Por Álvaro Guerrero
Esta sexta entrega de la saga ideada por James Wan y Leigh Whannell, y dirigida ahora por Jacob Chase, funciona como una historia autónoma dentro de este universo. La película arranca con una fórmula que el género conoce de memoria pero que, en su primer tramo, está desarrollada con cuidado: una madre y su hija de diez años, un padre ausente, y una serie de presencias que acosan a la mujer adulta, sin que la niña, todavía inocente del asunto, alcance a comprender que lo que ve en su madre, ese deterioro físico que bien podría confundirse con el de una adicta, es en realidad el síntoma de algo mucho más antiguo y hambriento. La madre muere en una escena de fuerte carga traumática, y entonces la película salta en el tiempo: la hija, ya adulta, ejerce como dentista y vive con su propia hija en la misma casa, decidida a convertirla por fin en un hogar.
Ya la elección de esa casa habla de las intenciones de Chase: nada del suburbio plástico y sin sombra de Poltergeist, sino una construcción de madera rodeada de árboles, en el estilo del gótico norteamericano, en cuyo barrio merodean tres ancianos esperpénticos que no hablan y que, aquí el guion acierta con un detalle que amplifica el desasosiego, no son visión exclusiva de la protagonista: también los ve una vecina. Están ahí. Son reales. Durante buena parte de su primer acto, la película construye sus sustos con paciencia y precisión, en un territorio cercano al de El Conjuro pero con una vocación más oscura, más tenebrosa. Hay incluso una secuencia claustrofóbica en el living de la casa que es, sin disimulo, deudora de Backrooms en el mejor sentido. Y funciona, además, algo que podría llamarse una polaridad exacta del miedo: mientras la amenaza se reparte entre solo dos personas —madre e hija, luego mujer y su propia hija—, la paranoia se sostiene; cualquier personaje de más, la diluiría. En el presente, aparece también el infaltable novio policía de la protagonista, es decir una figura de refugio racional, cuya confianza, sabemos por experiencia, terminará siendo también un riesgo cuando se revele incapaz de afrontar miedos que van más allá de este mundo terrenal.
El quiebre, y aquí empiezan los problemas de la película, llega a los treinta minutos, cuando irrumpe una tatuadora muy cool, capaz de comunicarse con el más allá, que no es, como se nos explica, el más allá definitivo, sino un limbo intermedio. A través de ella, con una señora fallecida de aspecto estadounidense entrañablemente correcto, como recién salida del supermercado, que la saga arrastra de película en película. La tatuadora es un personaje que ya sabe todo, empoderado hasta la funcionalidad pura. Su llegada se siente exógena al material que veníamos viendo, un injerto que rompe de un plumazo la vulnerabilidad en las protagonistas, tan cuidadosamente construida hasta ese punto. El problema, sin embargo, no es tanto el personaje, como lo que su presencia sostiene: la comunicación entre vivos y muertos se vuelve tan fluida como un mensaje de WhatsApp a una tía que vive en otra ciudad. Y ahí, en esa trivialización de la distancia entre ambos mundos, es donde la película empieza a desbarrancarse.
Queda todavía, antes de la caída, un buen momento: la protagonista pierde el control en su propio consultorio y una presencia grotesca, apenas sugerida por una voz que no llegamos a identificar, la contiene, en una puesta en escena que tiene el mérito de no irse hacia la risa fácil. Esta es una película que durante su primera media hora se equilibra exitosamente en la cuerda floja entre el miedo sorpresivo y lo esperpéntico, pero de ahí en más, La noche del demonio deja de elegir. Ya no es el susto de El Conjuro, ni el humor de Weapons, ni la claustrofobia de Backrooms: quiere ser las tres cosas a la vez y termina por no sostener ninguna. Se revela al villano, líder de una secta que asesinaba para forzar el regreso de los muertos, muerto él mismo, y el relato se acelera hacia una acción que ni asusta ni divierte, porque lo que prima es el caos y la aceleración. Todo se explica, el malo resulta de manual, y el tránsito de la mujer hacia el mundo de los muertos se vuelve tan sencillo como mudarse de comuna. El resultado es más bien acción grotesca sin llegar a un efecto grotesco en nuestros estómagos.
Las actuaciones, de un elenco poco conocido fuera de Lin Shaye, cumplen sin sobresaltar. La tatuadora y la médium del más allá, dos registros tan distantes entre sí, y ambos tan excesivos en su propio código de identidad personal, sintomatizan la caída de la película: son tan distintas (como el día y la noche) y a la vez tan cercanas, que el cliché no se puede obviar durante el resto de desarrollo de la acción frenética. Es, a fin de cuentas, otro defecto como el que atraviesa la película desde la media hora en más: cuando la distancia —entre tonos, entre mundos, entre registros actorales— se acorta demasiado rápido, no queda intimidad ni misterio. Solo ruido.
Ficha técnica
Título: La noche del demonio
Título original: Insidious: Out of the Further
Director: Jacob Chase
Guion: Jacob Chase, David Leslie Johnson-McGoldrick
Elenco: Amelia Eve, Brandon Perea, Lin Shaye, Maisie Richardson-Sellers, Sam Spruell, Laura Gordon
Música: Joseph Bishara
Fotografía: Dave Garbett
Duración: 106 minutos
País: Estados Unidos
Género: Terror sobrenatural
Estreno: 20 de agosto
Distribuidora: Andes Films
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