Crítica de cine “Digger”: El hombre que quiso salvar el mundo

Por Sergio Castro-San Martín

En la mitad del metraje de Digger se deja rezar en una escena en la que Cruise orina en el baño de un teatro el afiche de Opening Night de John Cassavetes. La película del propulsor del cine independiente norteamericano se había iniciado como una obra de teatro que después tuvo su devenir en película. Cassavetes buscaba llevar a los actores a estados emocionales extremos, difuminando deliberadamente la línea entre cuándo estaban actuando de verdad y cuando sufrían en el set.

Digger, la última inmensa y apocalíptica entrega de González Iñárritu aspira a continuar ese legado llevándonos no solo a un estado emocional humano sino también al estado emocional de un planeta tierra en peligro de extinción. Pandemia, revoluciones sociales, abuso de poder, crisis ambiental, calentamiento global, tiranía y manipulación; Digger es todo esto. Digger Rockwell, interpretado por lo que puede ser el mejor papel de la carrera de Tom Cruise es la representación fidedigna y a ratos literal de lo que vivimos como planeta aún vivo.

Hay películas que comienzan cuando el mundo está a punto de terminar. Otras comienzan mucho antes: en el instante preciso en que un hombre descubre que aquello que construyó para dominarlo todo también puede convertirse en aquello que termine destruyéndolo. Digger, parece instalarse justamente en ese territorio. Un lugar donde la tragedia y la comedia dejan de ser opuestos y comienzan a convivir dentro del mismo plano.

La película, protagonizada por Tom Cruise, sigue a Digger Rockwell, un poderoso magnate (casi analogía de Elon Musk) que provoca un desastre y luego emprende una misión desesperada para convencer al mundo —y probablemente a sí mismo— de que todavía puede convertirse en su salvador. Punto aparte la escena del discurso ante los representantes europeos encarnada por un Cruise que se inunda de fascismo para entregarnos uno de los mejores monólogos del cine contemporáneo.

La partida de Digger resulta profundamente iñárritiano: un personaje llevado hasta el extremo de sus contradicciones, enfrentado a un mundo que ya no responde a sus deseos. Pero hay algo distinto. Después de Birdman, The Revenant y Bardo, Iñárritu parece regresar aquí a una de sus obsesiones fundamentales: el hombre enfrentado a las consecuencias de sus propios actos. Solo que esta vez el protagonista tiene algo que los personajes anteriores no necesariamente poseían en la misma medida: poder. Y quizá ahí está la primera gran pregunta que plantea Digger: ¿Qué ocurre cuando alguien acostumbrado a solucionar los problemas con recursos ilimitados descubre que existen consecuencias que no pueden comprarse?

Digger Rockwell parece pertenecer a esa estirpe de hombres que confunden capacidad con destino. El poder económico, la influencia y la certeza de sentirse imprescindible terminan construyendo una especie de aislamiento. El hombre que pretende salvar al mundo es, al mismo tiempo, quien ha contribuido a ponerlo en peligro. La paradoja es tan grande que solo podía ser abordada desde la comedia negra. Iñárritu ha definido la película desde ese cruce entre comedia y drama, y el propio material promocional insiste en la dimensión casi delirante de la aventura.

Pero lo interesante no parece estar solamente en la historia de un millonario que debe reparar un desastre. Está en la idea del héroe. Porque Digger quiere ser héroe. Y el cine norteamericano lleva décadas construyendo héroes. Tom Cruise también. Hay algo casi inevitable en que ambos se encuentren aquí. Durante años Cruise ha construido una imagen cinematográfica asociada al hombre que corre, salta, escala, conduce, arriesga el cuerpo y finalmente consigue atravesar el imposible. Digger parece tomar esa iconografía y colocarla frente a un espejo deformante. ¿Qué ocurre si el hombre que siempre llega para salvarnos es también el responsable del desastre?

La pregunta puede ser incómoda, pero también profundamente cinematográfica. Iñárritu no parece interesado en destruir la figura del héroe, sino en observar cuánto de ella existe como construcción. El héroe necesita un mundo que pueda ser salvado. Necesita una amenaza. Necesita espectadores. Necesita, sobre todo, creer que su presencia es indispensable y es aquí donde la representación y el derrumbe de la cuarta pared teatral entran en juego constante. El macrodrama universal representado por una obra de teatro histórica, que es dirigida por una ansiosa e irritable directora de teatro se entremezcla con el microdrama familiar de Cruise al descubrir que su hija está perdida en algún avión proveniente de Jamaica. El clima es el gran enemigo de esta historia. El calentamiento global es lo que define emociones, acciones y diálogos. Árboles que se caen, glaciares que se derriten, Luces falsas provocadas por la I.A. El límite entre el set y la realidad se pierden. Esta incomodidad que nos llega como espectadores es el gran acierto de Digger que a ratos redunda en su mensaje.

