Cielos del infinito: Cierre en Punta Arenas con Flotante y Pompeya

 

Por Fernando Garrido Riquelme

Punta Arenas es ciudad compleja, bioceánica, el punto de encuentro de todas las naciones que aspiran alcanzar en la Antártida un destino; una tierra donde la ambición y la traición arrastraron a Magallanes a desentrañar el laberinto de sus aguas hace quinientos años, una historia que la oficialidad colonial celebra como hito civilizatorio, al mismo tiempo que es el comienzo de la historia de una masacre que el Estado chileno no es capaz de asumir. Escribe en un poema la poeta Graciela Huinao: “Nunca fuimos/ el pueblo señalado/ pero nos matan/ en señal de la cruz”. Esta distancia con la oficialidad conmemorativa y la realidad genocida, es el punto sobre el cual se formula la pregunta que inspira la versión XII del festival Cielos del Infinito ¿500 años de qué? Pero no son horas para esas preguntas – pienso-; intervienen espacios, autoridades, agendas, instituciones, nombres y voluntades, tampoco en ese momento encontraré la respuesta. La belleza de la ciudad, su arquitectura, la costanera, el cementerio, a pocas horas de haber llegado, ejercer sobre mí un magnetismo difícil de procesar. 

A las afueras del Liceo Polivalente Sara Braun, un enorme mural corona el encuentro de Colón con su perpendicular desde el sur. Recorro el mural que se extiende hasta lo alto de la pared dibujando la imagen de Gabriela Mistral. Ahí estudió la Elena también, quien ejerce de guía y anfitriona en las primera horas de mi encuentro con la ciudad. 

El viento es un espectáculo de lo invisible que nos acompaña y congela mientras vamos en busca de un café. Sólo por él vale la pena estar aquí. 

Un pájaro se desprende del cobijo de un árbol en la calle Colón de Punta Arenas, cuya prolija y bella jardinería, la convierten en una de las postales de la ciudad. Su estrepitosa salida y el incesante batir de alas, no son suficientes para sortear el viento que corre en la tarde del domingo. Suspendido en el aire, tuerce su cuerpo y vuelve al árbol del que partió a la espera de otra oportunidad. 

  • Hay que ser bravo para ser pájaro por estos lares – pienso en voz alta-. 
  • Si, tienen que ser bravos. Yo he recorrido una parte de América del sur, desde Antofagasta al norte; ahí la naturaleza está despierta, se mueve, roe, camina. Por decirlo de alguna manera, te mantiene alerta. Cualquier cosa te puede picar, morder o comer
  • Aquí no hay nada de eso. Es como si fuese un lugar de contemplación. 
  • Sí, pero lo que no hacen las bestias lo hace el clima. El puro frío podría matarte. 

Al llegar al café, mientras nuestras manos buscan en las tazas el calor que se nos ha extraviado, por la ventana un asiático con una cámara colgando recorre una calle vacía en sandalias. Lo seguimos hasta que se nos pierde de la mirada. 

Durante la tarde, me encuentro con su hermano Sebastián, luego del término de Flotante, una instalación para niños y bebés proveniente de Argentina creada por Azul Borenstein y Natalia Chami. En una alquimia cuyos ingredientes eran un espacio sonoro, una fantasía construida con globos y la destreza de Natalia Chami en su performance para conectar con la sensibilidad infantil, Flotante establecía un punto comunicativo con los pequeños en el que el verbo cedía su lugar al gesto; la sensibilidad conectaba a los niños con un mundo en donde la fantasía era palpable y cada forma estaba sujeta a una huella y a un poder que la fija en el espacio, un poder que los cuestionaba e impresionaba.  El ambiente se teñía por un instante de frustración. Había llegado tal cantidad de público que doblaba la capacidad del recinto. Pero Cielos del infinito logra hacer de lo excepcional algo que define el carácter del festival, lo cual se vive de forma palpable entre las compañías, producción, técnicos, voluntarios y el público que lo forman; el correr de los días acentuaría esa impresión. La compañía decidió realizar una otra función luego de concluida la primera. 

Cielos del Infinito es un festival apreciado por la gente de Magallanes; desde hace ya una década, se ha trasformado en uno de los imperdibles de la región. Una región marcada por una sensación de insularidad y extremo, de abandono y orgullo, que ve roto el aislamiento con la escena cultural centralista que define a nuestro país, ya no una vez al año, sino como un continuo que se extiende en un trabajo en el que se suceden residencias, talleres y actividades de distinta índole. Eso ha hecho que junto a la consolidación del festival en la vida magallánica, se multipliquen sus ofertas y los públicos a los cuales llega. 

