Por Juan Marín
Jane Schoenbrun se ha consolidado como una de las voces más diferentes y valoradas del terror contemporáneo. Su cine se construye alrededor de una sensibilidad marcada por la disforia, atravesada por la nostalgia, la identidad y la memoria, donde los códigos del género conviven con una dimensión íntima y profundamente pop. En sus películas hay una textura casi analógica, como si sus imágenes estuvieran atrapadas entre el recuerdo de una época y la imposibilidad de regresar a ella.
Personalmente, nunca había terminado de conectar con el cine de Schoenbrun. I Saw the TV Glow me parecía interesante en lo conceptual, pero demasiado difusa a la hora de desarrollar sus ideas, por lo que, pese a la buena recepción crítica, no consiguió atraparme. Por eso, afronté su nueva película con cierto escepticismo. Sin embargo, contra todo pronóstico, terminó convenciéndome mucho más de lo esperado. Aunque durante buena parte del metraje mantuve ciertas reservas, la película fue ganando fuerza a medida que avanzaba hasta alcanzar una dimensión emocional que terminó calando mucho más profundamente de lo que imaginaba.
Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma sigue a una joven directora de cine contratada para resucitar Camp Miasma, una olvidada franquicia de terror de los años ochenta. En un intento por recuperar la nostalgia asociada a la saga, localiza a su protagonista original, una actriz retirada que vive aislada en el antiguo lugar de rodaje. El encuentro entre ambas desencadena una progresiva confusión entre realidad, representación y obsesión, hasta convertir la propia película en un territorio donde el cine, el deseo y la violencia terminan siendo prácticamente indistinguibles.
Más que una película de terror, diría que es una película sobre el terror. Una obra construida a partir de homenajes, guiños y sorprendentes asociaciones cinéfilas que entiende la historia del género como un territorio idóneo de ser revisitado, desmontado y, al mismo tiempo, celebrado. Las referencias al cine de culto y al slasher ochentero son evidentes: Viernes 13, Sleepaway Camp, Halloween, Scream, Psycho o Carrie aparecen, de manera más o menos explícita, como parte de un gigantesco archivo cinematográfico del que Schoenbrun extrae imágenes, citas, arquetipos y convenciones.
Pero la película no se limita a esa genealogía. También hay ecos de Videodrome y, en un momento evidente, del universo de David Lynch y Mulholland Drive. La elección de un mismo actor en una escena concreta funciona casi como una declaración de intenciones, una referencia que trasciende el simple homenaje para convertirse en un comentario sobre la naturaleza mutable de la identidad cinematográfica. Y, por supuesto, está Sunset Boulevard, de Billy Wilder, quizá uno de los referentes substanciales de la película. No solo existe una alusión directa, sino también un paralelismo temático evidente: una actriz que alguna vez perteneció al centro mediático y que ahora sobrevive en los márgenes de una industria que la ha olvidado. La figura de Billy Preston funciona así como un espejo contemporáneo de Norma Desmond, atrapada entre el recuerdo de aquello que fue y la imposibilidad de volver a serlo.
En este sentido, la película puede entenderse como una suerte de metarrepresentación del cine de terror. Schoenbrun desmantela los mecanismos del slasher utilizando, precisamente, las propias herramientas del género. Al construir la narración alrededor de una cineasta que intenta rodar una secuela cuya ficción comienza a confundirse con el material de la película original, el propio acto de hacer cine termina convirtiéndose en el conflicto central. La película juega con los clichés y las convenciones de este tipo de producciones, pero lo hace desde una posición de afecto. No busca ridiculizarlos ni someterlos a una mirada complaciente, sino abrazarlos, comprenderlos y apropiarse de ellos para utilizarlos a su favor de maneras inesperadas. En lugar de desmontar el género desde fuera, Schoenbrun se sumerge en sus mecanismos y los transforma en herramientas narrativas con las que consigue llevar sus convenciones hacia terrenos mucho más personales.
También existe una lectura particularmente penetrante sobre la lógica industrial de las franquicias. Adolescencia, sexo y muerte en el campamento Miasma se ríe de la proliferación interminable de remakes, secuelas, reboots y continuaciones que mantienen artificialmente con vida ideas ya agotadas. Es, en cierto modo, una sátira de la explotación de la nostalgia y de la manera en que la industria cultural canibaliza sus propios recuerdos para continuar vendiéndolos. Las sagas de terror se niegan a morir porque el espectador tampoco parece dispuesto a dejarlas morir: la continuidad se estira hasta el absurdo con tal de prolongar una memoria afectiva.