La película cuenta con un reparto en el que aparecen Sandra Hüller, Riz Ahmed, John Goodman, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons, entre otros. La presencia de actores de registros tan diferentes abre la posibilidad de que el universo de Digger funcione también como una suerte de coro alrededor de su protagonista: personas que observan, cuestionan o participan de la caída de un hombre convencido de estar por encima de las consecuencias.

Hay, además, una decisión formal que despierta particular interés: Iñárritu vuelve a trabajar con Emmanuel Lubezki, colaborador fundamental en Birdman y The Revenant. La película fue rodada íntegramente en VistaVision, un formato pensado para una experiencia de gran escala en pantalla. Y aquí aparece una de las contradicciones más estimulantes del proyecto. Una historia sobre un hombre que pretende tener el control absoluto está filmada por un director que suele hacer del movimiento, del espacio y de la duración elementos que desestabilizan precisamente esa sensación de control.

En Iñárritu, la cámara nunca parece completamente indiferente a lo que ocurre delante de ella. El espacio se mueve. Los cuerpos se desplazan. Las situaciones se prolongan. Los personajes parecen atrapados dentro de una corriente que no pueden detener. En Digger, esa característica podría adquirir una dimensión particular. Porque Digger quiere controlar el mundo. El cineasta, en cambio, podría estar interesado en mostrarle que el mundo no se deja controlar.

La imagen del empresario poderoso enfrentado a un desastre que él mismo ha provocado tiene también una lectura contemporánea evidente. No hace falta convertir la película en un manifiesto para reconocer allí una preocupación por la responsabilidad, la tecnología, el poder económico y la relación entre progreso y catástrofe. La sinopsis oficial habla explícitamente de un desastre provocado por el propio protagonista y de su necesidad de demostrar que todavía puede ser el salvador. Pero quizás lo más interesante sea que Iñárritu no parece acercarse a este material desde la solemnidad. La sátira permite algo que el drama puro muchas veces no puede: mirar el poder desde la ridiculez. Y hay algo profundamente humano en eso.

El hombre más poderoso del mundo puede seguir siendo un hombre aterrorizado frente a la posibilidad de haber cometido un error irreversible. Quizás por eso Digger pueda leerse menos como una película sobre la salvación del mundo que como una película sobre la necesidad de ser perdonado. El desastre exterior sería entonces apenas la superficie. Debajo está la culpa. Debajo de la culpa, el miedo y debajo del miedo, una pregunta mucho más sencilla: ¿quién soy cuando ya no puedo convencer a nadie de que soy el héroe? Ese parece ser el verdadero territorio que Iñárritu quiere excavar.

El título Digger —excavador— adquiere entonces una dimensión simbólica particularmente sugerente. Excavar significa penetrar una superficie para encontrar aquello que permanece oculto. Una operación física que también puede convertirse en una operación moral. Digger excava en el mundo. Pero quizá termine excavando dentro de sí mismo y ahí es donde la película podría encontrar su verdadera fuerza: no en la espectacularidad del desastre, sino en el momento en que el personaje descubre que salvar al mundo no necesariamente significa recuperar su propia imagen porque tal vez el verdadero desastre no sea aquello que Digger provocó. Tal vez sea haber pasado toda una vida creyendo que podía evitar las consecuencias.

Iñárritu parece volver así a una de sus preguntas más persistentes: ¿Qué queda del ser humano cuando las estructuras que lo sostenían desaparecen? Esta vez, sin embargo, la pregunta llega disfrazada de espectáculo, comedia negra y estrella de Hollywood y quizá esa sea la mayor ironía de Digger. Un hombre acostumbrado a interpretar al héroe llega al territorio de un director obsesionado con los hombres que fracasan. Solo falta saber qué ocurre cuando Tom Cruise deja de correr para salvar el mundo y tiene que detenerse, por primera vez, a mirarlo.

Ficha técnica

Título: Digger

Dirección: Alejandro González Iñárritu

Guion: Alejandro González Iñárritu, Sabina Berman, Alexander Dinelaris jr y Nicolás Giacobone

Elenco: Tom Cruise, Sandra Hüller, Riz Ahmed, John Goodman, Michael Stuhlbarg y Jesse Plemons

Año: 2026

Color

Sonido: Dolby Digital.

Duración: 128

Idioma: inglés

Nacionalidad: USA

Estreno en salas: 01 de octubre de 2026

Distribución: Santa Bárbara

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