Crítica de cine «El Día D: Bajo presión»: Carnes de cañón  

Por Álvaro Guerrero

Lo más interesante en El Día D es justo lo que menos se espera en una narración de corte histórico muy clásica, y atenida a la celebración de un evento sacado de los libros y que, desde la perspectiva occidental, es el punto de inflexión crucial en el devenir de la segunda guerra mundial: el desembarco de los aliados en el norte de Francia, Normandía, el 6 de junio de 1944, para liberar dicho país y avanzar irrefrenablemente hacia la Berlín donde, a esa altura, se guarece Hitler.

¿Qué es aquello realmente interesante de esta película convencional, pero británica?: En una película fundamentalmente entretenida, la representación de la crueldad de los altos mandos, o en el mejor de los casos, de una frialdad basada en criterios de eficacia máxima a la hora de planificar una operación bélica, de la que se espera el todo o nada. Para los generales, que no deciden la guerra a nivel político sino su devenir en el “terreno”, los subalternos están ahí para pensar y actuar funcionalmente, y los dramas que haya detrás, devenidos de la confrontación misma y su brutalidad, no tienen ninguna relación con la toma de decisiones. Simplemente no existen. Sin embargo, es una certeza que en la película se expresa de forma extraña, ya que por una parte queda bastante clara, pero por otra se eclipsa tras las capas, esta vez sí esperables, de sentimiento patriótico de seres que asumen el estar viviendo la historia con mayúsculas. El “evento” en sí mismo tiende a comerse a sus dramas particulares, en especial el de James Stagg (Andrew Scott) protagonista de este relato.

Stagg es un capitán del ejército británico y meteorólogo de tal grado de experticia, que ha llegado a ser recomendado a Eisenhower por el mismísimo Churchill. El oficial es en realidad escoces, está casado con una mujer que espera un hijo de él, y es en toda la palabra, un hombre serio. Al principio de la narración es enviado al castillo en la isla escocesa de Tiree, desde donde deberá predecir el clima para el día histórico indicado, contando con menos de una semana de antelación para entregar el pronóstico. Stagg le espeta a un Eisenhower interpretado por el ahora actor dramático Brendan Fraser, que en el norte de Europa predecir el clima con exactitud es algo prácticamente imposible, pero el ejército solo conoce de órdenes y decisiones binarias: sí o no, buen o mal clima, suficiente o imposible. Desde ahí ya se condiciona el tipo de tensión que estructurará el relato, basado en la distancia entre lo “posible”, esto último afincado en la seriedad profesional de Stagg, un capitán que no está en el poder, y lo “esperado”, basado en la sangre de hombres que si lo están, “encendidos” por la posibilidad de la victoria o el miedo al fracaso definitivo ante el menor error.

Se trata de vivir confinados en un espacio de clausura espacial donde ni siquiera es posible comunicarse telefónicamente con el exterior, y donde los espectadores solo podemos congeniar afectivamente ante la sucesión de hechos y decisiones que llevarán al desenlace ya conocido en la historiografía. Los intérpretes no necesariamente parecen “saber” que cada paso que dan es historia pura, aun cuando todo eso resuena en el contexto que están viviendo, pero la narración visual de corte clásico si nos lo recuerda con cierta solemnidad, suavizada eso sí, tanto por la persistente e inquebrantable voluntad de seriedad de su protagonista, como por los constantes giros que dicha capacidad de decisión generan, al afectar las decisiones de los generales, tan apasionados por la guerra con letras mayúsculas (por “la” historia oficial), como fríos a la hora de entender a cada vida que se pierde allá lejos, en el frente de combate, o incluso en las mismas ciudades que los circundan.

Las apariciones en clave documental de la guerra, con todo su furor, son entonces un acierto que expresa con un «filtro» audiovisual diferente, un contraste con la cada vez más enervante presencia prepotente de Eisenhower y en particular del “villano» de turno, el general Montgomery (Damien Lewis), quien se siente absolutamente seguro de que posponer un solo día la operación costará el destino de toda la guerra y con ello el triunfo de los nazis. Así la película, durante gran parte de su duración, respira exclusivamente por las narices de sus personajes, confinada a un espacio enorme pero delimitado, y recibe cada imagen de batallas como un recordatorio de lo que esos personajes intentan, en algunos casos más que en otros, recordar u olvidar en su trabajo en el castillo: que cada soldado masacrado en la playa, apenas sale de los transportes, representa la pregunta por la totalidad de la guerra y su sentido.

Sin embargo, al tratarse de una narración de corte histórico clásico, donde el peso de esa palabra, «historia», termina radicando sus quilates sobre los hombros de seres que toman decisiones y no de soldados anónimos, como era el caso de Flags of our fathers (2006), de Clint Eastwood, la película no puede evitar el celebrar a ratos los triunfos de toda la masa de oficiales y generales en torno a un pasado, visto desde hoy, glorioso. El evento desde el que surgió el mundo «libre» en el que vivimos. Visto así, las imágenes de guerra que salpican a ratos la narración resultan más como recordatorios culposos, el precio a pagar, allí donde la perenne sensación de absurdo que siempre emerge en presencia de registros tan brutales solo asoma para ser eclipsada ante el juego de voluntades en el que se basa el guion, y que, dicho sea, resulta de un armado muy entretenido, nada de monótono.

Descifrar el clima, desafiar a colegas parlanchines y arrogantes, como el otro meteorólogo de Eisenhower, Irving Krick (Chris Messina) de origen y “personalidad” estadounidense, no claudicar ni a la frivolidad de los iguales ni a la frialdad, sanguinaria en algunos casos, del alto mando, recibir el apoyo discreto pero carismático de una oficial, Key Summersby (Kerry Condon), más cercana que nadie al gran general norteamericano, es la tarea que a Stagg le sale como anillo al dedo, incluso ante la incertidumbre y la impotencia de no poder hacer nada para averiguar si su esposa ha muerto realmente, “allá afuera”, en los bombardeos. Es la naturaleza de esa seriedad con la que el capitán escoces afronta su vida. La seriedad que debería tener la guerra y la paz.

Ficha técnica  

Título: El Día D: Bajo presión

Título original: Pressure

Director: Anthony Maras

Guion: Anthony Maras, David Haig

Género: drama bélico

País: Inglaterra

Elenco: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Demian Lewis, Chris Messina, Tamsin Topolski

Musica: Volker Bertelmann

Fotografía: Jaime Ramsay

Año: 2026

Estreno: 6 de agosto

Distribuidora: Andes Films

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