Y la película entiende perfectamente que para parodiar un slasher primero hay que conocer sus códigos. Dentro de la producción ficticia del campamento Miasma aparecen todos esos arquetipos que forman parte del imaginario colectivo del género: el heterosexual machito y estúpido, el gordo marihuanero y torpe convertido en líder accidental del grupo, la final girl sexualizada huyendo del asesino en ropa interior, la punk rebelde, la chica virgen y atormentada junto a su amiga sexualmente desinhibida. Todo parece extraído de un manual de clichés del terror adolescente. Sin embargo, la película no los utiliza desde el desprecio, sino desde una combinación particularmente efectiva de ironía, cariño y sentido del humor. El pastiche no es aquí una limitación, sino su principal herramienta expresiva.
Pero reducir Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma a un ejercicio de cinefilia sería quedarse en su superficie. Debajo de su estructura de slasher metaficcional existe una reflexión mucho más íntima sobre la identidad, la sexualidad, el género y la experiencia de habitar un cuerpo que no siempre sentimos como propio. El terror funciona entonces como una forma de exteriorizar aquello que la sociedad considera extraño, anómalo o monstruoso.
Es aquí donde la película se aproxima al concepto de queer horror. La monstruosidad deja de ser exclusivamente una amenaza y comienza a convertirse en una posibilidad de identificación. El personaje queer no necesariamente teme al monstruo: puede reconocerse en él. Aquello que desde la mirada normativa es considerado aberrante o desviado puede convertirse, paradójicamente, en un espacio de refugio. La monstruosidad ofrece un territorio fuera de las expectativas cisheteronormativas, un lugar desde el cual es posible habitar el propio cuerpo y el propio deseo sin someterlos permanentemente a las categorías impuestas por los demás.
Schoenbrun utiliza, por tanto, la estructura del slasher como una metáfora de la disforia, del deseo reprimido y de la dificultad de reconciliar la identidad interior con la imagen que el mundo proyecta sobre nosotros. La metaficción adquiere aquí una función particularmente interesante: la película es consciente de sus propias reglas y, precisamente por eso, puede subvertirlas. El género deja de ser un molde rígido para transformarse en un lenguaje capaz de expresar experiencias que tradicionalmente habían quedado fuera de sus convenciones.
El resultado es una película que probablemente puede espantar a algunos espectadores y enamorar a otros, pero que difícilmente deja indiferente. Es anticlimática, extraña y, en determinados momentos, desconcertante. También puede resultar dispersa y confusa, especialmente cuando sus múltiples ideas compiten entre sí por ocupar el centro de la narración. No es una película completamente redonda, y en ocasiones parece más interesada en sugerir posibilidades que en desarrollarlas plenamente.
Sin embargo, hay algo en esa misma extrañeza que termina imponiéndose. Porque detrás del gore ridículamente artificial, de la sátira y del gigantesco entramado de referencias cinéfilas existe una vulnerabilidad genuina. La película termina funcionando como una fábula sobre el despertar sexual, la identidad y el amor por el cine, una obra en la que la cinefilia no es simplemente acumulación de referencias, sino una forma de entender el mundo y de intentar comprenderse a uno mismo.
Quizá su mayor virtud sea precisamente esa: conseguir que la extrañeza deje de ser un obstáculo y se convierta en el lenguaje mediante el cual se crea una belleza rara, melancólica y sincera. Puede ser irregular, dispersa y confusa, pero cuando consigue encontrar su frecuencia emocional resulta difícil no dejarse arrastrar por ella. Y es entonces cuando Campamento Miasma trasciende el ejercicio de homenaje para convertirse en algo más personal: una declaración de amor al terror, al cine y a todas aquellas formas de identidad que alguna vez fueron consideradas monstruosas simplemente por negarse a encajar.
Ficha técnica
Título: “Adolescente, sexo y muerte en el campamento Miasma”
Título original: “Teenage Sex and Death at Camp Miasma”
Dirección: Jane Schoenbrun
Guion: Jane Schoenbrun
Reparto: Hannah Einbinder, Gillian Anderson, Amanda Fix, Arthur Conti, Eva Victor…
País: Estados Unidos
Año: 2026
Duración: 112 min
Distribuye: MUBI
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