otro asqueroso y uno que se viera indiferente. Empecé a aplicar esta técnica del coloreado diluido y para la siguiente clase había que llevar una fotografía a color para hacer una portada de revista y a mí se me olvidó llevarla. Andaba con unos lápices y pensé: qué tal si aplico esta técnica en la foto, la apliqué y funcionó.

Pensé después en aplicarlo a todas las imágenes y ahí empecé a colorear y se volvió una obsesión. Me encanta colorear, es lo que más me gusta del proceso de la foto y darle mis colores pasteles. Después uno va dándole otros sentidos como las imágenes religiosas. Puedo reinventar colores que no están en la puesta de escena original y así empecé a perfeccionarlo.

LA INSPIRACIÓN ESTÁ EN EL HOGAR

En tu trabajo hay una idea de pastiche mezclado con un sincretismo latinoamericano muy pop, ¿De dónde viene este imaginario?

Lo supe después de realizar el trabajo, que en realidad todo tiene origen en mi propia casa (risas). Como mi mamá cosía, nunca tuvimos la costumbre de cambiar el sillón o los muebles o comprar cortinas porque ella todo lo hacía. Las cosas tenían que durar y si se echaban a perder, se reparaban con la costura, rellenando los sillones. Eso lo vi siempre desde chica. De repente miraba otras casas que siempre tenían que ser como de catálogo, muy higiénicas, ordenadas, donde nada se podía mover. En mi casa, era todo lo contrario, siempre había cortinas vistosas, la tela del sillón era de flores. Mi mamá tejía, hacía crochet. Si a ella le parecía algo bonito en la feria lo compraba aunque fuera plástico, imitación.

Después cuando yo era más adolescente, me hacía ropa, y de repente, con una tela de mantel me creaba un vestido bonito. Después me di cuenta que esa fue la inspiración, el cómo la familia de clase media baja tiene una identidad popular, no como ahora que se ha capitalizado todo, que todo es desechable y súper higiénico dentro de los hogares y si pones algo que es colorido dices que es kitsch, algo súper forzado y falso.

Ahí me di cuenta de dónde venía esa inspiración y me ayudó mucho que mi hermano Marco, que es audiovisual, diseñador y fotógrafo, me mostró las películas de (Pedro) Almodóvar. Yo era bien chica, y eso quedó en mi imaginario de cómo ver las cosas, cómo entender desde el lenguaje, de la forma y el fondo. De ahí viene toda mi obsesión por lo latino, lo religioso que se confunde con lo profano, lo sexualizado y el dolor, y que le da un vuelco colorido, alegre. Como que lo sufriente de Latinoamérica también es muy chillón.

¿De esa inspiración en tu casa viene la idea de trabajar autobiográficamente?

Al principio, cuando empecé a trabajar la puesta en escena, no tenía modelos porque estaba recién empezando y no tenía a quien retratar. Y se me ocurrían cosas medio descabelladas que sabía que algunas personas no lo iban a poder hacer. Así que empecé a trabajar conmigo en una pieza que estaba donde cosía mi mamá. al fondo del patio. Me encerraba muy tarde en la noche y empezaba a hacer autorretratos con elementos de producción que yo misma cosía con restos de telas que le quedaban de sus costuras. Y luego, cuando empezó a pasar el tiempo, me di cuenta que en realidad casi todo lo que fotografío o las ideas que construyo tienen que ver con pasajes personales, ya que como pertenezco a lo mismo que retrato, es autobiográfico igual, se comunica con un colectivo, el universo al que pertenezco.

O trabajando con cosas de mi abuela, Ella falleció y usaba prótesis para la espalda, unas muletas interesantes que yo veía muy sexualizadas. Estaban siempre ahí en un cuarto, guardadas, después de que ella murió. Yo las saqué y me empecé a retratar con esas cosas. Sentía una sensualidad dentro de esas prótesis.

¿Y la percepción de verte a ti misma caracterizada?

Me gustaba mucho como me veía (risas). Ahora ya no tanto, porque igual empecé joven. Me gustaba manipular el cuerpo y descubrir una propia sensualidad dentro de las imágenes con mi cuerpo, que tal vez es algo que tenía un poco dormido o no concientizado. Me gustaba también poder hacer locuras y que no tuviera que hacérselos a otros. Ahora ya no. Ahora puedo trabajar con modelos, que son gente conocida y que están dispuestos a hacer muchas cosas.

FAMILIAS QUE ACOGEN

En tu serie Conservatorio Celestial, donde trabajaste con guaguas muertas, ¿cuál fue tu idea inicial y qué provocó posteriormente?

