Por Paulo Adriazola Brandt
La lectura es un acto individual que requiere todo lo que en estos tiempos escasea: concentración, soledad y el tiempo necesario para introducirnos en la historia que el autor ha creado para sus lectores. Porque de eso se trata. De ingresar en un mundo que no existe, vivir una realidad que nos es ajena pero al mismo tiempo tan cercana porque la historia está hecha de sentimientos, de emociones, todo ese material que nosotros usamos día a día para estar en este mundo.
De tal manera, el acto de leer es un reencontrarse con el pasado, con la memoria, con aquello que puede habernos encantado como ese hermoso tren que traslada a la protagonista, o una playa soleada, o grises días de invierno, y nuestra mente buscará en los archivos de la memoria nuestra playa y nuestros días invernales. Entonces la lectura se va transformando en una experiencia personal, única, que nos invita a identificarnos con la trama que estamos leyendo, aunque sea para rechazarla porque nos asquea, ya que la buena literatura nunca es inocua.
Sin embargo, la lectura también posee una dimensión sensual, táctil, sostener el peso del libro a veces incomoda, lo dejamos sobre las rodillas o sobre el pecho si estamos acostados, el diseño de la tapa, los colores, todo ello significa una apertura hacia lo estético, la textura y los bordes de la cubierta. Luego las hojas dóciles, el espacio entre líneas, la tipografía, el aroma de páginas envejecidas. Todo está hecho para que observemos el objeto que nos da placer, que nos transportará a otro tiempo para conocer infinidad de personajes, o acantilados, o claustrofóbicas habitaciones, junglas, subterráneos, y por qué no, también el amor.
Pero en el momento que apareció el libro digital, con sus enormes ventajas: ser liviano, contener miles de libros en una amable pantalla, no consumir papel, el argumento más sólido en aquella incipiente defensa del planeta, todos pensamos que el libro de papel estaba destinado a la extinción, así como las bibliotecas y toda otra organización que cobijara a los libros. Más de alguien debió argumentar que el contenido es lo realmente importante, las historias, la trama propuesta por el escritor, el ritmo de la narración, y no el objeto que los contiene.
Por supuesto que era un argumento legítimo y aceptable, hasta plausible. Pero el peligro que temíamos se ha desvanecido por ahora, según nos detalla un estudio realizado por GPS Property, donde se muestra que el número de librerías en Santiago aumentó de 411 en 2014, a 796 en 2025, es decir, un alza de un 94%, siendo la comuna de Providencia la que posee la mayor cantidad de librerías por habitante (La Tercera, 26 de septiembre 2026). Una noticia alentadora frente al vertiginoso avance de la realidad digital, que va copando nuevas áreas y actividades cada día, tanto, que podríamos decir que el mundo vive en nuestros teléfonos.
Pero el libro cuenta con un permiso distinto, podríamos decir mágico, casi irreconocible en este mundo de redes, aplicaciones y códigos QR, que le ha permitido mantener el mismo cuerpo, idéntica fisonomía que la de sus ancestros confeccionados en imprentas semi artesanales, y con ello preservar ese ineludible placer visual y táctil que ya pocos objetos nos entregan.
Y para que se encuentren libros y sus lectores, para que logren esa ansiada interacción con las joyas de papel, se organizan ferias, espacios donde la pasión por este objeto se transforma en algo concreto: miles de libros que aguardan ser acariciados, que los consuman a través de una lectura atenta y luego descansen en una repisa, satisfechos de haber cumplido con esa insustituible misión de entretener a través de la imaginación.
El libro de papel está más vivo que nunca, como un ser querido que se niega a abandonarnos en esta difícil realidad con rostro de pantalla.
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