Sebastián es un tipo de treinta años, grande, descendiente de migrantes croatas que llegaron a la zona a comienzos del siglo XX arrancando de la miseria y la violencia. Parte de su familia vive de la actividad estanciera al interior de la Patagonia, y otra parte de la actividad comercial en Punta Arenas. En su rostro se cruza la severidad del rasgo adriático que define a su pueblo y una bondad perenne que irradia cuanto lo rodea. Cómo a tantos otros en el mundo, el desasosiego de no tener una fe, un destino o un ideal, carcomen sus días. 

  • No me dirás que la vida es mala – le digo mientras conduce por la costanera rumbo al liceo Sara Braun- 
  • No, no es mala, solo que algo le falta y no encontrarlo a uno lo entrampa ¿Y qué tal la obra Caballo con hipo? ¿Cómo se llama? 
  • Pompeya. No la he visto en verdad, en la mañana cuando llegué me vine con parte del elenco desde el aeropuerto, pero más allá de eso, ni idea. Sólo sé que tiene buenos comentarios, buena crítica. Estamos en la hora, ¿alcanzamos a llegar?
  • Aquí en un domingo, está todo a cinco minutos. 

Tiene razón, en menos de cinco minutos llegamos. El recinto está repleto y de forma intermitente, el murmullo de las voces que buscan acomodo es envuelto por el ritmo de Cecilia, la incomparable. Encontramos nuestros asientos en un gimnasio que se ha transformado en una gran sala de teatro. ¿Por qué no estaremos en el teatro regional de Punta Arenas? – pienso -. Es otra pregunta que tampoco vale la pena hacerla en ese momento. Las luces se apagan; Pompeya comienza. 

La Zuzú construida por Rodrigo Pérez, quien estéticamente nos recuerda a las últimas imágenes que tenemos de Pedro Lemebel, reza a la virgen de Pompeya por una de las chicas que vive en su departamento y de la cual no tiene noticias hace días. La sombra de la muerte y la indiferencia por el destino de una población que vive en la marginalidad del comercio sexual y la anulación de sus identidades, perfuma el aire del gimnasio y nos sitúa frente lo trágico e irremediable. Si Zuzu es la imagen de una maternidad popular incondicional inutilizada por la ceguera y la vejez, la Beyonce interpretada por Jaime Leiva, es la imagen de la candidez e ingenuidad que trata de consolar y contener a una Zuzu carcomida por la angustia. La entrada en escena de Gabriel Urzúa, quien interpreta a Leila, “un ángel caído que trasunta la derrota y frustración en cada uno de sus poros” como la describiera Jorge Letelier en su crítica del 2018, me hace pensar en torno a la fuerza y belleza de su actuación. A la llegada a Punta Arenas me vine en la misma van con la compañía e íbamos sentados al lado. Concentrado, silente, sobre el escenario proyecta una fuerza avasalladora que recorre toda la sala. Junto a él entra a escena Guilherme Sepúlveda, quien encarna a Lucho, un tipo tan explosivo como reflexivo, tan extremo y violento como hondo y sentimental. 

Cada vez que la obra se entrampa en los ripios de sus diálogos, la ironía, la burla, la perfecta coordinación entre las variantes interpretativas de Leila y Lucho la rescata. Pero más allá de eso, en la sala, en las risas, en el silencio, en la entrega del público, en sus aplausos espontáneos y el goce que la obra despierta, está presente en todo momento. El término de la función de Pompeya, despierta una ovación del público que concluye la etapa puntarenense, a la cual he llegado en su jornada de cierre. 

  • Si no fuesen tan tan buenas las actuaciones, esa necesidad de ser tan pedagógica de la obra la arruinaría. – Me diría más tarde Sebastián 
  • Tienes razón. Tiene un afán declamativo que la hace perder toda la fuerza que poseen sus diálogos. Pero el elenco rema, conduce la barca y evite que se extravíe en la homilía. Deberías escribir de teatro. 
  • ¿Tu decí?
  • Todo el rato. 

Al otro día hay que preparar equipaje y partir a Puerto Natales, donde se desarrolla la segunda parte de un festival al cual me integro en plena marcha. Allá nos esperaría una nutrida semana con re-estrenos, montajes internacionales y danza. Pero esa, ya es otra historia. 

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