Estas guaguas estaban en un museo, en frascos con formalina. Cuando las vi me acordé de que mi mamá me contaba de que cuando se morían las guaguas en el campo, los vestían de ángeles y los velaban toda la noche. Ella me contaba que tocaban la guitarra y hacían comida, se emborrachaban y que los sacaban y llevaban a otras casas, lo que encontré muy bonito. La mayoría de las que yo retraté son paridas muertas, o sea, mortinatos que llegaron a término de embarazo y los padres no se las llevan para velarlas, sino que las dejan en el hospital y se van al Instituto de Anatomía de la Facultad de Medicina, para ser estudiadas por los alumnos. Al verlas me acordé inmediatamente de esa historia y de ese rito que es muy latino. Quise hacer una reivindicación a estos cuerpos que no fueron abrazados, que además son deformes, olvidados, no mirados y si se les mira es como con una especie de impacto por su deformidad. Quise asociarlos a este último abrazo, pero no como algo tan religioso sino como algo más ceremonial.

Luego lo retomaste con una idea adicional.

Ese trabajo preferí no exponerlo más, pero el 2010 lo retomo y empiezo a fotografiar a las guaguas pero con personas que eran como familias ficticias, contextualizaba en cómo sería en el hoy. Después realicé un libro -muy bonito- y ya no se desvirtuó más el tema.

Tú lo asocias a una idea que se relaciona con el abandono en el que estaban y le superpones una idea de familia que acoge también. Es una idea bien provocadora respecto a la visión conservadora de la familia.

Claro, estas familias eran como la familia actual y el idealismo de una familia. En esta segunda parte hablo de cómo se esconde lo diferente. Si tienes una guagua todo es fotos y redes sociales, pero si nace deforme o si tu hijo sale con algún síndrome, se esconde y todavía se hace. Antiguamente, se escondía a los niños con síndrome de Down y a veces nunca salían. Tenían que estar siempre encerrados, sobre todo en las familias adineradas porque era una vergüenza.

SEXO Y POLÍTICA

Así como la religiosidad popular y la muerte, trabajas la idea de la sexualidad desde la resistencia.

Hablar de sexualidad siempre tiene que ser desde un higienismo. Como que la sexualidad tiene que ser algo súper idealizado y lo que uno ve en una película o en una porno es para irnos en el extremo. Y uno dice: pucha, ¿por qué mi sexualidad no es así? (risas). Uno puede sufrir, sentirse frustrado y decir: ¿por qué mi cuerpo no se ve así? ¿Por qué yo no tengo esos orgasmos? ¿Por qué mi cara no se ve así? Finalmente, son simplemente idealismos que se venden para crear frustraciones y pensar que así uno tiene que seguir. No se aceptan, por ejemplo, las sexualidades entre cuerpos gordos, cuerpos mutilados, entre ancianos, entre personas que tienen síndrome de Down. Me interesa explorar la sensualidad y sexualidad en esos cuerpos porque creo que es lo más humano que tenemos y que la gente invisibiliza. Los cuerpos que me gusta retratar son de mis amigos. Todos somos más gordos, estamos más sueltos, somos negros, chicos.

¿La idea del travestismo es una idea de mostrar una estética de la disidencia a nivel del cuerpo?

Cuando comencé a hacer fotografía alucinaba con el transformismo. No lo conocía mucho, soy sanmiguelina y tampoco me iba a meter a un centro nocturno gay transformista porque desconocía el ambiente. Me tocó ver un par de veces en espacios más pequeños a un chico que hacía transformismo de Cecilia, la cantante y otro que era como un Miguel Bosé muy gay, muy travestido y yo alucinaba. Pero al acercarme y decirles, pucha, me gustaría hacerte una foto, había una desconfianza muy grande respecto a quién era yo. Con el tiempo pude acceder a personas que trabajaban su cuerpo desde el travestismo, desde lo performático, como Hija de Perra. Ella no se consideraba una transformista, sino que siempre dijo que era una “performista bizarra”. Un performista igual tiene una función educacional, más política. El transformista no, puede transformarse de Shakira u otra cantante utilizando su cuerpo.

Me interesa mucho trabajar con ese grupo porque me siento parte de ellos. Me llama la atención tantas fragilidades, tantas cosas que tuvieron que pasar cuando niño y que siento que también las pasé y como en un momento se empoderan y lo dan todo. Por ejemplo, mi amiga Rocío Hormazábal, que es una activista que trabaja contra la gordofobia, la conocí en un encuentro fotográfico. Decidimos hacer una sesión y nos hicimos amigas y de ahí posa para casi todos mis últimos trabajos. Como con el hecho de tener un cuerpo gordo o ser hombre y tener un cuerpo muy feminizado, la gente empieza a opinar de ti y eso no está bien. Me gusta poder refregarlo a través de la fotografía y las imágenes. Es como decir: aquí estamos nosotros. Y esto lo aprendí con Hija de Perra: no es que uno busque una inclusión en la sociedad, uno lo que busca es que nos dejen tranquilos en nuestros espacios.

Entonces, ¿Dónde está el sentido político de tu trabajo y de tu discurso?

El sentido político tiene que ver con una reflexión de todo el trabajo que sucede a nivel social y cultural en este país. Yo estoy muy ligada a hablar sobre Latinoamérica, sobre Chile y no estar copiando tendencias extranjeras que se hace mucho en el arte y que no me interesa porque no provocan nada y no son parte de uno. Tiene que tener un trasfondo político, por las temáticas que se tomen, hablar sobre sexualidad, sobre educación, lo diferente y que sirva, sino no tiene mucho sentido.

ENFERMEDADES

En general has estado distante en los circuitos de exhibición formales, ¿eso ha sido por una decisión tuya o no has sido considerada? ¿Tomas alguna posición ética con respecto a dónde vas a exponer?

Yo he expuesto en lugares más culturales, como el Museo de Arte Contemporáneo o en la Estación Mapocho. Donde yo me alejo es de las galerías. Uno, porque no me pescan, no les interesa mi trabajo o no es tan vendible o tal vez quien lo compra no es gente de plata. Entonces no tengo un público que quisiera tener una foto mía de una guagua muerta en el living de su casa mientras almuerza. No le sirve de decoración y comprarse una foto para tenerla guardada es un poco fome. No me interesa que un cuico o cuica venga y diga: ay que kitsch, me lo voy a llevar. Cuando he vendido fotos ha sido porque hay una relación de amor con el trabajo que estoy haciendo o con el personaje que está retratado. No me interesaría que un retrato de Hija de Perra esté en el living de alguien porque lo encuentra exótico. Le tengo mucho amor y respeto a la gente que retrato y por eso mismo no quiero que pase ni circule en gente que no se lo merece.

¿Estás trabajando en una serie nueva?

Ahora en octubre vamos a tener una exposición colectiva con Rocío Hormazábal y mis amigas, y se llama El 4° D, ahí vamos a hablar un poco de las cosas personales de cada una. Se trata de indagar en el archivo propio y hacer unas fotos. Aquí no voy a trabajar en la puesta en escena sino que con los archivos que tengo y con mi mamá, que murió el año pasado. Ella era anciana, tenía demencia senil y me di cuenta que cuando las personas están enfermas, sobre todo cuando son ancianos, hay mucho abandono. No me di cuenta, pero cuando te llega de cerca lo ves distinto porque uno se ve en una situación desesperante en donde no tienes ayuda. Para mí, mi papá y mi hermano (Jorge González) fue bastante complejo toda esta situación, el llevarlo solos, turnarnos, postergar muchas cosas y empecé no con su muerte, sino con su enfermedad, a retomar muchas cosas familiares que no le había tomado importancia como cartas que ella se mandaba con mi papá cuando pololeaban, dibujos, fotografías. Empecé a ver la importancia de esa persona que más que la mamá que te reta, o que después es anciana, sino en que cómo de esa juventud, ese ser puede después sufrir tal abandono.

¿Tendrá un costado más realista que las anteriores series?

Si, ya lo hice en un trabajo anterior que se llama Ni lágrimas ni culpa, que fue en todo este periodo de enfermedad en donde no tenía tiempo para realizar las fotos de puesta en escena, porque requiere tiempo y espacio. Como no podía fotografiar así y me movía de un lado a otro, empecé a retratar con el celular paisajes personales. Es un modo documentalista desde un registro muy personal, no aplicando las técnicas fotográficas sino que más bien guardando cosas que yo sé que en un momento a uno se le olvida por momentos de crisis.

¿Cómo ves el panorama hoy día de la fotografía independiente?

De los fotógrafos que destaco está Gabriela Rivera, es una fotógrafa feminista que trabaja hace mucho tiempo con las mismas temáticas. La Rocío Hormázabal, más como artista visual que como fotógrafa en sí, creo que está haciendo un gran aporte a nuestros lenguajes disidentes. Casi todos los grupos de chicas que están trabajando con temas de género, de maternidades, como Paula López Droguett o Carolina Agüero, que trabaja con trans. Siento que estos grupos no están siendo muy valorados dentro de la fotografía y porque se está dando demasiado espacio a lo que se extranjeriza. Todo se conceptualiza y se teoriza de tal manera que fotográfica y visualmente no tiene un trasfondo sociopolítico en nuestro país en el aquí y ahora. Eso es lo que falta, porque en nuestros países vecinos como Perú, Bolivia o México, no pasa eso. La fotografía autobiográfica, el trabajo de género y todas las marginalidades tiene mucho impacto en esos países, pero aquí no.

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